El falso Rockefeller: conquistó a la alta sociedad estadounidense, hasta que secuestró a su hija y lo vincularon con un asesinato

Clark había sido, hasta el momento, un buen padre. Nacido y criado en una familia de renombre, plata y poder, tenía todo para ofrecerle a su hija, al menos en lo material. Pero ahora debían encontrarse en compañía de un trabajador social: acababa de divorciarse de Sandra Boss, madre de la niña de siete años, que se había quedado con la tenencia de la menor, a quien llamaban Snooks.Clark tenía derecho a solo tres visitas al año, todas supervisadas. Sandra, además, planeaba mudarse pronto con ella a Londres. Y él no iba a quedarse de brazos cruzados: un domingo de 2008, durante uno de esos encuentros, distrajo a la supervisora señalando un edificio y, cuando ella giró, la empujó al suelo, alzó a Snooks y la metió en una camioneta negra que frenó cerca de ellos. El conductor aceleró.Las fuerzas de seguridad se pusieron en alerta. Buscaban a la menor, rubia, de ojos celestes, y a su padre, Clark Rockefeller. La pesquisa duró casi seis días: era imposible rastrearlo e igual de imposible encontrarlo. Hasta que dieron con el problema: el hombre al que buscaban no existía. Clark Rockefeller jamás había existido.“Quería vivir en un país grande y quizá hacerse famoso”Sobre sus primeros años se podrían contar varias versiones. En una, el padre de Clark había sido un aristócrata vinculado a Mercedes Benz. Después hubo giros, vueltas, reinvenciones: en otra, sus padres habían muerto en un accidente de auto cuando él tenía 16, justo antes de ingresar a Harvard. Su madre, según dijo, era Ann Carter, una niña actriz activa entre 1941 y 1952. Decía recordar poco, casi nada, de su infancia, apenas una niñera escocesa, un viaje al monte Rushmore.La versión real saldría a la luz a sus 47 años: Clark era, en verdad, Christian Karl Gerhartsreiter, nacido y criado en Bergen, un pueblo turístico al pie de los Alpes bávaros, cerca de la frontera con Austria. De familia humilde (padre pintor de casas y artista amateur, madre costurera), tenía un hermano menor, Alexander, que habló con el Boston Globe: “Creo que Alemania era demasiado pequeña para él. Quería vivir en un país grande y quizá hacerse famoso. Ahora que veo todo esto, es realmente famoso”.“Lo echamos a la calle”En 1978, a los 17 años, decidió abandonar Alemania en busca de fama y fortuna. En un viaje en tren conoció a una familia estadounidense, los Meriden, que lo invitaron a visitarlos. Les hizo caso: un día se presentó en su casa sin avisar, se quedó un tiempo y después puso un anuncio para buscar otro alojamiento. Así dio con los Savio, que lo recibieron creyendo que era un estudiante de intercambio. Por entonces se hacía llamar Christopher Gerharts Reiter y practicaba sin parar su inglés, decidido a volverse, de a poco, un local.Dormía en el sillón de los Savio y había entrado en confianza: esperaba el desayuno servido y la ropa lavada. Lo soportaron hasta que, una tarde, se negó a levantarse a abrirle la puerta a la hija menor de los dueños de casa. “Lo echamos a la calle”, contó Edward Savio.Se mudó y entró a la Universidad de Wisconsin. Mantenía el contacto con aquella familia, los llamaba. Un día les contó que estaba estudiando cine, y que quería votar a Reagan en 1980. “¡Pero si no sos ciudadano estadounidense!”, le respondieron. Para él no era un problema, tenía planes: iba a casarse y obtendría la residenca. Lo hizo y se divorció al poco tiempo. Había conseguido lo que quería. Para entonces ya dominaba el idioma y pasaba por un estadounidense más. Se empezó a presentar como Christopher Chichester, se mudó a Los Ángeles.Un pueblo rendido a sus piesEn esa ciudad, las interpretaciones, los personajes de su vida, se sucedieron. Se asentó en San Marino, una de las ciudades más caras del país, asistía a los clubes de la alta sociedad, a las iglesias y las bibliotecas. Escoltaba a viudas herederas y disfrutaba de sus mansiones. Decía ser descendiente directo de Lord Mountbatten, último virrey de la India. Un peluquero del lugar, Jann Eldnor, contó a Vanity Fair: “Decía que pertenecía a la realeza de Inglaterra. Aunque solo tenía veintitantos años, actuaba como si tuviera 40. Cada vez que conocía a una dama, le tomaba la mano y se la besaba”. A otros les decía que era descendiente de Sir Francis Chichester, el navegante que dio la vuelta al mundo en el velero Gipsy Moth. Una vecina le dijo a aquella revista: “Un día me trajo un diario de una comunidad vecina, no de San Marino. El titular trataba por completo sobre Sir Francis Chichester, e incluía una foto de él y del Gipsy Moth, y la nota mencionaba que el joven Christopher Chichester, increíblemente, ¡estaba viviendo en nuestra zona!”