Guardó un secreto por 20 años y cuenta cómo logró liberar la verdad: “Quiero que mis hijos puedan contarme sus dolores”

Marcela Canelo no aguantaba más. Ella tenía un secreto, de esos que agobian cuerpo, mente y alma. Lo guardó cuando lo supo, lo tapó en los tiempos que siguieron y lo enterró hasta que los días se transformaron en años, con la ilusión de que las capas sobre él lo diluyeran en el tiempo. Ella había hecho todo para poder vivir como si no pasara nada, pero la vida le pesaba, su columna le dolía, su estómago le gritaba a través de una hernia de hiato: se estaba rompiendo por dentro. Pero aun así aguantaba, porque como suele pasar con los secretos, se mantienen secretos por el deseo de no querer incomodar a los demás. Y así, en el afán de cuidar las emociones ajenas, el mundo propio se cae a pedazos.Hasta que un día algo cambió. Marcela fue madre y traer hijos al mundo la sacudió por completo: “No quería transmitirles el mandato de aguantar para cumplir justamente con los mandatos y callar aquello que duele o aquello que ya pesa demasiado”, asegura hoy, mientras recorre su historia.“Quiero que mis hijos puedan contarme sus dolores, sus dificultades y sus penas; que sepan que no tienen que esconder lo que les pasa para cuidar a los demás y menos a sus padres. Pero para poder ofrecerles esa libertad, primero tenía que empezar por mí misma. Tenía que aprender a ser honesta y sincera con mi propia historia”.Veintidós años antes, en un consultorio: “Mi alma se congeló”El secreto de Marcela, en el fondo, es indistinto, este no encierra la clave de esta historia, ni la herida fundacional. Por eso, el testimonio de esta mujer oriunda de Marcos Paz podría ser el de muchos, cada uno con un secreto diferente, pero con consecuencias emocionales muy similares provocadas por una sola acción: callar.Pero un día Marcela dejó de callar y su secreto quedó plasmado en su libro, una novela autobiográfica, casi una autoficción si tenemos en cuenta su pluma, impregnada de realismo mágico:...De inmediato, sentí la presencia del terror en el consultorio, escondido detrás de un biombo de telas manchadas y rotas que querían dar intimidad a una camilla oxidada. Su aroma agrio invadió el ambiente haciéndome rechinar los dientes. El aire se puso más denso y la temperatura parecía descender más. En el laboratorio que me habían hecho tres días atrás, había dado positivo el test Elisa, denunciando que estaba infectada del VIH. (...) Mi alma se congeló, se me cortó el aire como si alguien me hubiese dado otra vez una trompada en la boca del estómago. Quedé doblegada como un gladiador romano cuando cae de rodillas ante un león. Quedé vencida por el impacto de creer saber cómo el virus empezaría a devorarme la vida. Me quedé sin fuerza para atacar o huir. En el mismo lugar en que nací, sentí que empezaba a morir. (...)Por el vidrio roto de una de las ventanas del consultorio penetró al ambiente un aire mucho más frío y mi cuerpo quedó inmóvil. (...) Sentí una presencia frente a mí. Acurrucada entre mis rodillas, me animé a levantar la cabeza y lo vi mirándome a los ojos. (...) toda mi infancia me había podido escabullir de él para que no me atrapara. Lo sabía, era el mismo Diablo en persona otra vez frente a mí. Me hizo un gesto seductor para confirmar su astucia y su gran logro. Pude leer su mente que me decía: —¿Creíste que me había olvidado de vos y que podías huir toda tu vida de mí? Sos tan ilusa y fácil de distraer como todos los humanos (...) (Fragmento de La noche que el diablo me desnudó, Editorial De los Cuatro Vientos, 2026)Mujer, heterosexual, católica devota, casada, leal: cuando el estereotipo no encajaAquella información revelada en el Policlínico Bancario, el mismo hospital donde había nacido, llegó a la vida de Marcela a sus 31 años y, salvo por su marido, el equipo médico y terapéutico, esta permaneció oculta durante veinte años, lejos del alcance de sus padres, familiares y amigos. Ella, mujer, heterosexual, católica devota, casada, leal y con un pasado sexual de apenas un muy pequeño puñado de hombres a lo largo de su vida, no coincidía con el perfil del monstruo de terrible fama que se había instalado en su cuerpo. ¿Cómo explicarlo si ni ella misma podía hacerlo? Y entonces vino el miedo mayor: que los demás sepan, y en ese acto, desequilibrar e incomodar la vida de los demás con su secreto, y, más aún, que la aparten de la tribu y la dejen de querer. Así, entre la vergüenza y el miedo a dejar de pertenecer, se instala un secreto en la vida de un ser humano, que comienza a crecer y a fabricar un personaje que se sostiene a base de mentiras y escudos impenetrables. Mentiras que para el entorno fue fácil de querer creer, en especial cuando, años después del diagnóstico, llegaron sus dos hijos al mundo, sanos, acompañados por un equipo de médicos y terapeutas que, involuntariamente, ayudaron a sostener la fachada de una familia feliz.Sin embargo, los hijos comenzaron a crecer, el cuerpo, la mente y el alma de Marcela comenzaron a sufrir el peso de una vida sin esa libertad que solo otorga vivir desde la autenticidad, y un buen día, cuando el medio siglo de vida ya había arribado, ella se preguntó por qué ocultaba su verdad. Entonces comprendió que debía ser fuerte y luchar contra el estigma social.