Crueldad y estupidez, el sello de la “infraderecha”

“La derecha es mala. Por lo tanto, la izquierda es buena. Y la extrema izquierda, extremadamente buena. ¿Por qué conformarse con ser de izquierdas -es decir, solamente bueno- cuando puedes ser extremadamente bueno? -se pregunta con ironía el articulista español José F. Peláez, y luego aplica esa misma sorna a la otra vereda ideológica:- ¿Por qué limitarse a oponerse a Pedro Sánchez cuando lo puedes hacer desde el atalaya del superbién? ¿Por qué apostar por la sutileza de la tradición liberal-conservadora (los asquerosos ‘moderaditos’) cuando puedes hacerlo desde la radicalidad antisistema?” Peláez es un joven y brillante columnista del diario ABC de Madrid y ridiculiza aquí la “sofisticación intelectual española”, y a continuación hunde aún más el bisturí: “La extrema derecha no es derecha. No asume la cosmovisión de la derecha ni la supera. Ni siquiera llega. En realidad, es una infraderecha”. El neologismo resulta ingenioso y da que pensar. “No se puede construir desde un negativo -nos recuerda-. Y cuando surge alguien que lo tiene claro y critica con igual intensidad los tics iliberales de unos y de otros, lo llaman equidistante. La solución parece ser criticar solo a unos y dejar de defender unas ideas para pasar a defender unas siglas, es decir, dejar de ser periodistas para convertirnos en activistas... Ya verás cuando se enteren de esto los vomitadores de tibios”.Peláez exhibe la dinámica cada vez más rudimentaria y emocional que domina la política en Occidente, ataca el doble rasero y la mala fe, y defiende la libertad espiritual y profesional de no traicionarse a sí mismo y de pensar por fuera de la grieta. Su comentario sintoniza con un reciente informe del diario The New York Times: varios estudios demuestran que la polarización extrema no solo corroe la inteligencia popular, sino que también carcome la moral pública. Un escándalo de corrupción -digamos un Watergate- ya no tiene las sanas consecuencias de antaño: “Los medios afines suelen ignorar las faltas de su propio sector, mientras que los del bando opuesto pueden exagerar incidentes menores o incluso difundir acusaciones sin fundamento -señala el periódico más prestigioso del mundo-. Muchos votantes se comportan como hinchas incondicionales de un club de fútbol: respaldan a su equipo independientemente de las circunstancias”. La investigadora Tamar Hermann agrega allí que “cuando una sociedad está profundamente dividida, los electores tienden a perdonar las faltas de determinados dirigentes para preservar la supremacía política de su propio bloque. Aunque puedan sentirse molestos por un escándalo, consideran más importante evitar que el poder quede en manos de un adversario”. Un aviso para los que se autoperciben republicanos de alma: a mayor polarización, más impunidad y menos democracia. Que ciertas izquierdas latinoamericanas hayan pretendido acabar con la “democracia burguesa” y reemplazarla por una hegemónica, es escalofriante pero bastante previsible. Que en nombre del liberalismo se apliquen políticas iliberales y se pretenda diluir la democracia liberal resulta, sin embargo, una novedad triste y paradójica. Esta infraderecha cuenta con que cualquier aberración, mentira o fallo que cometa será ignorado o indultado por su feligresía ampliada ante la simple amenaza de que el equipo contrario -el enemigo- pueda ganar eventualmente las elecciones. La ceguera política voluntaria está de moda. Falta un año entero -una eternidad en la Argentina- para esas remotas votaciones, pero ya hay gente dispuesta a suspender anticipadamente su ética y cancelar su espíritu crítico hasta entonces, y después de ganar el sufragio, seguir renovando esa negación celestial para no ser funcionales de nuevo al diablo. Que siempre acecha. La propuesta de largo plazo es, por lo tanto, fingir demencia, ya no como táctica coyuntural sino como estilo de