Deportes
Betsabé Páez, la atleta que sobrevivió a un verdadero calvario: “Les dije a mis papás que me quería morir”
SANTA FE (enviada especial).- Betsabé Páez nació tantas veces que tranquilamente esta nota podría contar como un manual de supervivencia. Sin recetas, pero con pruebas. Mil veces sintió que el mundo se le desmoronaba y mil más tuvo la capacidad de levantarse. La vida como una metáfora de lo que mejor saber hacer: el salto en alto. Tomar carrera, envión, subir, bajar, caerse, levantarse de la colchoneta. Aunque la vida es mucho más que un parangón y cuándo no, duele y se torna oscura, injusta, probablemente cruel. Sus últimos seis años fueron un verdadero calvario: estuvo a punto de que le amputaran la pierna; después, a nada de morir; después, a nada de querer morirse; después (y mientras tanto) transitando depresión por segunda vez; después, contabilizando ocho cirugías en un año; después, a nada de practicarse un aborto; después, sin trabajo. Después. Y ahora. Porque cuando vio la luz y se quiso regalar el último salto para cerrar su historia en el deporte hizo la mejor marca de su carrera. Y se clasificó a estos Juegos Suramericanos 2026. Betsabé Páez es como el Ave Fénix. “Les dije a mis papás que me quería morir (...), les dije que quería firmar mi consentimiento de muerte”, cuenta sobre su peor momento. Pero dio vuelta la historia: “Honestamente, esto es un milagro”. Dice, a los 33 años. Y está liviana. La pesadilla empezó a principios de 2020 cuando Betsabé decidió competir (igual) en el Sudamericano de pista cubierta en busca de su clasificación a los Juegos Olímpicos de Tokio y una vieja lesión en el tobillo terminó ocasionándole una rotura de ligamentos en la pierna izquierda. Aquello, que en circunstancias normales no debió haber remitido problemas, con la pandemia del Covid-19 ya llegada a la Argentina y con el confinamiento obligatorio al caer, complicó todo. Lo primero fue que su cirugía no era algo prioritario dentro de un panorama general en el que los lugares en los hospitales empezaban a escasear y segundo, que cuando sí finalmente operó unas semanas después, debía rehabilitarse por videollamada. “Me operé en plena pandemia, el 20 de mayo. Para entonces ya estaba cerrado el Centro Nacional de Alto Rendimiento Deportivo (Cenard) y tenía que hacer los ejercicios. La rodilla me quedó remal y me dolía, claro, yo no sabía. Estaba sola en un departamento y mis papás no me podían ir a buscar porque no conseguían un permiso de circulación. Recién un mes después pude volver a Entre Ríos. Betsabé Páez es de Crespo, un municipio de unos 25 mil habitantes de esa provincia litoraleña en el que casi todos se conocen con todos. Y en medio de semejante situación prefería volver a ese refugio. Lo que parecía un trámite, lejos estaba de serlo. Llegó el segundo aviso: la rodilla no estaba bien, se le trababa la pierna. “La pierna me hacía esto”, dice durante esta entrevista. Y la pone recta: “No la podía flexionar, era pata de palo”. Tras comunicarse con el equipo de médicos del alto rendimiento que trabaja en Rosario, ciudad en la que Betsa estudió la carrera de Educación Física, viaja para una segunda cirugía. Y sucede. Sólo que dos días después, empieza la peor crisis. “Banqué unos meses pero no mejoraba y ahí se dan cuenta de que tenía un metal debajo de la rótula. Voy a una tercera cirugía para que me lo saquen y me entra una bacteria hospitalaria”, se angustia en el relato que pretende seguir: “Cuarenta y ocho horas después de esa operación mi vida empezó a correr riesgo. Llegué al sanatorio con una septicemia, ya toda desvanecida, con vómitos y fiebre. Fui derecho al quirófano”. Ahí no estaba todo: para entonces, a muchos atletas les habían recortado la obra social. Ella era una. No tenía. “Primero me internaron en un sanatorio privado y mis papás pagaron todo. Pero yo vengo de una familia de clase media, que no tenía plata para eso. Mis amigos vendían pizzas para ayudarme. Pero de todos modos no pude pagar más y me ofrecieron trasladarme a un hospital público, al Eva Perón de Granadero Baigorria, donde a pesar de toda la demanda que había los médicos y enfermeras fueron un gran sostén”, cuenta. Allí pasó un mes. Sola. Aislada. Con la cabeza a mil. Su cuerpo no respondía al tratamiento y el cuadro se agravaba. Ahí, por primera vez, le hablaron de amputación: “No había forma, nada frenaba la infección”, rememora. De pronto, algunas respuestas y el alta. Otro alta y otro viaje a Entre Ríos. “Estaba devastada, totalmente débil, no daba más. Tenía los brazos y las venas colapsadas de tantos pinchazos y cirugías. La parte emocional fue durísima”, cuenta Betsa. Para entonces, se sumaba que su caso se había hecho público y mientras en los medios se debatía de lo que ella no podía defenderse, había dirigentes que la llamaban acusándola de hacerlos quedar mal. A cinco días de instalarse de nuevo en la casa de su mamá, la infección le empezó a suturar por los orificios de las heridas. Una nueva consulta médica predijo lo mismo: “Hay que amputar”. Memorias