Enrique y Viviana Corcuera, el magnate mexicano que inventó el pádel y la Miss Argentina que escribió sus reglas

Enrique Corcuera García y Pimentel fue una figura icónica de la alta sociedad mexicana, reconocido por su refinado estilo de vida. Tenía pasión por el polo y era anfitrión de la élite internacional. En un fin de semana, en su residencia Las Brisas, en Acapulco, podía reunir al príncipe Alfonso de Hohenlohe con Henry Kissinger y Frank Sinatra. Fue dueño de una fortuna incalculable. Y, hasta pasados sus 40 años, la prensa rosa lo presentaba como “el soltero más codiciado de México”.Viviana Rosa Dellavedova nació en Firmat, provincia de Santa Fe. El 25 de julio de 1964, todo el país vio su coronación como Miss Argentina en el programa Sábado Circulares conducido por Pipo Mancera. Tenía 19 años. Después trabajó como modelo, fue chica de tapa de revistas, ganó el concurso Miss Latinoamérica, quedó cuarta en Miss Universo y segunda en la elección de la Reina del Pacífico, en Australia. Llegó a México de la mano de una agencia de publicidad, que le contrató para filmar una gran cantidad de cortos publicitarios para cine. Además, para ganar un dinero extra, desfilaba para las casas de alta costura.En 1968, conoció a Enrique Corcuera. “Con un grupo de amigos fuimos a cenar y a escuchar a Los Panchos. Entre ellos, estaba mi marido. Desde esa noche ya no nos separamos”, recordó Viviana al diario español El Economista. El flechazo fue instantáneo. Se casaron al año siguiente. Él era 30 años mayor y semejante diferencia de edad preocupó a los padres de Viviana. “Él era el soltero más codiciado de México, tenía ingenios azucareros y cadenas de hoteles. Se enamoró de mí y nos casamos, y nos vinimos de luna de miel aquí, a Madrid, porque mis padres estaban un poco tristes de que yo me casara con un señor que tenía la edad de mi papá, pero luego se hicieron muy amigos. Se llevaban de maravilla”, contó.Se radicaron en México y, con los años, llegaron sus tres hijos: Luis, Viviana y Enrique. Ella mantuvo el vínculo con su ciudad natal y periódicamente volvía a Firmat para visitar a familiares, amigos y antiguos compañeros de escuela.“Yo no voy a ir a buscar la pelota”Fue en Las Brisas, una magnífica propiedad en Acapulco, donde Enrique Corcuera forjó su reputación de gran anfitrión. La casa estaba construida en una zona residencial exclusiva, en una pendiente, “balconeando” sobre el Océano Atlántico. Tenía una vista increíble. Pero su jardín, con una frondosa vegetación tropical, se extendía en desniveles. Cuando Enrique se propuso construir una cancha de tenis, “el deporte blanco”, el que más le gustaba y el que jugaban sus invitados, se encontró con un desafío de ingeniería. Tenía que adaptar las medidas reglamentarias de la cancha al espacio que su terreno le ofrecía. Además, debía resolver otros problemas: evitar que las pelotas cayeran por la pendiente (o en la propiedad del vecino) y evitar que la vegetación invadiese el campo de juego.No tardó mucho en encontrar la solución. “Un día me dijo: ‘Vamos a tener que hacer una cancha cerrada, porque yo no voy a ir a buscar más la pelota’”, recordó Viviana.Finamente, en 1969, Enrique construyó su court de 20 metros de largo por 10 de ancho (cuatro metros más corta y un poco más angosta que las canchas de tenis reglamentarias). “Apoyó” uno los fondos sobre la pared de su casa y rodeó el resto del court con un muro. Listo, serviría como barrera para la vegetación y él ya no tendría que correr detrás de las pelotas. Solo dejó espacio para una pequeña puerta que permitiese la entrada y salida de los jugadores.Comenzó como un experimento. Intentó jugar con las mismas reglas del tenis, pero era imposible. La pelota picaba, rebotaba contra el muro y volvía al partido. Un punto que parecía perdido seguía vivo. Descubrió una dinámica desafiante. Invitó a familiares y amigos a que lo acompañasen en su nuevo juego.Hicieron los primeros peloteos con pelotitas de squash, pero salían despedidas como balines y varios jugadores resultaron lastimados. Entonces se decidieron por las pelotas de tenis. Las primeras paletas tampoco se parecían a las actuales: eran de madera y muchas veces se rompían. Enrique probó reforzándolas y les hizo agujeros en la pala para evitar la resistencia del aire.Aquella revolucionaria cancha de Corcuera, que estableció para siempre las medidas de un court de pádel, tenía algunas imperfecciones. Del muro que compartía con la casa sobresalía la caja de un aire acondicionado que rebotaba las pelotas hacia cualquier lado. Y las ramas de los árboles vecinos invadían el terreno desde lo alto, interfiriendo muchas veces en las jugadas. Cada obstáculo abría una discusión: ¿el punto valía o había que jugarlo de nuevo?Con el fin de zanjar aquellos debates, Viviana se porpuso crear un reglamento. Así lo recordó: “Escribí las primeras reglas del pádel porque todo era un desastre. Si la pelota tocaba el árbol era buena y había que agarrarla cuando caía...