Federico Brancatella, arquitecto: “La gente ya no mira solo la ubicación o los metros de un departamento, se quiere enamorar”

Durante años, buena parte de la arquitectura contemporánea pareció quedar atrapada en una carrera por el impacto visual. Fachadas llamativas, renders espectaculares y edificios concebidos para destacarse en redes sociales comenzaron a ganar protagonismo en un mercado donde la imagen parecía pesar más que la experiencia de habitar. Sin embargo, mientras la tecnología permite producir visualizaciones cada vez más perfectas y la inteligencia artificial genera proyectos en cuestión de segundos, emerge una pregunta mucho más relevante: ¿para quién estamos diseñando?La arquitectura siempre fue mucho más que una composición estética. Su verdadera función consiste en resolver la vida cotidiana de las personas. Un edificio puede convertirse en un ícono urbano, pero si quienes lo habitan encuentran circulaciones incómodas, espacios mal aprovechados o viviendas incapaces de adaptarse a sus necesidades reales, el proyecto pierde rápidamente vigencia. La buena arquitectura no comienza en la fachada; comienza mucho antes, cuando alguien decide escuchar cómo viven las personas.Las tendencias globales del mercado inmobiliario muestran con claridad este cambio de paradigma. Pedro Lyra, ingeniero civil: “El límite real de la construcción de los edificios más altos del mundo no es la física, sino la ecuación entre viabilidad económica y seguridad operativa”Después de la pandemia, conceptos como flexibilidad, bienestar, iluminación natural, eficiencia energética, espacios exteriores, áreas de trabajo dentro del hogar y ambientes multifuncionales pasaron a ocupar un lugar central en las decisiones de compra. Los compradores ya no evalúan únicamente la ubicación o los metros cuadrados; buscan viviendas que acompañen una forma de vivir mucho más dinámica y cambiante. La funcionalidad dejó de ser un atributo invisible para convertirse en uno de los principales factores de valorización.En ese contexto, proyectar un edificio implica realizar un ejercicio de empatía. Diseñar significa imaginar, casi como si se escribiera una historia, cómo será la rutina de quienes recorrerán esos espacios durante años. Una pareja joven, una familia con hijos, personas mayores o profesionales que trabajan desde sus casas tienen necesidades profundamente diferentes. Pensar la arquitectura desde esa diversidad obliga a abandonar soluciones estandarizadas para crear proyectos capaces de evolucionar junto con quienes los habitan.Ser parte de la conversaciónEse cambio también modifica el rol de los desarrolladores inmobiliarios. Ya no alcanza con ofrecer amenities tradicionales o departamentos correctamente resueltos. El mercado demanda propuestas con identidad, capaces de construir comunidad y generar sentido de pertenencia. Quien compra una vivienda no adquiere únicamente ladrillos; está definiendo cómo quiere vivir, cómo quiere relacionarse con su entorno y qué experiencias espera construir dentro de ese espacio.Paradójicamente, cuanto más homogénea se vuelve la producción visual, más importante resulta encontrar una voz propia.Hoy cualquier plataforma puede replicar estilos arquitectónicos, generar imágenes impactantes o resolver variantes formales con enorme velocidad. Pero la inspiración difícilmente nazca de repetir aquello que ya existe. Las mejores ideas suelen aparecer lejos de las pantallas: en una conversación, en la música, en el cine, en un libro, durante un viaje o incluso en actividades cotidianas que obligan a desacelerar y observar el mundo desde otra perspectiva. La creatividad sigue siendo un proceso profundamente humano.Albañiles, oficiales y ayudantes: cuánto cobran por jornada los trabajadores de la construcciónLa inteligencia artificial continuará transformando la manera de proyectar. Automatizará cálculos, optimizará tiempos y ofrecerá soluciones técnicas cada vez más sofisticadas. Probablemente, dentro de algunos años, gran parte del proceso de diseño pueda resolverse mediante herramientas que hoy apenas comenzamos a conocer. Sin embargo, existe una dimensión que difícilmente puede ser reemplazada por un algoritmo: la conversación entre el arquitecto y quien confía en él para imaginar un nuevo hogar.Escuchar expectativas, interpretar miedos, comprender hábitos y traducir emociones en decisiones espaciales continúa siendo un ejercicio exclusivamente humano. Ninguna tecnología puede captar por completo aquello que una familia imagina cuando piensa en su próxima casa o en el lugar donde crecerán sus hijos. Esa capacidad de interpretar deseos y convertirlos en espacios habitables constituye el verdadero valor de la arquitectura.En definitiva, el futuro del sector probablemente no pertenezca a quienes logren producir las imágenes más espectaculares, sino a quienes sean capaces de diseñar edificios que respondan a la vida real. Porque las fachadas cambian con las modas y las herramientas evolucionan con enorme velocidad, pero las personas seguirán buscando exactamente lo mismo: lugares donde vivir mejor. Y esa seguirá siendo la misión más importante de la arquitectura.El autor es director de Arquitectura de Grupo Uno en Uno

Fuente: La Nación