Maestro Dokushō Villalba, maestro espiritual: “El sistema te ordeña los deseos. Nos convierte en seres deseantes: estamos continuamente deseando cosas”

Vivimos rodeados de herramientas para sentirnos mejor. Aplicaciones para dormir, meditaciones guiadas, técnicas para bajar el estrés, ejercicios para regular las emociones, dispositivos que miden cuánto dormimos y cuánto nos movemos. Y, sin embargo, cada vez parece más difícil estar verdaderamente presentes en nuestra propia vida. Dokushō Villalba ha dedicado casi cincuenta años a indagar en esta paradoja. Llegó al zen cuando tenía poco más de veinte, en medio de una crisis personal que lo llevó a buscar otra manera de comprender su propia existencia. Fue discípulo del maestro japonés Taisen Deshimaru, quien lo ordenó monje en 1978. Después de la muerte de Deshimaru continuó su formación en Japón con Shuyu Narita y en 1987 recibió la transmisión del Dharma, convirtiéndose en el primer maestro sōtō zen español. En 1989 fundó el templo Luz Serena y la Comunidad Budista Sōtō Zen en España. Desde entonces, su vida quedó ligada a la práctica, el estudio y la enseñanza. Casi cinco décadas después, su pregunta ya no es solamente cómo meditar. Es qué nos está pasando. En el marco de su próxima visita a la Argentina organizada por la Escuela de Meditación Pali, la Fundación Columbia, la cátedra de Psiquiatría , FCM-UNLP y Espacio Mindfulness Corazón, el referente espiritual dialogó con LA NACION sobre el impacto del mundo digital en la conciencia humana y los desafíos de recuperar el sentido en tiempos de alienación. —¿Qué cree que nos está pasando a los seres humanos? —Básicamente, se está produciendo una desconexión del mundo real, de la persona real, del cuerpo real, en pos de un secuestro de la atención y de la conciencia, redireccionándola hacia un mundo virtual, un mundo irreal: las redes sociales, los videos creados por inteligencia artificial. Esa desconexión del ser humano consigo mismo y con sus verdaderas necesidades es una especie de alienación muy grave. Uno llega al punto de no saber cuál es su malestar ni cuáles son las causas de ese malestar porque no tiene una conciencia clara de sus propios procesos mentales, emocionales y corporales. —¿Esto es una consecuencia no buscada del desarrollo tecnológico o hay una intención detrás? —Desde mi punto de vista, detrás de todo esto hay una intención y una voluntad por parte de determinados poderes, porque es una manera de controlar y explotar a la población. Hoy vivimos en la economía de la atención. Lo que enriquece a los grandes oligopolios ya no son solamente las materias primas o los productos financieros: es la atención de los seres humanos. Es como si fuéramos pollos en una granja: nuestra atención está siendo sistemáticamente ordeñada y vendida a los anunciantes. El resultado es que miles de personas han perdido soberanía atencional. Ya no pueden dirigir voluntariamente su atención hacia aquello que quieren o necesitan, porque es constantemente capturada por el contexto. Y eso es, desde mi punto de vista, una de las causas fundamentales del gran malestar de nuestra época. El secuestro de la atención va a ser uno de los grandes temas del siglo XXI. —¿Qué consecuencias tiene esa pérdida de atención más allá del malestar individual? —Una consecuencia muy importante es la pérdida de capacidad para comprender procesos complejos. Los resultados de las pruebas PISA muestran una disminución de la capacidad de lectura, de concentración y de reflexión en buena parte del mundo desarrollado. Y eso tiene consecuencias. Cuando esos jóvenes sean adultos y tengan responsabilidades sociales, pueden encontrarse con dificultades para adquirir un conocimiento profundo de la realidad y de los procesos complejos que rigen nuestra sociedad. —¿Estamos creando, entonces, una generación de jóvenes más “desencarnados”, más desconectados de su cuerpo y de su experiencia directa? —Hay una desconexión del cuerpo, de la experiencia directa, de la realidad concreta. Y cuando se pierde esa capacidad de profundizar, la comprensión tiende a simplificarse: blanco o negro, bien o mal, los míos o contra mí. Eso favorece la polarización y hace que las personas sean más fáciles de manipular. —¿Y cómo se relaciona todo esto con la crisis de salud mental? —Hay una crisis de salud mental y hay un estilo de vida basado en la autoexplotación. Uno se exige muchísimo, las condiciones de vida son difíciles, muchas personas trabajan muchas horas y en condiciones laborales penosas. Todo eso produce un agotamiento del sistema nervioso que después repercute en trastornos del sueño, trastornos anímicos y otros problemas. En la base hay una situación de estrés.Víctor Fratto, al rescate de la fauna—Usted fue muy directo al decir que el estrés es inherente al capitalismo. ¿Por qué? —Porque el sistema primero te “ordeña” los deseos. Nos convierte en seres deseantes: estamos continuamente deseando cosas. Desear es fácil; satisfacer esos deseos ya es más caro. Para satisfacer tantos deseos hay que trabajar mucho, tener poder adquisitivo, y