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La herida familiar que C Tangana convirtió en documental sobre un prodigioso instrumentista
Antón Álvarez Alfaro está sentado en el Café Gijón, uno de los más típicos de Madrid, abierto desde el Siglo XIX enel coqueto barrio de Salamanca. Mientras toma un café con unas porras -un pieza de masa frita que es pariente cercana del churro, pero más gruesa, larga y esponjosa- explica brevemente, con claridad y convicción, por qué la historia que está por empezar merece ser contada. Así empieza La guitarra flamenca de Yerai Cortés, película española de 2024 que llegó recientemente a la Argentina de manos de Mubi.Álvarez es el director del documental y es más conocido como C. Tangana, el seudónimo con el que ha desarrollado una exitosa carrera musical en los últimos 15 años. En esa ligera introducción recuerda la noche en la que conoció a Yerai Cortés. Lo vio tocar en una fiesta organizada por el productor Javier Limón (quien trabajó con Joan Manuel Serrat, Andrés Calamaro y Paco de Lucía, entre otras grandes figuras) y quedó fascinado por una particularidad que excedía su virtuosismo con la guitarra: “Los gitanos lo trataban de gitano y los modernos de moderno”, explica. Aquella misma noche, una hilera de luces atravesó el cielo madrileño: los satélites Starlink que envió al espacio Elon Musk. Las imágenes de esa constelación artificial terminaron enmarcando una película que podría haber sido una biografía al uso, pero es otra cosa. A lo largo de poco más de hora y media, la primera película dirigida por Álvarez (o C. Tangana, de aquí en más lo nombraremos de ambas maneras) se transforma en una doble investigación. Por un lado está Yerai Cortés intentando entender una pena familiar que lo acompaña desde niño y exorcizándola a través de la música. Por el otro, C. Tangana probándose como cineasta, tanteando las posibilidades del documental y buscando una forma de capturar el instante en que una conversación profunda se empieza a convertir en confesión o una reunión familiar deja de ser un capítulo más de la vida cotidiana y gana el peso de una escena. De esa combinación de vectores procede buena parte de la fuerza de la película. También algunas de sus contradicciones. Porque aunque reivindique lo imperfecto, lo accidental y lo espontáneo, está cuidadosamente construida para hurgar y encontrar verdad en sus personajes. Y no duda en propiciar situaciones para llegar a ese objetivo, incluso acercándose por momentos al exhibicionismo. “Son pequeños trucos para intentar que se produzca un momento de verdad –ha explicado el director-. Siempre con la condición de que lo que pase frente a la cámara sea un trozo de vida en directo. Condicionado por ti como interlocutor, pero un trozo de vida al fin”. Del escenario al cine La guitarra flamenca de Yerai Cortés no debería ser una sorpresa en el marco de la carrera de C. Tangana. El madrileño ya había sido mucho más que un disco: sus canciones, videos, fotografías, conciertos y estrategias promocionales le dieron forma a un universo visual en el que conviven la cultura popular española, la tradición musical, el cine, la publicidad y una sofisticada conciencia de la construcción de la imagen. Esta ambición desmedida, el documental sobre la preparación y la gira de aquel proyecto (que no se encuentra disponible en streaming en el país por el momento, aunque pudo verse en una función especial en el Teatro Gran Rex), dio cuenta de esa toda esa operación, sintetizada en un título por demás elocuente. Ahora simplemente se ha desplazado del centro de la escena. Su presencia continúa siendo perceptible –lo vemos, escuchamos sus preguntas y sabemos que organiza el relato-, pero ya no es el protagonista. Ese rol lo ocupa esta vez Yerai Cortés, notable músico nacido en Alicante en 1995, que tampoco era exactamente un desconocido cuando empezó esta aventura. Había trabajado en varios tablaos madrileños y su nombre ganó especial consideración cuando Rocío Molina lo incorporó, en 2020, a su espectáculo de danza flamenca Al fondo riela y posteriormente a Vuelta a uno. Los aficionados al flamenco valoraron mucho la espontaneidad, el dominio del compás y la forma muy personal de tocar de Yerai. Álvarez detectó muy pronto que aquel artista se movía con la soltura de un músico experimentado cuando todavía no había cumplido los 30 años. Yerai pertenece al flamenco sin convertirse en guardián de una ortodoxia, y puede relacionarse con músicos contemporáneos sin disfrazar de modernidad aquello que tocaYerai pertenece a la comunidad gitana, como buena parte de los guardianes de la tradición flamenca, pero para Tangana la cuestión central pasó a ser otra: contar de primera mano un cambio generacional que afecta a la identidad, la familia y la manera de relacionarse con aquello que se hereda. De eso se trata la película. El propio Cortés lo expresó de una manera todavía más simple: “Todo el rato intento ser camaleónico”, dijo. “Creo que todos buscamos ser aceptados, y eso no solo ocurre entre gitanos y payos [el término que los