Javier Cercas: “Europa es el gran bastión de la democracia en el mundo”

(MADRID).- Todo comenzó con una broma. Un día, durante la década del noventa, un joven novelista y profesor universitario recibió una llamada telefónica. La voz del desconocido le ofrecía la posibilidad de escribir en El País, el periódico madrileño nacido en mayo de 1976. Era un sueño hecho realidad. La emoción y el entusiasmo embargaron a Javier Cercas (España, 1962) hasta que otra llamada, esta vez de su hermana Sofía, le recordó que era 28 de diciembre, día de los Santos Inocentes, y supo que aquel redactor del periódico más prestigioso no existía. Sin embargo, las tramas de la vida real dan giros que quizá en una ficción resultarían inverosímiles. Cercas no solo comenzó a escribir en El País, sino que se convirtió en uno de sus columnistas más valientes y leídos [en textos que LA NACION reproduce], mientras cincelaba una obra literaria colmada de lectores y premios. Entre otros títulos, publicó El loco de Dios en el fin del mundo, crónica que relata el viaje del papa Francisco a Mongolia, una tarea que le propuso el propio Vaticano, Anatomía de un instante, El impostor, El móvil, Soldados de Salamina, Las leyes de la frontera y la trilogía que comenzó con Terra Alta, novela por la cual obtuvo el premio Planeta. Cercas es una de las voces más firmes entre las que se han erguido contra el independentismo catalán, el nacional-populismo y los escándalos de la política española. Respaldó la candidatura de Pedro Sánchez, como votante del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), pero luego se animó a criticarlo mediante una argumentación articulada (“La mayor victoria de Pedro Sánchez”, publicada el 1º de julio de 2025). Tampoco dudó en pedir su dimisión como jefe de gobierno, cuando muchos de sus colaboradores y familiares se vieron envueltos en hechos de corrupción. Su último libro, El periódico de la democracia (Random House), recorre la historia de El País; es un ensayo sobre la siempre conflictivas relaciones entre el periodismo y el poder, entre la ficción y la no ficción, entre el compromiso y la creación intelectual, y se lee como un manifiesto sobre las responsabilidades de comunicadores y ciudadanos con la democracia. “Si yo fuera periodista de El País, procuraría recordar que ser de izquierdas no autoriza a ser sectario ni dogmático, ni intelectualmente perezoso ni personalmente acomodaticio, y me tatuaría estas palabras de Groucho Marx: ‘Un izquierdista que no critica a la izquierda, no es de izquierdas’. Pensaría que, aunque la izquierda no es moralmente superior a la derecha -esa idea es el pasaporte ideal para los canallas-, debe aspirar a serlo, porque es inseparable de un compromiso ético con la justicia social, la igualdad de oportunidades, el respaldo a los más débiles”. Sobre estos temas conversó recientemente en el Hay Festival, en Segovia, dirigido por la argentina Sheila Cremaschi. -Aunque usted nació en Extremadura, vivió la mayor parte de su vida en Cataluña. ¿Es del Barça?¿Vio la final del Mundial? -Sí, y lo pasé muy mal. Si ganaba Argentina, estaba muy bien: somos hermanos; pero quería que ganara España. Soy un futbolero laico. No soy religioso ni fanático. Digamos que soy del Barça porque mi hijo es del Barça, pero, si estuviera en Buenos Aires, sería de Boca. No he ido muchas veces a la cancha, pero he visto jugar a Messi en su mejor época, cuando jugaba con Xavi e Iniesta. ¡Qué jugador extraordinario! En España somos futboleros, como en la Argentina, por defecto: aunque no veas fútbol, te enteras.-No sé si está al tanto, pero durante el Mundial la Argentina recibió discursos de odio y acusaciones de racismo, como la que hizo el actor Samuel L. Jackson.-No, no lo había escuchado. Creo que las redes sociales lo distorsionan todo. Y creo que los medios de comunicación hacen demasiado caso a las redes sociales. Pero, a pesar de ser una obviedad y de que sois conscientes de ello, los periodistas estáis demasiado pendientes de las redes sociales, que no son representativas del mundo, sino basurales. Yo no entiendo que haya gente que diga: “Me voy de X porque me insultan”. Oiga, si usted va a una casa de putas, no puede esperar encontrarse con monjas. Si tú te metes en X, te vas a encontrar con basura. ¿Por qué alguien se escandaliza de que se les ataque? Es absurdo. Tendrías que escandalizarte si alguien te trata respetuosamente en X. -¿Hemos perdido más de lo que hemos ganado, por ejemplo, con el uso y la dependencia de la IA, del Chat GPT? -Depende de nosotros. Toda gran revolución comporta riesgos y también ventajas. Se trata de utilizar las ventajas y de descartar los riesgos. En el Fedro, de Platón, el rey Thanos dice que la invención de la escritura acabará con la cultura porque la gente ya no confiará en la memoria, si todo está escrito, y sin memoria no hay cultura. Además, decía este personaje, la escritura provocará la desaparición de un elemento fundamental de la cultura: la relación entre maestro y discípulo. Pero no murió la cultura; simplemente, surgió otra distinta, como ocurrió con la imprenta o la televisión. Lo que tenemos que hacer ahora es controlar la inteligencia artificial, Internet y las redes sociales, y someterlas al escrutinio democrático para impedir un uso perverso. Hemos dejado campar a sus anchas a una serie de individuos que tienen la propiedad exclusiva de estos medios increíblemente potentes. La culpa la tenemos nosotros, que hemos permitido este desmán brutal que pone en peligro las democracias. -¿Es posible, en el mundo en el que vivimos, ser artista y trabajar en una obra sin estar informado de lo que ocurre en el escenario político, tanto a nivel local como internacional?