General
Toto Ferro: la película que hizo con Lucas Vignale que, tras la muerte de su amigo, se convirtió en un homenaje
Hay películas que cambian de significado después de terminadas. El tren fluvial nació como una aventura entre amigos, hecha con libertad, pocos recursos y el deseo de filmar. Hoy, inevitablemente, también carga con el peso de una despedida. Lorenzo “Toto” Ferro y Lucas Vignale la imaginaron, escribieron y dirigieron juntos, después de varios años de compartir cortometrajes, videoclips y una manera muy parecida de entender el cine. Es, además, el primer largometraje de Ferro detrás de cámara.La película sigue a Milo, un chico de nueve años que crece bajo la presión de convertirse en un gran bailarín de malambo y cumplir con las expectativas de sus padres. Pero él sueña con otra cosa: viajar en tren y conocer Buenos Aires, una ciudad que hasta entonces solo vio en las películas. Para escapar de ese pequeño mundo y tomar las riendas de su propia vida, deberá animarse a emprender un viaje solo. El elenco está integrado por Milo Barría, Rita Pauls, Mariano Barría, Fabián Casas, Lucrecia Pazos, Pehuén Pedre, Mailén Barría y Diego Puente. Parte de esa ficción se construyó, además, a partir del universo real de Barría, bailarín de malambo de General Madariaga, a quien Ferro y Vignale conocieron mientras filmaban otro proyecto.El tren fluvial tuvo su estreno mundial en la sección Perspectives de la Berlinale y luego inició un extenso recorrido internacional. Pasó por el Festival Internacional de Cine de Uruguay y, en abril, llegó a Nueva York para participar de New Directors/New Films, organizado por el MoMA y Film at Lincoln Center, donde Ferro y Vignale la presentaron juntos. Ese mismo mes tuvo su estreno argentino en la Competencia Oficial Internacional del BAFICI y recibió una mención especial de FEISAL, la Federación de Escuelas de Imagen y Sonido de Latinoamérica. Recientemente pasó por el Festival de San Sebastián, donde compitió en Horizontes Latinos. En Buenos Aires se estrenará el 8 de octubre en la Sala Leopoldo Lugones y, a partir del 10, podrá verse también en el Malba.Dos meses después de aquella presentación en Nueva York, Vignale murió el 14 de junio a los 28 años en un choque de dos helicópteros ocurrido en Río de Janeiro. Ferro continúa ahora solo un camino que habían empezado con su amigo y acompaña una película que, desde entonces, adquirió para él otro significado.En diálogo con LA NACION, en la sede de DAC (Directores Argentinos Cinematográficos) , en Villa Crespo, Ferro habló del origen inesperado de la película, del desafío de dirigir por primera vez, de la libertad de hacer cine entre amigos y de su vínculo con Vignale.“Todo parte de muchos lugares distintos”—¿De dónde nace El tren fluvial? ¿Cuál fue la primera imagen o la primera idea?—Parte de muchos lugares distintos, pero lo primero que recuerdo es a mi abuela leyéndome El sastrecillo valiente cuando yo era chico. Son de los primeros recuerdos que tengo de imaginar cosas y crear imágenes en mi cabeza a partir de algo que me contaban. Es algo bastante cercano al cine. Después vi Gloria, de John Cassavetes, con Gena Rowlands, donde aparece un actor muy chico que parece Cassavetes encerrado en un cuerpo pequeño. Nunca había visto una película donde un niño actuara de grande. Eso se unió un poco con El sastrecillo valiente. Y en el medio apareció Lucas. Yo ya tenía ganas de filmar después de El Ángel, había escrito algunos cortos, pero él fue la persona que me ayudó a atravesar esa cortina de humo que a veces existe entre tener ganas de filmar y efectivamente hacerlo. Me sacó de ese lugar y me impulsó.—¿Y cómo apareció la idea de la película?—Con Lucas empezamos a filmar juntos y en el primer cortometraje que hicimos conocimos a Milo de una manera inesperada. Después se fueron uniendo distintas cosas. Yo estaba en Finlandia, había muerto Edgardo Cozarinsky, que era muy amigo de mi padre (Rafael Ferro), y mientras caminaba escuchaba una canción en islandés que me había mandado Lucas. Como no entendía nada, me llevaba a imaginar. Pensaba en ese niño que ya tenía un poco construido en mi cabeza, caminando por una ciudad y buscando una especie de abrazo en algún lado. Tengo mucho esa sensación cuando salgo a caminar a la hora en que empieza a caer el sol. Me vuelvo vulnerable al mundo y siento que empiezo a buscar algo que quizás no existe.—Luego se lo compartiste a Lucas...—Sí, y ahí sentimos que ahí había algo valioso para una película, que Milo tenía que hacerlo y que había que sumar el malambo. Él trajo también la idea de los trenes. Entonces la película parte de muchos lugares, pero sobre todo de esa sensación de estar a la deriva, salir a caminar y transformar un poco el dolor en aventura.—Cuando conocieron a Milo, ¿qué vieron en él para pensar que podía sostener una película?