gitanos usan para hablar de la gente que no pertenece a su comunidad]”. La película pone el foco en esa condición mutante. Yerai pertenece al flamenco sin convertirse en guardián de una ortodoxia, y puede relacionarse con músicos contemporáneos sin disfrazar de modernidad aquello que toca. Esa posición fronteriza explica la fascinación de Tangana, pero también define el lenguaje del documental: tradición y artificio moderno, guitarra y cine, fiesta familiar y puesta en escena. Necesidad de una película El título del film puede inducir a imaginar un documental sobre un guitarrista. Y de hecho lo es, pero lo cierto es que hay mucho más que eso. Tangana no se ocupó de explicar la técnica de Yerai ni de reconstruir cronológicamente su carrera o de escuchar a especialistas analizando sus virtudes. Cuando conoció el proyecto musical de Cortés, entendió que detrás había una muy buena historia, como cuenta en la introducción del documental. Las canciones estaban dedicadas a personas concretas: su padre, su madre, su pareja, La Tania -la cantaora con la que Yerai vive hoy en Madrid-, sus afectos y sobre todo una ausencia familiar que había dejado una marca profunda en el protagonista. El disco y la película comenzaron entonces a crecer juntos, hasta resultar difíciles de separar. Lo que filmó Tangana, podría decirse, es una especie de making of emocional que no documenta simplemente cómo se graba un álbum, sino todo aquello que debió suceder para que ese álbum exista. “Todo es un mensaje por y para mi familia”, ha apuntado Cortés. La música, como ha admitido más de una vez, siempre había funcionado para él como un trabajo terapéutico. Y la película terminó cumpliendo una función similar. Después de su estreno definiría todavía más claramente la experiencia: hacer este documental había servido para “sanar heridas y reescribir una historia que estaba mal contada”, según declaró. Conviene no develar aquí el gran secreto alrededor del cual gira la narrativa de la película. Álvarez administra la información para que el espectador reconstruya gradualmente aquello que sucedió en esa familia cargada de intensidades. Más que la revelación de ese secreto, lo importante es cómo se tejió una red de silencios que duró demasiados años. Una familia puede convivir mucho tiempo con una historia que todos conocen parcialmente y que nadie consigue contar por completo, eso se sabe. Yerai convirtió ese silencio en música. Y Tangana, en cine. Un gran drama familiarCuanto más avanza el documental, menos parece pertenecer exclusivamente a Yerai. El retrato se expande hasta convertirse en una película familiar. Y los padres de Yerai terminan siendo personajes tan importantes como él. Su padre, Miguel (también conocido como Maikel Nay), fue quien puso por primera vez una guitarra en sus manos. Es un personaje muy importante por lo que dice y por lo que calla. Cuando Álvarez intenta preguntarle por María, la madre de Yerai, prefiere no hablar: ha reconstruido su vida sentimental y teme que remover el pasado afecte a su presente. María, en cambio, sí que habla. Y mucho. Extravagante, divertida, contradictoria, frágil y feroz, es una mujer experimentada que tiene esa cualidad que ningún director puede fabricar: una presencia cinematográfica con peso propio, un magnetismo innato. Sus recuerdos permiten reconstruir progresivamente el pasado familiar y, sobre todo, evitan que la película reduzca el conflicto a una versión única. Cada miembro de la familia es dueño de su memoria, sus razones y sus omisiones. La película se volvió más poderosa cuando Álvarez entendió que no necesitaba explicar demasiado. Bastaba con dejar hablar a esas personas. Las contradicciones entre sus recuerdos producen un relato sinuoso pero mucho más interesante que una reconstrucción ordenada de los hechos. Algo parecido sucede con La Tania, cantante y pareja de Yerai desde que ambos eran muy jóvenes. Su presencia incorpora otra forma de intimidad y también otra tensión cultural: Yerai se marchó de adolescente a Madrid con una mujer paya, decisión nada sencilla dentro de su ambiente familiar. Ella no es simplemente la acompañante sentimental del protagonista. Forma parte del proceso creativo y termina interpretando “Los almendros”, la extraordinaria canción que cierra la película, premiada con uno de los dos Goya que ganó La guitarra flamenca de Yerai Cortés (el otro fue en la categoría Mejor Película Documental). Tangana dice que, pese a todo el dolor que atraviesa la historia, considera al documental “una película romántica”. Y no utiliza la palabra únicamente para hablar del amor de pareja. También se refiere al amor entre padres e hijos, al vínculo con los amigos, a la fidelidad hacia una tradición y a la obstinación de intentar reparar algo que parecía roto. “Somos unos románticos y nos encanta partirnos el pecho”, resumió con mucha sagacidad. ¿Hasta dónde puede entrar una cámara? Para alcanzar esos momentos de verdad, Álvarez necesitó sumergirse muy profundamente en una intimidad que no es únicamente la de Yerai. También pertenece
Fuente: La Nación