Las siete vidas del Valle de Uco: Carlos Dávila, productor de Tunuyán, vivió en carne propia todas las reconversiones en ese oasis, que pasó de las manzanas y peras a los vinos y duraznos, y que ahora busca refugio en el tomate y el ajo

Hace 40 años, el Valle de Uco no era sinónimo de vitivinicultura ni de vinos premium reconocidos a nivel mundial. Muy por el contrario, era uno de los epicentros de la producción frutícola y más tarde, conservera, de Mendoza y Argentina. Sus campos explotaban en primavera con los frutakles en flor y para el mendocino de esa época era sinónimo de manzana y de sidra.
Nadie imaginó, a mediados de los años 80, que la región ubicada en la zona central alta de la provincia iría mutando en las décadas siguientes como lo hace a puro vértigo el recorrido de una montaña rusa. Con los años, la fruta de pepita, esto es, manzanas y peras, se fue desplomando y retirando de la agricultura para dar lugar al durazno, a las conserveras y a la cereza.
Pero a mediados de los 90 desembarcaría la vitivinicultura de la mano de los inversores extranjeros, para dar el puntapié inicial a la producción de vinos de altísima gama, donde se instalarían fastuosas bodegas con etiquetas de primer nivel, gastronomía de paladar negro y menúes, de como mínimo, tres pasos.

Carlos Dávila, productor y actual vicepresidente de la Cámara de Comercio de Tunuyán, que junto con los departamentos de Tupungato y San Carlos componen la región del Valle de Uco, es un fiel testimonio de este increíble camino de supervivencia que se refleja en su historia personal y en la de cualquier agricultor de la zona.
Espíritu de supervivencia que, en muchos casos, fue victoria y en otros, amargas derrotas, para una región donde la actividad del campo es la actividad de la que prácticamente todos viven.
Dávila rememoró en una charla con Bichos de Campo las experiencias propias y las que escuchó de sus mayores y analizó por qué el principal cultivo de toda una región por décadas, desapareció en menos de 10 años. También cuanta cómo hicieron para sobrevivir.

“En la década del 80’ había unas 30.000 hectáreas de manzanas y peras en el Valle de Uco, pero hoy no quedan más de 1.600 hectáreas, según datos oficiales de la Provincia, es decir, nada, y por el contrario, ganó terreno la vitivinicultura, que ocupa unas 29.000 hectáreas”, resume Dávila para empezar.
¿Qué pasó en el medio? Claramente, una tragedia, una tragedia agroindustrial, en donde se arrancaron montes de frutales, desapareció la industria maderera que hacía los clásicos cajones de empaque y se retiraron, luego, por causas parecidas, la industria conservera (el último gran golpe), que representaba en Mendoza el 80% de toda la industria nacional del sector a principios de este siglo.
La transformación y reconversión de las actividades dejó caídos y nuevos beneficiarios, y reconfiguró en cuatro décadas todo el mapa productivo de la región.
“Esperemos que no sea la misma película que vimos en los 90”, alerta César Bernué, productor e industrializador de frutas en Mendoza, ante la baja competitividad del sector

Pero ese mapa, que parece estar firmemente instalado con el vino, no está quieto, porque en los últimos años, la caída del mercado vitivinícola más la situación de muchos pequeños productores que dejaron de ser tenidos en cuenta como proveedores de uvas finas por las propias bodegas, disparó una nueva dinámica en el Valle de Uco: arrancar viñedos y volver, una vez más, a mutar a nuevos cultivos.
Carlos Dávila describió ese circuito en su propia experiencia: “Yo me dedico a la producción de uva, pero antes tuve producción de peras y asistí también a la reconversión de la uva Pedro Giménez (para vinos de mesa blancos) pasando a plantar Malbec”.
“Ese cambio me permitió capitalizar esos 10 a 15 años de bonanza, pero hoy estoy arrancando el Malbec, para hacer tomate dentro de la figura Tomate 2000, un cultivo de 4 meses, una figura integrada y que garantiza rentabilidad. También estoy haciendo ajo donde antes hacía Malbec”.
Después de casi 30 años de trabajo conjunto, lograron que la Argentina se autoabastezca de tomate industria: Ahora regresó el fantasma de la importación y amenaza echar por tierra con tanto trabajo

Tomate 2000 es una asociación sin fines de lucro, creada en Cuyo, con el fin de prestar asesoramiento e investigación a sus integrantes, ofreciendo un programa de horticultura integrada y responsable que busca mayor productividad y eficiencia en la cadena de producción.
El recorrido de Dávila, que pasó de la pera a la uva común, y de esta, a la uva Malbec, para hoy estar arrancando el viñedo fino y reemplazándolo por tomate y ajo, es una síntesis de cómo ha sido y como es la vida y la realidad de los agricultores de esta zona.
Porque el problema no pasa por tener la voluntad de cambiar de cultivo, al fin y al cabo, las dinámicas en el campo no suelen ser eventos desconocido; el problema en Cuyo y otras zonas del país, es que la reconversión, salvo en la chacra (o en la quinta como se le dice en Buenos Aires) no se ejecuta ni deja rentabilidad de una temporada a la otra, sino que este proceso insume años.