del subsueloCondicionada por no tener obra social y porque casi nadie quería tomar el caso por tratarse de una atleta de alto rendimiento, terminó internada en un hospital público de Paraná, el San Martín. Ahí, el calvario se recrudeció. A Betsa la pusieron en un pabellón improvisado en un subsuelo frío, húmedo y oscuro, sucio, donde vio y vivió lo peor: “Había mujeres que eran presas, mujeres con enfermedades terminales... Vi todo. Te juro que aprendí a valorar tanto las cosas. ¡Lo que tiene que vivir una persona que no tiene obra social! Nos trataban como animales". View this post on Instagram En ese caos, de nuevo al quirófano. Una, dos veces... “Cada día y medio”, repasa Betsa. “Entraba y no sabía cómo salía o si iba a tener mi pierna. Limpieza y antibióticos”. Y una situación in crescendo: “Las condiciones eran indignas, entraban perros y gatos que se sentaban en las gasas que después nos ponían. Todo era traumático. Al lado tuve a una mujer enferma terminal a la que ni limpiaban, ella me pedía ayuda a mí llorando y yo como podía trataba de ayudarla. Llegaron a equivocarse y a ponerme a mí su quimioterapia y a ella mi antibiótico. Por eso digo que nos trataban como animales. Unos días antes de morir, ella gritaba que la ayudasen, que morir así era indigno. Una vez me desperté con la cama llena de hormigas y otra me clavé una aguja en la madrugada, que se ve que se le cayó a una enfermera. Imaginate yo, con infección”.A medida que avanza, el relato de Betsa, empeora. Como si fuera una película de terror repasa las escenas en carne propia: “Sí, pensé que me podía morir y yo me quería morir. Estaba tan depresiva con la situación que les dije a mis papás que me quería morir, que se me apague la conciencia. No podía soportar haber sido una atleta, haber hecho deporte toda mi vida, un deporte que amaba y estar viviendo esa situación. Sentía que no servía para nada, que era descartable y a nadie le importaba. Estaba mi familia, mis amigos, mi entrenador, pero a nivel dirigencial me soltaron la mano. Después, también el municipio me empezó a ayudar, pero yo ya había atravesado el proceso nefasto de estar tirada en un hospital”. Tres meses estuvo Betsabé Páez en ese subsuelo del horror. “Les dije a mis papás que quería firmar el consentimiento de muerte, que no era negociable vivir así, quería salir de ahí. La determinación los llevó a conseguir una cirugía más de limpieza y la mandaron a la casa con antibióticos por boca: ”Y que sea lo que Dios quiera". Y Dios, o el cuerpo de Betsa, o su fortaleza mental un poco golpeada, o aquello en lo que cada uno quiera creer la hizo responder, por primera vez en mucho tiempo, positivamente. Sin embargo, a esa mejora física le siguió la profundización de esa depresión y durante seis meses no quería salir de casa: tenía miedo a todo. Y tampoco tenía ganas. Para entonces, Betsabé ya sabía lo que le estaba pasando, porque a los 17, después de que empezara a descollar en el salto en alto con tan solo 16 años y grandes resultados, sufrió el primer gran bajón producto de una lesión lumbar. Esa fue la primera vez que el mundo se le desmoronó cuando todos sus planes estaban puestos en el atletismo, y también fue la primera vez que se sintió “descartada”. Los tres años de oscuridad, con una internación mediante (aunque breve) en un centro de salud mental para que le dieran un tratamiento, la golpearon fuerte. Lejos de las pistas se puso a estudiar Educación Física, con los apuntes en la mano y la mente en cualquier otro lado. Abandonada físicamente. Un día, mientras estaba tirada comiendo bizcochitos y fumando, malos hábitos que había hecho propios, empezaron a escribirle para contarle que el periodista Gonzalo Bonadeo estaba haciendo una transmisión de atletismo y había nombrado a Crespo, su ciudad, y mencionado a “Betsabé Paéz”. Se miró y se dio vergüenza. Pero sintió el clic: “Me pregunté qué carajo estaba haciendo así. Me había olvidado de toda esa historia. Lo que él dijo me hizo recordar que había hecho algo bueno en el deporte y que servía. Recordé mi identidad estando perdida, fuera de foco”, dice. El movimiento la sacó de ese lugar y se propuso volver a entrenar. Pero le hicieron saber que estaba “mal”, que no podía. Literalmente que “ya no servía”. Tozuda y convencida, se fue sola a la pista todos los días a entrenar después de mucho tiempo. Y en uno de sus primeros saltos, aún muy fuera de estado, hizo marca para los Suramericanos de 2014, aunque no la llevaron por estar “fuera de sistema”. No agachó la cabeza y siguió, hasta que llegó lo que llegó, con la rotura de ligamentos. View this post on Instagram Nacida para saltarCuando habla de ese momento que decantó en la lesión y en toda la pesadilla inimaginable, Betsa dice que no se arrepiente, pero que es un aprendizaje. Que por su amor al deporte, lo hubiera hecho de cualquier manera, como suele pasar con los deportistas argentinos “que alguna vez compiten lesionados, infiltrados, no conozco a nadie que no lo haya hecho”. Aunque ahora el
Fuente: La Nación Deportes