La batalla de Trump contra la prensa

La pelea entre los políticos y la prensa es una fricción tan vieja como el poder mismo. Va desde John Adams, que en 1798 firmó leyes de sedición para castigar a los periódicos que lo criticaban, hasta la tensión que hubo en 2009 entre la administración de Barack Obama y Fox News por la exclusión selectiva de la cadena en ciertas entrevistas. Donald Trump no inventó esa disputa, pero parece haberla convertido en un recurso de poder. Su relación con los medios siempre fue áspera: insultos, demandas, apodos y descalificaciones públicas. Ahora dio un paso más y prohibió a CNN, MS NOW y Politico la entrada a la Casa Blanca, con el argumento de que difunden ficción y mentiras sobre su gestión. Discutir con la prensa es parte del oficio. Cerrarle la puerta es abrir un frente más sensible. ¿Es astuto pelearse con los medios? Hay una premisa básica de la política: un líder debería saber qué batallas vale la pena dar y cuáles no. Pero los liderazgos que se sostienen en la frustración operan al revés: buscan peleas donde la confrontación no es deseable. No es arbitrariedad ni simple terquedad. Puede convertirse en una forma de mantener vivo el conflicto que encaja con una narrativa política agresiva. Un periodista incómodo, un canal hostil o un diario crítico cumplen una función precisa: confirman ante el público que el “sistema” conspira contra el líder. Sin enemigo, el relato se queda sin oxígeno. El ímpetu con el que varios outsiders lograron someter a viejas instituciones políticas puede originar un sesgo grave a la hora de manejar su tensión con el cuarto poder. Haber doblegado a partidos, parlamentos o burocracias invita a creer que la prensa es una más de la lista. No lo es y es necesario entender el porqué. La fórmula de esa relación es conocida. Los medios son un canal de información, pero nunca un canal neutro: eligen, jerarquizan, recortan y encuadran. El Gobierno intenta fijar los temas, los tiempos y el tono. Los periodistas, sin embargo, pueden seguir la receta, modificarla o devolverla a la cocina. Esa fricción no es una falla del sistema. Es el sistema. El poder propone el menú, pero no decide cómo se sirve. Por eso la ruptura nunca debe ser total y, si lo es, no debe tomarse emocionalmente, porque hay una premisa difícil de digerir: los gobiernos pasan, los medios persisten. Durante años se anunció que la era digital y las redes sociales iban a jubilar a la prensa tradicional, y la profecía se cumplió… a medias. Los medios tuvieron dos caras frente a ese cambio: dejaron de ser seguidos en algunos formatos, sí, pero no perdieron su capacidad de imponer agenda. Las tiradas cayeron, los noticieros perdieron audiencia y las redacciones se achicaron. Aun así, lo que publica un gran diario o lo que abre un noticiero central sigue marcando el temario del día siguiente. Perdieron público, no influencia. El nuevo ecosistema informativo, que se presenta como alternativa, vive en buena medida de lo que producen los medios tradicionales. Los streamings, los influencers y los think tanks trabajan casi siempre sobre información primaria que surge de una Redacción: una primicia, una filtración, una investigación, una entrevista. La comentan, la amplifican, la retuercen o la desmienten, pero pocas veces la originan. Además, los círculos políticos siguen consumiendo medios tradicionales con disciplina casi religiosa. Legisladores, ministros, asesores y embajadores leen los mismos diarios y miran los mismos canales. Las redes amplifican, pero rara vez crean. A eso se suma un dato estructural: los medios están cada vez más concentrados. Y el caso de Trump muestra una paradoja pueden competir ferozmente en lo editorial y, sin embrago, actuar juntos cuando perciben amenazadas las reglas básicas de acceso e información. La sorpresa de la semana fue que Fox News, la cadena que durante años hizo de caja de resonancia del trumpismo, se sumó junto a ABC, CBS y NBC a la suspensión de la cobertura del pool televisivo de la Casa Blanca en protesta contra la nueva política. El anuncio lo hizo el jefe de la oficina de Fox en Washington, que hoy coordina ese pool, y la defensa pública de los medios vetados quedó a cargo de la presidenta de la Asociación de Corresponsales de la Casa Blanca, también periodista de Fox. Fox News sabe que lo que hoy le pasa a CNN no es muy distinto de lo que le pasaría a ella si un gobierno de signo político contrario llegara al poder en los Estados Unidos. El precedente que se tolera hoy contra el rival es el arma que mañana se usará contra uno mismo. En tiempos de polarización extrema, los medios parecen tener entre sí un vínculo más complejo y más fuerte pese a sus diferencias editoriales. Quizás sea camaradería de oficio. Quizás sea un mecanismo de supervivencia en tiempos turbulentos. Probablemente sea una mezcla de ambas. En cualquier caso, la solidaridad también es una forma del instinto de conservación e intensifica el espíritu corporativo. Frente a ese bloque, los outsiders parecen tener poca capacidad para manejar el disenso. En contextos de reformas y cambios de paradigma, su escasa paciencia con el pluralismo les resulta funcional para superar el ritmo de la vieja política. Pero los medios no reconocen simpatías, ideologías ni entusiasmos reformistas: para ellos el poder siempre es sensible ante su atrevimiento editorial. El lanzamiento de Trump TV, apenas días después del veto, muestra que la administración estadounidense puede caer en otro sesgo: creer que las redes sociales y los nuevos medios digitales alcanzan. Sirven, sin duda. Son baratos, rápidos y mucho más fáciles de manejar a discreción. Permiten hablarle directo a la base sin la mediación de un editor. Pero siguen afuera de la gran cocina de los medios, donde se decide qué es noticia, qué se investiga y qué se olvida. Un gobierno puede ganar la conversación en las redes y perder la agenda política al mismo tiempo. Porque conservación y agenda no son exactamente lo mismo. Y el gobierno que pierde la agenda termina gobernando a la defensiva. La cartelización de los medios en episodios como este demuestra que, puertas adentro, esa gran etiqueta llamada “medios” es un bloque difícil de quebrar. No se la puede tratar como una institución vieja más, lista para ser derribada o debilitada por la nueva forma de hacer política. Se parece más a una orquesta: tiene un ritmo propio que se puede manejar, seducir y escuchar, pero no silenciar. Por eso la puja de Trump debe tomarse con cuidado. El establishment tiene un poder de respuesta difícil de determinar, y no sería la primera vez que sabe resistir y voltear la partida. Quien pretende dirigir la orquesta a los gritos suele terminar tocando solo.

Fuente: La Nación