Valiosos consejos de Romay a Rottemberg

“Pasen y Lean” es un libro que acaba de publicar el “teatrista” Carlos Rottemberg. Muy jugoso, al menos para mí, convencido de que la realidad se entiende mejor cuando se la personaliza, en términos de los procesos decisorios, y para esto los testimonios son indispensables.Alejandro Romay, al entonces joven Rottemberg, le dio 4 consejos: 1) sé dueño de más de un teatro; 2) no produzcas directamente; 3) no participes con menos del 30% de la taquilla por tu aporte; y 4) no bajes nunca a los camarines. Esto último también lo aconseja Rodolfo D’Onofrio, expresidente de River Plate, quien nunca se metía en los vestuarios.El primer consejo deriva de la esencial incertidumbre que plantea cada obra de teatro y de la probable disminución de la volatilidad de los resultados conjuntos, “si no se ponen todos los huevos en una misma gallina”. Si reducir la incertidumbre fuera el único criterio decisorio, Romay le tendría que haber aconsejado a Rottemberg tener algunos teatros en la Argentina y otros en Polonia o, mejor aún, dedicar la mitad de sus energías a la producción teatral y el resto a la fabricación de ravioles. A lo cual Carlos respondería: “En el teatro hay que estar de manera presencial y producir ravioles, no sé”.Otro punto digno de destacar es que, en el análisis económico, tendemos a pensar los agregados como si solo operaran en el plano macroeconómico. Falso. Rottemberg no vende abonos, sino localidades para cada función, lo cual implica que rinde examen todos los días. Pero su experiencia indica que, más allá de la incertidumbre individual, la cantidad de entradas vendidas muestra notable estabilidad a lo largo del tiempo. Uso en clase el ejemplo del panadero, quien a las 4 de cada mañana tiene que decidir cuántas palmeritas tiene que tener listas para cuando abra el local 3 horas después, y no firmó ningún contrato con algún comprador.Teniendo listo todo para entrenar la primera obra que produjo, y no sabiendo cuánto cobrar por cada entrada, consultó a su padre, quien se dedicaba al negocio del cuero. No voy a cometer la imprudencia de reproducir lo que le respondió su progenitor, para que el lector se sorprenda encontrando en el texto una contestación y un consejo contundentes y muy sabios. Solo me queda recomendar la lectura a los emprendedores, no para que imiten a Carlos, pero quizás para evitar errores fatales.

Fuente: La Nación