¡era rarísimo! Tuvimos que cortar todas las ramas de los árboles porque mi esposo se ponía furioso y decía: ‘Es buena porque el árbol está ahí, nadie lo puso’. ¡Era un horror! Así nació el primer reglamento, en los años 80″.Cuando finalmente fueron conscientes de que habían creado un nuevo juego, Enrique y Viviana le buscaron un nombre. Un empresario amigo de los Corcuera, que hoy puede considerarse uno de los primeros jugadores de pádel de la historia, propuso llamarlo “Rebotenis”. La idea tenía su lógica: era una cancha de tenis más chica y las paredes permitían que la pelota volviera al juego. Finalmente, tomó el nombre de “paddle”, término inglés que significa “paleta”, “pala” o “remo corto”. En un principio, para diferenciarlo del Paddle Tennis (deporte norteamericano que se juega en una cancha de menor tamaño que la de tenis, sin paredes laterales), algunos lo llamaron “Paddle Corcuera”. En 1997, argentinos y españoles acordaron llamarlo oficialmente “pádel”.Henry Kissinger, uno de los visitantes ilustres que solían alojarse en Las Brisas, se entusiasmó con el pádel. Lo cuenta Viviana: “Durante su visita nos contó que sabía jugar al tenis y nos dijo que quería probar el pádel. ¡Y se volvió buenísimo! Resultó un gran jugador. Pero hubo un problema muy grande con él: quería jugar siempre a las 8 de la mañana. Imaginate que nuestros amigos salían por las noches, iban al night club y volvían a las cinco de la mañana... Pero, con tal de hablar con Kissinger, de saludarlo y hacerle preguntas, se levantaban de la cama hechos pedazos e iban a jugar. Kissinger era un gran jugador y un hombre encantador”.El juego también conquistó al tenista Manolo Santana, leyenda del tenis español. Cuando visitó a los Corcuera en Las Brisas, en 1972, podía quedarse jugando en la cancha amurallada, única en el mundo, hasta la una de la madrugada. También pasó por la cancha de Las Brisas el cantante Luis Miguel. “Pasaba horas en mi casa cuando era chico”, recuerda.Otro de los huéspedes de Enrique y Viviana, el príncipe Alfonso de Hohenlohe-Langenburg, fue fundamental en la expansión del deporte. Fundador del mítico Marbella Club Hotel, decidió reproducir el juego de los Corcuera en España. Con un plano hecho a mano por su Enrique Corcuera construyó, en 1974, dos cancha en su hotel, sobre la Costa del Sol. El pádel cruzó el Atlántico y se instaló en un lugar único, expuesto a la prensa, un punto de encuentro de estrellas de cine y figuras de la alta sociedad. Enseguida el jet-set español empezó a practicar este deporte.De las vacaciones al furor argentinoEntre los argentinos que visitaron la casa de los Corcuera en Acapulco y se enamoraron del juego estaba Julio Menditeguy. El argentino era amigo de la infancia de Enrique, habían ido juntos al colegio en Inglaterra. “Él se llevó las medidas y características de la cancha y la hizo en la Argentina. Fue el primero”, contó Viviana. La Federación Internacional de Pádel también lo reconoce como uno de los protagonistas de la llegada del deporte al país, aunque destaca su vínculo con Marbella.Al principio, el pádel circuló solo entre conocidos. Se construyeron canchas en estancias, casas particulares y clubes. En esos primeros años estuvieron el haras de la familia Menditeguy; la estancia La Biznaga, de los Blaquier; el Club Tortugas y el Ocean Club de Mar del Plata.Mar del Plata se convirtió en uno de los centros de su crecimiento. Según la Federación Internacional de Pádel (FIP), en 1982 el pádel ya empezaba a ser un fenómeno social en la Argentina. Se abrieron más canchas y llegaron los torneos. Para probarlo ya no hacía falta conocer a Corcuera ni veranear en Marbella: bastaba conseguir una paleta, encontrar dónde jugar y reunir a tres personas más.El juego tenía sus encantos: era más fácil que el tenis, menos frustrante. Las paredes ayudaban a que el punto durara más y, como se jugaba en parejas, cada partido era una buena excusa para juntarse con amigos.En enero de 1988, en Mar del Plata se produjo el primer partido internacional de pádel. Se enfrentaron argentinos y españoles. Ese mismo año se fundó la Asociación Pádel Argentino, la primera asociación nacional de este deporte en el mundo. Tres años después, en 1991, la Argentina, España y Uruguay crearon la Federación Internacional de Pádel. Al año siguiente se disputó el primer Mundial, en Madrid y Sevilla, y la Argentina ganó los títulos por equipos masculino y femenino.La cancha original de Acapulco ya no existe. Tras la muerte de Enrique, en 1999, su familia vendió la casa y los nuevos dueños demolieron la cancha. Pero ese juego de vacaciones ya se había convertido en un deporte que apasiona a miles de argentinos.Enrique Corcuera el creador del padel

Fuente: La Nación