-Es posible que no intervenga en el debate público. De hecho, en cierto sentido es perjudicial para un artista, escritor, cineasta, lo que sea, opinar sobre política. El problema es que los escritores también somos ciudadanos. El escritor más importante de nuestra lengua desde Cervantes, o desde Quevedo, es Borges, y, si no hubiese opinado sobre política, le hubieran dado el Nobel. Ellos se lo pierden. Hay artistas que no quieren perder su negocio y que son “carreristas”, es decir, que no quieren perder lectores o espectadores, porque saben que hablar de política puede ser muy perjudicial. Pero ningún gran escritor o artista ha permanecido al margen de las cosas de su tiempo; otra cosa es que eso se exprese de modo público. Creo que una obra que carece de conciencia de lo público es una obra a la que le falta algo. -En El periódico de la democracia habla del “unanimismo”: en la actualidad da miedo la disidencia, expresarse en contra de determinada corriente general. ¿Es esta actitud también una forma de “carrerismo”?-Totalmente. Leí sobre este concepto en los trabajos del historiador francés Pierre Vilar, quien aludía a la atmósfera que se vivía en determinados lugares, por ejemplo, en la Italia previa al advenimiento del fascismo. Para que esto ocurra, tiene que haber una presión social muy fuerte, y sucede en momentos extremos. Cuando me dieron el premio Mariano de Cavia en el ABC, el periódico conservador por excelencia de España, expliqué en mi discurso por qué creo que la izquierda tiene razón y la derecha no. Y entonces hubo gente que me dijo: “Pero, ¿estás loco? ¿Cómo vienes a decir esto aquí?”. ¿Por qué no? Era el lugar ideal para decirlo. Y no pasó nada. Yo pienso de una manera, y ellos de otra. Fue precisamente una muestra de respeto. -¿Ha vivido el unanimismo en carne propia? -Solo una vez y durante un periodo muy corto de tiempo. Fue en Cataluña durante el periodo del estallido independentista [2017-2018], que no es de izquierdas; es de derechas y, a veces, de extrema derecha. Cuando hablan de una mayoría progresista en España simplemente están falseando la realidad, porque esa mayoría incluye partidos independentistas muy de derechas. El pacto del gobierno con el independentismo no hizo más que envenenar la legislatura. -En su libro hay una cita de Groucho Marx que sostiene que no se es de izquierda si no se critica a la izquierda.-Por supuesto, es así, y eso tiene un precio: que te acusen de ser de extrema derecha o de derecha. Pero, si no eres capaz de ejercer la crítica, y sobre todo la crítica respecto a los tuyos, estás faltando a tu deber. No creo que, porque yo diga que el gobierno de izquierda comete errores, yo deje de ser de izquierda. Al contrario: a lo mejor, el que está dejando de ser de izquierda es el gobierno. Yo seguiré siendo de izquierda y criticando al gobierno cuando me parece que se equivoca. Soy un puñetero socialdemócrata. Y lo soy por razones elementales, no por cuestiones teóricas sino prácticas. El socialismo democrático, el equilibrio entre el Estado y el mercado, ha creado en el norte de Europa las sociedades más prósperas, libres e igualitarias del mundo, si no de la historia. No son perfectas, pero sí mejores que todas las demás. Eso es lo que yo quiero para mi país: una Noruega con sol y tapas.-¿Cómo evalúa los hechos ocurridos en Ceuta, la llegada masiva de inmigrante en julio pasado? ¿Considera que hubo una suerte de invasión? -En primer lugar, hay que decir que esto no es un problema migratorio; es un problema geopolítico. Sí, fue una invasión, y se produce porque el gobierno marroquí lo tolera, o lo fomenta, o lo organiza, todavía no sabemos y quizá no lo sabremos nunca. No es la primera vez que ocurre. Marruecos, un régimen autoritario, reivindica las ciudades de Ceuta y Melilla, que están en África, y utiliza a la gente pobre y con hambre, desesperada, para decirle a España y al mundo: “Nosotros podemos invadir esas ciudades cuando queramos porque son nuestras”. La mayoría de los que entraron regresó. No sabemos cuántos marroquíes quedan aún en Ceuta. En segundo lugar, este no es un problema solo español: las fronteras de España son fronteras europeas. El asunto central de nuestro tiempo es la migración, y hay una demonización de ella, que se ha convertido en un caballo de batalla fundamental de la extrema derecha. Pero la realidad

Fuente: La Nación