vida. Es así como para esta grey tan particular la lluvia de trastadas de la infraderecha argenta no moja, y eso que ya no es un simple chubasco sino una verdadera tormenta.Para esta grey tan particular la lluvia de trastadas de la infraderecha argenta no moja, y eso que ya no es un simple chubasco sino una verdadera tormentaEsta semana, para no ir muy lejos, los fingidores seriales guardaron silencio cómplice o atacaron a quienes revelaban lo obvio: el gobierno de Javier Milei intentó colar en el presupuesto nacional un nuevo ajuste en las áreas de la discapacidad, y también en los planes sociales para los más pobres: bajo el poncho escondían un cuchillo afilado para eliminar las actualizaciones por inflación de la AUH y las asignaciones familiares. La crueldad es cobardía, decía Seneca, pero la estupidez es un enemigo del bien más peligroso incluso que la maldad, pensaba el filósofo alemán Dietrich Bonhoeffer. Crueldad y estupidez en dosis equivalentes irradió la infraderecha con este despliegue y quedó en falsa escuadra, y se generó un disgusto con sus propios aliados. Cómo se hacen querer estos muchachos. No necesitan críticos, ellos mismos han decidido confirmar los peores prejuicios y mostrarse como torpes y desalmados: reman día y noche para hundirse. Traicionar una y otra vez a las personas con discapacidad, e intentar recortarles fondos a los más vulnerables en este país de economía estancada es violar otra “causa sagrada” para los argentinos. Una causa donde hay tanta unanimidad como en la soberanía de las Malvinas. Aprovechando esta última bandera, disfrazados de súbitos nacionalistas y patrullando a los “agentes ingleses” (como le gusta decir ahora a Santiago Caputo acerca de cualquier insumiso de las redes sociales), los libertarios también pretendieron filtrar un artículo taimado en un proyecto de ley que establece prisión por “campañas de desinformación”, herramienta de tan amplia interpretación que permitiría la persecución política y amenazaría de hecho a la libertad de expresión. Dicen los abogados que sus deliberadas ambigüedades y su propósito de fondo están inspirados en Orbán y Erdogán, entre otros autócratas que admiran en Balcarce 50. Está claro que buscan desde hace meses cómo disciplinar al periodismo y a los disidentes, y que está pendiente la sugerencia que Marco Rubio les hizo en Washington: el Departamento de Estado reunió en julio a representantes de setenta países para coordinar acciones de Inteligencia y combatir el “terrorismo rojo” -hoy todos somos comunistas-, como dicen algunos miembros de la simpática liga de los populistas de derecha. La administración Trump parece impulsar una nueva doctrina de la seguridad nacional, y meter a cualquier objetor en la misma bolsa: macartismo de nuevo cuño, operado por “patriotas” que juegan con fuego. Estos mismos puristas -recordemos- fueron los que este año dieron un golpe de mano en Venezuela y arrestaron a Nicolás Maduro, pero no para instaurar la democracia sino para perpetuar ese régimen a cambio de ganancias infames. Sergio Ramírez lo recordó estos días replicando una broma macabra que hacen los pobres venezolanos en el exilio: “Era llevarse a los chavistas y dejarnos el petróleo, no llevarse el petróleo y dejarnos a los chavistas”. Esa es la catadura moral y política del padrino de Javier Milei, algo que no parece espantar los “vomitadores de tibios” en tanto y en cuanto preste salvatajes y nos salve una vez más del averno. Los kirchneristas, como quedó demostrado esta semana, no son capaces ni de balbucear la menor autocrítica; sus antagonistas tampoco. Ambos pueden declarar, a lo sumo, que la fórmula mágica no funciona porque precisa más determinación y tiempo, pero están más lejos de una revisión honesta que de un ensañamiento terapéutico. Aquí nadie aprende del pasado, ni revisa sus dogmas. La lucidez es una flor que no crece en las trincheras.

Fuente: La Nación