Un secreto en el corazón del Delta: la plantación de camelias más grande de Sudamérica

Existen diversos deltas en el mundo, como los del Amazonas o el Nilo, que poseen la particularidad de desembocar en el mar. En contraste, el Delta del Paraná —nombre de origen guaraní que significa “pariente del mar”— desemboca en un río ancho y marrón, dividiéndose en una red de afluentes, arroyos y canales que sorprenden a medida que uno se adentra en la navegación. En pleno corazón de este territorio, tras cruzar el río Paraná de las Palmas y recorrer el río Capitancito, sobre el arroyo Felicaria se ubica una isla que tiene una particularidad: allí se conserva la mayor plantación de camelias de sudámerica. Hoy, se conoce como la Isla de las Camelias, una suerte de santuario de esta flor de origen asiático y que es considerada como una de las más bellas del mundo. En este espacio, alejado de la civilización, donde la naturaleza impone sus reglas, sus tiempos y sus deseos, está esta plantación dedicada a esta flor que se despliega entre julio y octubre. La crecida que le dio futuroLa historia de cómo se llegó a lo que es hoy, comenzó con Horacio Márquez, un ingeniero electrónico de profesión y su mujer Luisa, quienes tenían en este lugar un cultivo de hortensias, azaleas y camelias. Sin embargo, por esas decisiones de la naturaleza, la gran crecida del río de 1985 cubrió toda la zona durante un período largo de tiempo. Cuando las aguas finalmente bajaron, lo que hubo fue sorpresa: las únicas plantas que habían logrado sobrevivir habían sido las camelias. Lo paradójico es que son las plantas que menos agua requieren. Aquel suceso motivó a Horacio a investigar la especie, recorrer viveros y ferias especializadas, intercambiar conocimientos con coleccionistas e importar plantas madre desde distintas partes del mundo. Así, el vivero concentró sus esfuerzos en la búsqueda, conservación y reproducción de camelias hasta convertirse en un referente nacional.Con el tiempo se descubrió que las condiciones del Delta resultaban sumamente favorables para esta flor. La calidad de los suelos, los niveles de humedad ambiental y la calidad del agua permitieron que los ejemplares tuvieran un desarrollo más vigoroso y acelerado que en otras regiones. Los antiguos lotes de plantas madres destinados a la producción comercial terminaron transformándose progresivamente en un bosque donde conviven camelias de gran porte con pinos.La colección botánica y su relevancia internacionalHoy en día, al frente del proyecto se encuentra, Hernán Márquez (hijo de..) junto a Marina, su pareja. Hernán es floricultor especializado y se perfeccionó en Estados Unidos en cultivos intensivos y mejoramiento vegetal en laboratorios. “Heredé un hobby de mi padre y lo convertí en una carrera”, resume Hernán al repasar la historia del establecimiento. Actualmente, la Isla de las Camelias reúne una colección de entre cuarenta y cincuenta variedades, entre especies e híbridos, constituyendo un patrimonio único en el país y de relevancia internacional por la calidad de sus ejemplares y su labor de clasificación. Esta colección es comparable únicamente con viveros de Estados Unidos, como el Huntington Garden en California, o con reconocidos jardines botánicos de Francia e Inglaterra.Entre las especies que integran el predio se destaca la Camelia Japónica por ser la más común. La colección sobresale por su diversidad de estructuras florales: abarca desde camelias simples de una o dos coronas de pétalos, caracterizadas por su elegancia, hasta flores dobles de compleja densidad imbricada. Asimismo, se conservan variedades de camelias perfumadas, muy apreciadas por los coleccionistas. Al respecto, Hernán aclara que, aunque la creencia popular sostiene que las camelias no tienen aroma, existen especies particulares que sí lo poseen y forman parte de los ejemplares más especiales del lugar.Reconfiguración como santuario y encuentros de conservaciónA lo largo de los años, las sucesivas crisis económicas nacionales y el paulatino declive de la industria de las flores en la Argentina afectaron al sector. Frente a este escenario, el antiguo vivero se reconfiguró en un santuario o reducto donde las camelias se atesoran como obras de arte. Las camelias despliegan su esplendor en los meses de invierno y principios de primavera, entre julio y octubre. Para recorrer el predio, se realizan jornadas que comienzan bien temprano a la mañana en la estación fluvial de Tigre. Desde allí, los visitantes parten en lancha en una navegación de aproximadamente una hora y media hacia la segunda sección del Delta, donde el paisaje ribereño se vuelve cada vez más natural e inhóspito.Al desembarcar, se encuentran con un escenario caracterizado por senderos cubiertos de pinocha y pétalos caídos que forman un colchón sobre el suelo. El recorrido incluye charlas sobre la historia del lugar, técnicas de cultivo, multiplicación y cuidados, complementadas con talleres temáticos enfocados en disciplinas como la fotografía, la literatura, el arte y la jardinería. Aunque históricamente los recorridos empezaban en julio, actualmente la floración principal se ha desplazado hacia finales de agosto y principios de septiembre, evidenciando un corrimiento en las temperaturas invernales que impacta directamente en las plantas.Patrimonio vegetal A pesar de que la conformación de los grupos varía en cada viaje, el interés compartido por esta flor legendaria funciona como hilo conductor de la experiencia. Para Hernán Márquez, la colección guarda una relación directa con el arte, asimilable a una pinacoteca viva. Contemplar el jardín florecido en medio del invierno representa para él un hecho único. Su objetivo central se enfoca en preservar esta colección y trabajar activamente en la reproducción vegetal para mantener las especies.En lo que resta del año, quedan dos visitas clave para aprovechar este espacio. El próximo sábado 3 de octubre, se celebrará un evento especial: una ceremonia japonesa de té con Malena Higashi. Y el sábado 10, un encuentro entre camelias y música de nuestro litoral: Concierto de Dúo Bote, Flor Bobadilla Oliva (voz) y Abel Tesoriere (guitarra). Dos propuestas únicas para disfrutar el cierre de un ciclo que la naturaleza regala de manera mágica y que este espacio del delta conserva de manera única.

Fuente: La Nación