Nicolás Carlino no necesita demasiada teoría para explicar por qué, en Monte Caseros, muchos productores chicos y medianos terminaron abrazándose al cooperativismo. Allí los cítricos tardan años en comenzar a producir, pero cuando la fruta madura hay que venderla rápido. Atravesar en soledad las recurrentes crisis argentinas, se vuelve cada vez más difícil.
“El movimiento cooperativo es una herramienta para el desarrollo, sobre todo en zonas del interior, en las economías regionales, donde la única forma que le encontramos para poder subsistir y seguir siendo productores es asociándonos, siendo una empresa cooperativa”, explicó.
Carlino es “nacido y malcriado”, como él mismo dice, en Monte Caseros, al sur de Corrientes. Nació en el campo, sigue viviendo allí y asegura que espera que lo “saquen con las patas para adelante”, porque no imagina otro lugar donde vivir.
También creció rodeado de una actividad que lleva varias generaciones instalada en esa región. Según explicó, entre Corrientes y Entre Ríos existe un macizo citrícola de unas 70.000 a 75.000 hectáreas, donde todavía pueden encontrarse plantaciones de 40 o 50 años en producción.
La particularidad es que semejante cultivo obliga a mirar a largo plazo. Desde que se planta un cítrico hasta que comienza la cosecha pueden pasar cinco años y recién alrededor de los diez la planta alcanza una meseta productiva que puede sostenerse durante décadas. Como siempre en el agro, el gran problema es que esa alógica convivir con una economía que cambia de lógicas bastante más rápido.
En diálogo con Bichos de Campo en la sede de la Cooperativa San francisco, que él mismo ayudó a nacer, crecer y consolidarse, este dirigente explicó como la coyuntura argentina fue empujando a los productores de la zona a buscar distintas formas de asociarse, conseguir mercados y agregar valor.
“El productor que está solo hoy está mucho más complicado que el que está cooperativizado”, resumió el director correntino de Coninagro.
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Una de esas experiencias es la Cooperativa Colonia San Francisco, que nació en 2002 con 26 pequeños y medianos productores que buscaban mejorar sus posibilidades comerciales. Algunos ya provenían de otra experiencia cooperativa de la zona, que había tenido entre sus objetivos resolver la provisión de electricidad.
Para Carlino, allí aparece una constante que excede a la propia citricultura: “Las cooperativas muchas veces llegan donde el Estado no está cumpliendo un servicio esencial o donde las empresas privadas no ven el suficiente jugo como para que tenga un rédito”.
Los primeros embarques de cítricos dulces de la entidad de Colonia San Francisco fueron a Paraguay. Después la organización fue mutando, algunos socios se fueron y otros llegaron, a medida que también aparecían nuevas discusiones sobre cuánto invertir y hasta dónde avanzar.
Miguel Rosbaco recuerda bien cuando en 2001 les pagaban la fruta con bonos: Ahora que la crisis ronda de nuevo se alegra de formar parte de una cooperativa que construyó la mayor industria citrícola de Corrientes
“Hay productores que dicen: ‘No, yo estoy cómodo donde estoy, no quiero arriesgar un poquito más’. Y es entendible”, comentó el directivo.
Esas idas y vueltas, señaló, forman parte de organizaciones integradas por personas con situaciones y expectativas diferentes. Pero para él hay una condición indispensable: entender que “es mucho más importante el todo y no la persona individual”.
En el caso de los citricultores de Monte Caseros, además, asociarse les permitió ir ocupando nuevos lugares dentro de la cadena. Primero apareció el empaque, para acondicionar la fruta fresca y buscar mercados de exportación. Después llegó la industria juguera.
Esta necesidad de agregar etapas tiene una explicación sencilla. A diferencia de un grano, la fruta no puede quedar almacenada durante meses esperando un mejor negocio. “Llega el momento de madurez, vos tenés que cosechar y, si no, perdés la fruta”, explicó Carlino.
Industrializar una parte de esa producción permite cambiar esa ecuación. Como ejemplo describió el proceso para obtener jugo concentrado: se pasa de alrededor de 12 grados Brix en un jugo recién exprimido a unos 65 grados Brix, quitándole agua mediante un proceso realizado al vacío. El producto resultante se conserva luego congelado en cámaras a -18 grados.
“No tiene ningún agregado, ningún conservante. Lo único que conserva eso es la concentración de azúcares y el frío”, señaló el dirigente. Según explicó, de ese modo el jugo concentrado de naranja o mandarina puede mantenerse durante unos dos años sin perder calidad.
Así, lo que empezó como una asociación de productores para vender mejor fue sumando empaque, mercados e industria. Pero detrás de todo eso Carlino vuelve al mismo punto: juntarse fue la manera que encontraron para seguir siendo productores.
Agro & Campo
“Somos medio talibanes del cooperativismo”: Nicolás Carlino explica por qué para los citricultores de Monte Caseros asociarse fue la forma de seguir siendo productores
Fuente: Bichos de Campo