“Para recuperar flujo de fondo, para volver a tener ingreso en el proceso de reconversión -cuenta Carlos con la experiencia de haberlo llevado a cabo- si saltás de un cultivo como la vid a otro como el durazno, la manzana, o la pera, o viceversa, necesitás por lo menos 3 años para empezar a tener ingresos”.
“Por eso -señala- muchos se están mudando ahora a la horticultura, porque en este caso, vos arrancás la viña y al mes podés estar armando tomate o ajo, o papa, o lo que sea de este tipo de cultivos. Hacés caja más rápido y, por ejemplo, el ajo no tiene riesgo de granizo ni de helada, no tiene problemas”, recalca.
“Y en el caso del tomate -agrega- trabajando bajo la figura de Tomate 2000, también tenés un seguro que te cubre el 100% de los costos de producción bajo un formato integral, con contrato, donde ya sabes cuál es el precio que vas a cobrar, y eso te obliga a hacer los deberes, porque te la dan redondita. Entonces, si vos sacás una equis cantidad de kilos por hectárea, te va a ir bien en 4 meses”.
El camino del tomate: En plena cosecha, el agrónomo Luciano Belloni mostró los secretos que permitieron multiplicar por cuatro los rendimientos del cultivo en la región cuyana

“Con la ventaja –destaca- de que tenés la protección del seguro. Yo ya sufrí una tormenta de granizo que me cayó a una semana de cosechar tomate y el año pasado, Tomate 2000 me pagó el 100% del costo de producción, recibí 8 millones de pesos por hectárea, que es el costo de producción de una hectárea de tomate terminada”.
Cuando Carlos Dávila recuerda que hace 40 años el Valle de Uco tenía 30.000 hectáreas en producción de manzanas y peras, y hoy señala que apenas quedan 1.600, no se refiere a que solo hubo un cambio de cultivo, sino a que ese golpe terminó con la matriz agroindustrial, que era el motor económico y el sustento de la vida diaria de la región.
“No era solo que teníamos miles de hectáreas de frutales, es que el Valle de Uco tenía un polo industrial, eso que ahora se denomina cadena de valor, algo muy importante. Y hoy, por ejemplo, de las conserveras que había, solo quedó la que era de Alco, que la compró otro inversor. Pero estaba Inca también, que todavía se ve la marca de conservas en los supermercados y que ya no industrializa aquí”.
“Entonces -profundiza- había un agregado de valor, en función no solo de una sólida producción primaria en frutas de pepita y carozo, sino de todo lo que implica el empaque, el frío (frigorífico), el aserradero, porque gran parte de la fruta se comercializaba en envases de madera, por lo que había una industria maderera muy importante”.

Dávila refiere que “en esa época había unos 20 galpones de empaque y hoy quedan a lo sumo cinco galpones, y de la industria del sector maderero, se perdió prácticamente todo”
“Hoy domina la vitivinicultura, que sigue creciendo y ocupa unas 29.000 hectáreas, los frutos secos toman mayor preponderancia y están segundos en cantidad de hectáreas plantadas, y después le sigue el durazno, tanto en fresco como para lata y la cereza, que en algún momento tuvo una importancia superlativa en el Valle de Uco, pero también se perdió por las mismas causas que la fruta de pepita”.
La gran pregunta es qué le pasó a la agroindustria de la manzana y la pera para venirse a pique: “¿Qué nos pasó? En el caso de la manzana y la pera, no se tomó real dimensión del avance tecnológico”, reflexiona Carlos.
“¿Qué quiero decir? Una familia, en ese tiempo, vivía con 5 hectáreas de manzanas con densidades de cantidad de plantas por hectáreas que con el tiempo dejaron de ser competitivas, porque tenían plantas en un espacio de 5 por 5 y hoy se planta 5 por 2, es decir mayor cantidad, más apretado, lo que es sinónimo de mayor productividad, de más kilos por hectárea, de mayor valor que le sacás a la inversión, lo que a su vez te da precocidad empezando a cosechar en menor tiempo y eso te da repago. Bueno, todo ese cambio, aquí no sucedió”.

Para el productor mendocino “ese proceso de innovación no se entendió, el sector de la producción no se supo adecuar y obviamente se empezaron a envejecer los cultivos, porque ya no se podía vivir con cinco hectáreas de manzana. Empezaron a poner menos capital de trabajo, se envejecieron las plantas, no hubo renovación, no hubo paquete tecnológico ni hubo variedades.”
Carlos señala, que muchos de los actores de la actividad en aquellos tiempos recuerdan un viaje que referentes del sector hicieron a California, para tomar contacto con ese avance tecnológico en el centro neurálgico de la agricultura en el mundo, y cuando los profesionales volvieron con las innovaciones, estas no prendieron ni prosperaron en la visión de la actividad.
“Después de esos viajes, más otros viajes de estudio a los que iban productores, ingenieros agrónomos, viajes de intercambio, el conocimiento que se trajo no se logró capitalizar y la realidad pegó duro, a partir de que nadie entendió la innovación”.
“A ese panorama hay que sumarle el resto, es decir, la falta una política de mediano y largo plazo, la macroeconomía, el clima con el granizo, en fin,

Fuente: Bichos de Campo