“El VIH está directamente relacionado con la sexualidad, y estoy convencida de que la sexualidad sigue siendo uno de los grandes tabúes de nuestra sociedad. Nos cuesta aceptar que somos seres sexuales y que nuestra sexualidad forma parte de nuestra humanidad”, asegura Marcela. “Miles de años de represión y de miedo dejaron una huella muy profunda sobre nuestros cuerpos y nuestras experiencias sexuales. Y muchas veces seguimos reproduciendo esa represión a través del estigma, del silencio y del miedo. Creo que algunos diagnósticos terminan funcionando, injustamente, como nuevas formas de reprimirnos, son usados para juzgar y controlar algo tan humano como nuestra libertad”.Volver al origen para comprender y reparar: “El cuerpo siempre habla, los secretos, tarde o temprano, encuentran alguna forma de manifestarse”En algún momento, apenas pudo, Marcela se `escapó´ de su pueblo -como llama a Marcos Paz- para volver a empezar en la ciudad de Buenos Aires. Ella escapaba de un pasado negado por años, un lugar en el mundo que contenía otro secreto, anterior al de su diagnóstico. Pero Marcela volvió y, con los años, descubrió que muchas veces, para lograr liberar un secreto, es necesario regresar al origen. Al origen que construye la identidad y, por ende, al origen de los miedos. Marcela, para desprenderse de su esclavitud, comprendió que debía retornar a los días de su infancia, tiempos signados por la violencia, donde una niña aprendió a reprimir sus emociones y a medir a su entorno, para no despertar al dragón dentro de su hogar. (...) Mi miedo cotidiano y mi atención extrema por observar si mamá tenía un buen día o no, me llevaban a permanecer en un estado de alerta y tensión constante. Y en algún momento de la madrugada, cuando mi cuerpo se relajaba y se tenía que entregar al sueño profundo, de manera descontrolada soltaba todo el miedo acumulado del día. Recuerdo sentir el calorcito del pis saliendo de mi cuerpo, mis piernas se iban calentando de a poco y todo mi cuerpo también. Otra vez estaba ahí, calentita, sintiéndome contenida y abrazada, y no por alguien. Fue el mecanismo de defensa que desarrollé para no dormir y mantenerme en estado de alerta hasta la llegada del alba, porque cuando el pis se enfriaba y me despertaba, me acurrucaba en el otro rincón de mi cama que estaba seco y comenzaba a sentir el terror en mi cuerpo, que me abrazaba como un chaleco de fuerza. Mis músculos se rigidizaban, una coraza para protegerme de lo que sabía que iba a suceder(...) (Fragmento de La noche que el diablo me desnudó, Editorial de los cuatro vientos, 2026)En su volver al origen, Marcela terminó de comprender las causas que llevan a alguien a ocultar sus verdades: tal vez, en el fondo, ella aún esperaba que su tribu -su madre- la quiera, y semejante secreto ahuyentaba la ilusión. La madre, por supuesto, en el fondo siempre supo, pero la pantomima fue bienvenida para salvaguardar las apariencias y el qué dirán. Y con ese pacto tácito de sostener la mentira, Marcela fue privada de algo fundamental: el soporte emocional.Pero todo cambió ese buen día, cuando Marcela entendió que, quizás, aquella no es hoy su tribu nuclear; su verdadero grupo de pertenencia es el que ella formó: sus hijos, y esos amigos entrañables con los que sabe, en el fondo, que siempre puede contar. Y así, otro buen día, supo que era hora de hablar con la verdad, su cuerpo se lo rogaba.“Todo lo que callamos, generalmente por miedo, termina pesándonos de una manera tremenda y puede afectar tanto nuestra salud física como mental. El cuerpo siempre habla, los secretos, tarde o temprano, encuentran alguna forma de manifestarse. Lo viví en carne propia y lo veo desde hace años en mi consultorio acompañando procesos profundos en personas que como yo, buscan otros caminos para encontrar su verdad”, asegura.“Podemos callar por lealtades familiares, por miedo a incomodar a nuestro entorno o por temor a las consecuencias de decir nuestra verdad. Pero el estrés que acumulamos para sostener aquello que no queremos o no podemos nombrar tiene un límite. En algún momento aparece una señal, muchas veces en forma de síntoma. El cuerpo empieza a manifestar, a gritar aquello que nosotros todavía no nos animamos a decir con palabras”.“El VIH me puso de frente a la muerte y me recordó algo que todos intentamos olvidar”El cuerpo, la mente y el alma de Marcela ya no duelen. Los desafíos en su vida continúan, por supuesto, pero lleva consigo el arma que puede con aquello que se presenta en su camino: vivir desde la verdad.Antes de su diagnóstico, era una mujer condicionada por los mandatos sociales, sentía que tenía que cumplir con todo lo que se esperaba de ella: ser una determinada mujer, una determinada madre, una determinada pareja, responder a las expectativas de los demás.(...) Me di el permiso de

Fuente: La Nación