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A 100 km de CABA: el pueblo pintoresco que se afianza como polo gastronómico
En la que fuera la Fonda de Sforzini de 1903, frente a la estación abandonada, se cuelan los rayos de sol por la puerta-ventana de una de las flamantes habitaciones de La Piamonte, mezcla de arquitectura antigua con confort moderno, diseñadas por el arquitecto José María Yanes, uno de los artífices de la reconversión del pueblo de Azcuénaga en un polo gastronómico rural hace más de veinte años.Se escuchan las cotorras, los búhos y los churrinches, algún ladrido de perro y casi nada más. Es viernes por la noche y el pueblo, a 100 km al noroeste de Buenos Aires, aún no despertó al turismo que llega los fines de semana en sus motos y autos a almorzar en uno de los 10 restaurantes de una oferta que crece. Hay niños jugando en la calle aunque sea de noche y se desperezan los herrajes de las viejas casonas centenarias de un patrimonio cultural que aún resiste. Para dormir también se puede optar por la preciosa hostería La Magnolia en una vieja casona rural, las modernas cabañitas de Rancho Aparte con todo el confort y pileta que pronto será climatizada y la casa El Nido, entre otras opciones un poco más alejadas como Los Vagones de Areco.Personajes que hacen de este paraje de 350 habitantes el sitio de peregrinación de viajeros en busca del descanso tradicional y la tranquilidad perdida, esa que se percibe en el entusiasmo del arquitecto Yanes y sus hijos. La misma que se reconoce en la sonrisa de Cachín en el Club Recreativo Apolo, el rey de las bochas; la nueva cancha lleva su verdadero nombre, Alberto Iribarne, en honor a todo el trabajo que hizo para que el sueño se hiciera realidad. El club tiene el único buffet abierto en la semana a cargo de Marcelo Santander y Marcela Ronco para comer ravioles caseros o milanesas gigantes. La serenidad que se siente en la alegría de Analía Capecci y sus hijos cocineros Federico y Juan Manuel Gómez, en el restaurante La Porteña con sus pastas famosas -y deliciosas-, o su ossobuco con risotto de calabaza. O en la energía que despliega Lucas Coarasa de Almacén C&T con su parrilla y sus picadas sublimes y sus salones repletos de recuerdos del antiguo esplendor del que fuera un pueblo ferroviario de tren diario en la antigua Casa Terren, abierta por Rafael Coarasa en 1912 y luego recuperada por la familia. Se refleja la tranquilidad en la trattoria italiana Cucina de Santo, de Salvatore Di Santo. Los platos de pastas como los orecchiette inefables o de mariscos que hacen junto con su mujer Ángeles son como en Nápoles.Robertino Yacoy y su mamá, la docente jubilada Graciela Deminicis, cumplieron el sueño del restaurante propio de parrilla y pasta libre de excelente calidad. Prueben los ñoquis de batata rellenos de mozzarella, las empanadas, los sorrentinos y el postre de Grace, con tortas fritas para el mate. Ellos abrieron Lo de Grace hace un año y medio en una cálida edificación en el medio del campo que, como en todos los lugares, precisa de reserva previa para no volver desilusionado por quedarse sin comer estos manjares. Especialmente los domingos.Calles que mueren en el campoPor las mañanas se puede caminar y a las pocas manzanas asoma el campo y su horizonte interminable: los caminos rurales, por los que se internan bicicletas y motos, deparan barro o sequía, depende del clima, vizcachas, liebres, lechuzas que levantan vuelo y desarman conjuros en los cielos luminosos de la pampa. Otra vez el entramado de la luz es otro; se cuela y se disuelve entre las hojas y el aire con olor a leña prendida y a pan que sale de la panadería La Moderna de Laura González y sus hijas, fundada en 1917. Junto con Leandro Roldán, que todos conocen como Cotón, el leñero que también vende huevos (acá todos tienen sobrenombre), comienzan la producción de galleta de campo a las 3.30 de la mañana, para que ingrese más tarde, ya levada en el antiguo y precioso horno a leña. La misma galleta que tiene su fiesta cada año (fue el domingo 13 de septiembre), que ellos hacen con un molde como de torta y que “hay que saber hacer, no tiene mucha ciencia, pero sí mucho amor, grasa, harina y aceite”, cuenta la panadera. Se invita a otras panaderías de horno a leña de los vecinos Cucullu, Solís, Villa Ruiz, San Andrés de Giles a competir por la mejor galleta y la algarabía es general.El restaurante galo Le Four se mudó hace un año, pero la cocinera Vanesa Plaza mantiene el estilo francés que aprendió del chef Sébastien Fouillade, y ofrece platos como el delicioso cordero con ciruelas. Mantiene el magret de pato y la sopa de cebolla, ahora que todavía hace frío. Café y tortasDonde estaba antes Le Four, en los salones contiguos a las nuevas habitaciones de La Piamonte, desde este domingo abre una propuesta de café y tortas y cosas ricas que faltaba en Azcuénaga. No había dónde tomar el té. A pesar de que Analía Capecci cuenta que el restaurante La Porteña nació como casa de té. Historias de pago chico: la de su bisabuelo, Santín Capecci, que llegó como constructor de la bella capilla Nuestra Señora del Rosario en 1902, inaugurada en 1907, que limpia y cuida Ramona Lescano desde hace 20 años. O la del abuelo de Analía, Eduardo Capecci, el sastre del pueblo, a cuya sastrería los baqueanos llegaban a caballo a cambiarse para ir al club. O la de Raúl Ferraroti y su mujer, Norma Vettorazzo, alias el Chueco, que llegaba a la Escuela N°4 -primaria y secundaria-, a caballo desde la estancia Los Mimbres de Santo Domingo, donde su mamá cocinaba. Hoy sus dulces combinan frutas con frutos secos, semillas y girasol. Ramona abre la iglesia los fines de semana y cuenta que hace un tiempo un artista de Giles donó los cuadros del Vía Crucis “porque cuando les enseñaba a los chicos catequesis y les decía que ahí estaba Jesús, ellos no lo veían; ahora, en cambio, lo ven”. Otros lugares para comer son La Posta y el flamante Silvestre, “pero tenemos que cuidarnos de convertirnos en un lugar de turismo gastronómico descontrolado como sucedió en otros pueblos rurales de la zona. Hay que regular la oferta, los residuos y cuidar las normas de urbanismo para conservar el patrimonio arquitectónico, los tiempos y el alma de nuestro pueblo”, concluye el arquitecto José María Yanes, que junto con sus hijos Federico y Maxi reciben a los viajeros en La Piamonte, como en 1903.Otra vez, oscurece en el corazón de Azcuénaga. Los viajeros se van, vuelve el sosiego, el cotilleo de las vecinas del pueblo y los sapos y los grillos vuelven a alzar su canto reparador.
Fuente: La Nación