. Muchos, demasiados, le creían esas“credenciales”.Se hizo socio del Club Rotary, la élite del pueblo lo aceptó entre ellos, habían caído rendidos a sus pies. Le dieron un programa de televisión en un canal de acceso público, con poco rating, pero mediante el cual lograba entrevistar a “los personajes más ilustres de San Marino”. Su fama, efectivamente, crecía.El personaje más grandiosoDespués se mudó con Ruth Sohus, una mujer adinerada que vivía sola en una gran propiedad. Chichester no pagaba nada: se había ganado su confianza haciéndole compañía y mandados. Controlaba la propiedad y sus asuntos personales.Pero un día de 1983 se mudaron el hijo de Ruth, John, y su esposa Linda, lo que dificultó ese control sobre la anciana y sus pertenencias. Entonces elaboró y llevó a cabo un plan: en febrero de 1985, John y Linda anunciaron a sus conocidos que les habían ofrecido un trabajo en un programa gubernamental de satélites en Nueva York. Ruth creía que había sido gracias a su inquilino, una persona influyente.Se fueron y pasaron meses sin comunicarse. Fue entonces que la hermana de Linda llamó preocupada, pero Ruth la tranquilizó: le dijo que la pareja se encontraba en una “misión secreta” y que no podía revelar más detalles para no arriesgar sus empleos. Sabía poco, las noticias que había recibido en abril a través de un par de postales con sello de Francia. Pero después dejaron de llegar cartas, y, a la vez, Chichester se esfumó. Ahora sí, Ruth se preocupó. Fue a la policía y reportó la desaparición de su hijo y su nuera, y señaló a “Christopher Chichester” como el único que sabía cómo contactarlos.En 1994, cuando los nuevos dueños de la casa quisieron construir una pileta. Con las excavaciones aparecieron los huesos, una camisa y un par de jeans. Así vestía John. Linda nunca apareció. Fue entonces que las autoridades descubrieron que Chichester era Gerhartsreiter, pero ya no lo pudieron encontrar: había robado la camioneta de la pareja y se había ido a Connecticut.Ahora se llamaba Christopher Crowe, era productor de cine con créditos en remakes de Hitchcock. La mentira le funcionó un rato: realmente aparecía ese nombre al final de las películas. Intentó vender la camioneta, mientras la policía lo seguía de cerca. De hecho, la encontraron. Cuando le mostraron la foto al comprador, lo reconoció. Entonces pudieron rastrearlo otra vez: se había ido a Nueva York.Entró, con el mismo nombre de Crowe, en una importante compañía, pero tuvo que escapar de nuevo cuando alguien verificó su número de seguro social y los datos arrojaron otro nombre: el de David Berkowitz, un asesino serial conocido como “el hijo de Sam”. Desapareció. Qué hizo entre ese momento y el siguiente, no se sabe, pero reapareció más tarde interpretando el que sería su personaje más icónico y grandioso: Clark Rockefeller.Encantador, ocurrente y refinadoPara 1992 vivía en Manhattan y no le costó colarse en las altas esferas: “Daba a entender que pertenecía a la rama de Percy Rockefeller dentro del clan: no ultra rico como John D., pero sí podridísimo en plata”, recordó un amigo. Andaba con una radio que, explicaba, lo conectaba con una central de seguridad, usaba la excusa de la seguridad para no responder preguntas sobre su pasado. Decía que trabajaba en “resolver la deuda del Tercer Mundo” y colgaba en su casa cuadros de Pollock, Mondrian y Rothko que aseguraba haber heredado de su tía abuela Blanchette, benefactora del MoMA.En la iglesia de San Tomás conoció a Sandra Boss, egresada de Stanford con maestría en Harvard, en una fiesta temática que él mismo organizó. Ella quedó fascinada, sus amigos contaron que les hablaba de él: “Conocía las obras de los oscuros novelistas del siglo XX que a ella le encantaban y hablaba varios idiomas con fluidez [...]. Era encantador, ocurrente y refinado, y en su momento había sido rico, antes de que la fortuna de su difunto padre quedara en la nada por un juicio”. Se casaron con una ceremonia cuáquera, sin licencia ni certificado real, solo con la familia de ella presente: él justificó la ausencia de otros Rockefeller con imprevistos de último momento. Ahí dio, además, la versión de sus padres muertos cuando él era joven. Sandra creía que iba a mandar los documentos al juzgado, pero claro, no podía hacerlo, no podía tener ningún papel legal.Mientras tanto, su círculo neoyorquino crecía, entusiasmado con acercarse a un Rockefeller. Nadie sabía, ni su propia esposa, que no aportaba plata al patrimonio familiar: todo era gracias al trabajo de Sandra. Un día del año 2000, tras un incidente con la policía en Central Park, que había recibido una queja de una vecina y lo fue a buscar a su departamento, propuso: “Nos mudamos a New Hampshire”. Su esposa estaba embarazada.“No pudieron decirme con quién estaba casada”Allá se presentaba como científico, dueño de Jet Propulsion, una compañía de motores a reacción. El 23 de mayo de 2001 nació Reigh Storrow Mills Rockefeller, Snooks, aunque él insistía en que usara el apellido Boss “para evitar una discriminación a la inversa”. “La única cosa real en su vida era su hija y el amor que sentía por ella. Todo lo demás fue una farsa”, declaró después un jefe policial de Boston.Sandra, mientras tanto, veía a su esposo cada vez más reservado y demandante: manejaba las finanzas, instalaba varias líneas telefónicas, insistía en mudanzas frecuentes y discrepaba con el

Fuente: La Nación