—Lo primero fue que era muy atrevido. Estábamos filmando una obra en Madariaga y apareció sin conocernos, vio la cámara y empezó a decirnos hacia dónde teníamos que girarla, como si fuera el director. Pero después, entre gente más grande, tenía una timidez y una parsimonia de abuelo. Esa combinación entre la picardía de un niño y la parsimonia de un abuelo nos ayudó mucho. Además, cuando lo conocimos tenía ocho años y su mamá nos contó que iba caminando solo a la escuela. Nosotros ya teníamos ese disparador de un niño que camina solo.—¿Cuál fue el gran desafío de dirigir a un chico por primera vez?—Mantenerlo entretenido. No es que a él le divirtiera tanto filmar, le divertía estar con gente más grande, sentirse grande, canchero. Cada día suponía un acertijo nuevo. Un día era: “Si sale esto, todos vamos a jugar al bowling”. Había que llevar Coca-Cola, una pelota y jugar al fútbol entre toma y toma. Fue medio como jugar a ser padres sin haberlo sido antes. Pero al mismo tiempo la película se sostiene porque está Milo. Para mí, las buenas películas siempre tienen que tener una complejidad que te obligue a trabajar por intuición. Ahí se activa algo de la fe. Con Milo, para que pudiera llegar a ciertos lugares, había que hacer trucos de magia, moverse por lugares ocultos, activar la imaginación. Era casi un trabajo chamánico.—La primera escena que filmaron fue, justamente, una muy exigente para él. ¿Cómo lograron que llorara?—Sí. La primera toma del primer día fue la del llanto. En el guion decía que lloraba, pero nosotros no sabíamos si íbamos a poder lograrlo. Le dijimos: “Vos mirá por la ventana y contá cuántos pájaros pasan. Nosotros te vamos a ir hablando y nunca nos mires”. Estuvimos cuarenta minutos hablándole y lentamente fue aflojando. En la película quedaron tres o cuatro lágrimas, pero la toma siguió y él se puso a llorar mucho. Lucas me miraba medio llorando, el director de fotografía lloraba, el de sonido también. Cortamos y Milo dijo: “Conté 220 pájaros”. Ahí pensé: “Ya está. Milo está hecho para la película”. Ese traspaso entre la acción y el corte es muy difícil incluso para un actor grande, y él tenía diez años.“Fue exactamente la película que soñaba hacer con amigos”—Hace unos años le habías dicho a LA NACION que imaginabas que alguna vez ibas a dirigir una película con amigos. ¿El tren fluvial fue esa película?—Sí, fue exactamente eso. Filmamos de una manera muy libre y eso es lo que hoy conservo, más que nunca, como algunos de los grandes días de mi vida. Estábamos todos en el mismo hotel del pueblo, compartiendo, discutiendo las escenas a la noche, yendo a tomar cerveza para pensar cómo íbamos a filmar al día siguiente. Después volvíamos, bajábamos el material y, a partir de lo que habíamos visto, podíamos escribir una escena nueva para el día siguiente. Había un nivel de libertad absoluto y también un sentimiento de amor colectivo. Uno empujaba por el otro. Siento que eso cada vez existe menos, que cada vez está todo menos dado para que un grupo de personas se reúna y empuje genuinamente hacia un mismo lugar. Cuando sucede es milagroso.—¿Cómo era ese proceso creativo con Lucas?—Muy divertido. Teníamos un desparpajo absoluto. Mientras escribíamos íbamos todo el tiempo al cine o veíamos películas al principio o al final de las jornadas. Vimos muchísimo cine. Tenía una sensación de vacaciones, más allá del estrés con Milo: verano, cerveza, discutir. Demasiada juventud. Eso estuvo buenísimo.“No termino de caer” View this post on Instagram —Después de la muerte de Lucas, ¿cómo te afectó personalmente todo lo que pasó? ¿Cambió también tu mirada sobre la película?—Personalmente ni siquiera sé si es verbalizable. No termino de caer. Por ahí va a ser siempre así o por ahí va cambiando. Cada día es una batalla. Pero al mismo tiempo me siento muy contento de que hicimos un montón de cosas juntos, sobre todo esta película, y de sentir que lo conocí de pe a pa. No me quedó nada por conocer de él; seguramente sí sus futuras obras. Pero entre nosotros no nos faltó nada. Incluso la última vez que nos vimos tuvimos una charla muy larga. —¿La recordás?—Sí, salimos de ver El caballo de Turín en el Gaumont y caminamos desde ahí hasta Villa Ortúzar hablando de todo. Parecía una novela de Saer, con dos personajes que hablan y hablan. Hablamos del amor, de la muerte, de los proyectos futuros, del cine. Después se subió a un taxi y nunca más lo vi. Se sintió como una gran despedida. Fue una amistad muy profunda, pero siempre nutrida por hacer cosas. Esta película fue el cénit que alcanzamos juntos. Después cada uno iba a seguir con su propia película, pero nos íbamos a seguir ayudando. Yo quería que él montara la película que quiero hacer ahora; eso fue lo único que no llegué a decirle. Y yo estaba ayudándolo, desde muy lejos, a conseguir financiación para un proyecto que quería hacer en África.“Lo que más me desafía es actuar bien”—Después de El Ángel y de todos estos años de carrera, y ahora de haber dirigido tu primera película, ¿qué te entusiasma de lo que viene?—Tengo muchas ganas de actuar. Hay varios proyectos que me entusiasman. Pero también me gustan esos momentos en los que no hay nada, porque me permiten simplemente leer, ver películas, salir a ca
Fuente: La Nación