entonces uno queda atrapado en una rueda, como un hámster: consumir para producir y producir para consumir. —¿Y qué ocurre cuando esa rueda se rompe? —Por desgracia, muchas veces lo que nos hace cambiar de rumbo son las tragedias y los dramas. Se dice que el dolor es el gran maestro, porque es al que todo el mundo atiende. Cuando se produce un crack en nuestra vida, por una enfermedad, una depresión o distintas circunstancias, entonces estamos dispuestos a plantearnos un cambio. Mientras todo funciona, uno se va distrayendo. Desde el punto de vista del budismo, la fuerza que nos impulsa al despertar de la conciencia es el dolor y el sufrimiento. Primero tenemos que reconocer que somos personas que experimentamos dolor. No solamente dolor físico, sino un dolor existencial profundo, como una especie de ruido sordo que está de fondo, desgastándonos continuamente. —¿La meditación empieza entonces por encontrarse con ese dolor? —Exactamente. La gente cree que cuando se sienta a meditar va a entrar en una especie de paraíso, en el nirvana. Y lo primero que encuentra es el dolor: el dolor de rodillas, el dolor corporal. Y a través de ese dolor corporal va surgiendo un dolor mucho más profundo. Entonces uno reconoce ese malestar, esa insatisfacción, y se pregunta: ¿de dónde viene?, ¿qué podría hacer yo para liberarme de esto? Ahí empieza un camino de despertar de la conciencia. —Pero hay dolores que no podemos evitar. —Claro. Hay un tipo de dolor existencial que es inevitable. Si se muere un hijo, una madre o un hermano, si perdemos el trabajo, la pareja, si tenemos un accidente o una herida grave, eso es dolor. Hay formas de dolor que son consustanciales a la vida. Es impensable atravesar la existencia sin experimentarlo. Ante ese dolor, el Zen enseña la aceptación profunda. Pero hay otras experiencias de dolor que creamos nosotros mismos, a través de nuestros hábitos o de nuestra mente. En esos casos tenemos que reconocerlas, estudiar sus causas y transformarlas. —¿Y cuál es la diferencia entre dolor y sufrimiento?—El dolor es una experiencia que tiene un comienzo y un final. Me golpeo la rodilla, tengo un dolor intenso y después de un tiempo desaparece. O tengo una separación que me duele emocionalmente y atravieso un duelo, pero con el tiempo ese dolor se diluye. Si no nos aferramos a él, el dolor permanece durante un tiempo y después desaparece. El sufrimiento es otra cosa: es la rumiación mental de un dolor que hemos experimentado en el pasado. Ese dolor ya no es real, ocurrió en su momento, pero nosotros lo traemos al presente a través de una fijación traumática y lo convertimos en dolor crónico. Es la mente la que hace eso. —Usted me contaba algo muy interesante sobre una investigación realizada con meditadores de larga trayectoria, relacionada con la resistencia al dolor. ¿Qué encontraron? —En Londres hicieron un experimento con un grupo de 40 practicantes de meditación de larga data y un grupo de control de otras 40 personas que no tenían experiencia en meditación. Los sometieron gradualmente a una experiencia dolorosa controlada, cada vez más intensa. Lo que este experimento puso de manifiesto es que el umbral de afectación y de integración del dolor de los practicantes zen era muchísimo más amplio que el de las personas que no tenían esa experiencia. Eso demuestra cómo la práctica de la meditación tiene el poder de generar paciencia frente a la experiencia dolorosa, sin caer en la huida recurrente ni en la confrontación. —Entonces, ¿el mindfulness nos ayuda a tener mayor resistencia al dolor? —Las dos cosas. Sobre todo el mindfulness basado en la tradición budista, que es el que yo enseño. Hay muchas clases de mindfulness y no todas tienen el mismo espíritu, la misma orientación ni los mismos efectos. El que nosotros enseñamos concibe la atención plena como una herramienta de despertar, de toma de conciencia de uno mismo. —¿Cómo se desarrolla esa conciencia? —Primero a nivel corporal, después sensorial, emocional y finalmente en relación con nuestros pensamientos y estructuras mentales. Esa es una antigua enseñanza del Buda, de más de 2500 años. Tiene lógica: se empieza por lo más concreto, el cuerpo; después se desarrolla la conciencia sensorial, la conciencia emocional y, finalmente, la conciencia de nuestros pensamientos y sistemas lógicos. Esas estructuras mentales son como las gafas coloreadas a través de las cuales miramos la realidad. La práctica nos permite darnos cuenta de cuáles son los cristales a través de los que estamos viendo. —Hay quienes cuestionan que el mindfulness pueda convertirse en una herramienta para que una persona tolere mejor condiciones que debería transformar. ¿En qué momento la práctica deja de ser una forma de soportar la vida y empieza realmente a transformarla?—La conciencia de sí es la fuente de toda transformación. Cuando uno está dentro de un engranaje social, laboral, mental o emocional inconsciente, está atrapado en él. Pero cuando se da cuenta de cuál es ese engranaje empieza a tener la capacidad de decir: “Yo no quiero esto, quiero

Fuente: La Nación