General
Cautiva: un convento, una fuga y un secreto imposible de callar, los puntos de partida de una serie incómoda y fascinante
Cautiva (Argentina/2026). Creación: Paula Hernández y Jazmín Stuart. Elenco: Carolina Kopelioff, Lorena Vega, Rita Cortese, Valeria Lois, Tomás Wicz, Rochi Hernández, Julieta Zylberberg, Luis Ziembrowski, Lautaro Bettoni, Evitta Luna. Disponible en: TNT y Flow. Nuestra opinión: muy buena. 4 starsLa sola mención de Cautiva como título evocador podría referir a una historia de encierro en tiempos de la colonia, donde el cautiverio parecía estar en manos de pueblos con prácticas de barbarie y abuso, mientras los colonos eran considerados los portadores de la “civilidad”, la “virtud” y el “conocimiento” en un modo de vida que terminó prevaleciendo. Inspirada en un caso real ocurrido en el convento de las Carmelitas Descalzas de Nogoyá en la provincia de Entre Ríos hace poco más de una década, esta Cautiva recoge la memoria de ese pasado, nuestro pasado, aquel que no se puede tallar en piedra, ni pintar de blancos y negros, ni nombrar con buenos y malos. El término “cautiva” encuentra hoy una reverberación ambigua y en constante reelaboración. Por ello esta Cautiva es también una historia de cautiverio y de disputas entre la pretendida civilidad y la estigmatizada barbarie, pero en un territorio donde fe y familia encuentran sus propias posiciones en disputa. Es también la historia de Clara (Carolina Kopelioff), una joven a quien conocemos en su escapatoria, agitada y herida, en la llegada exhausta a la casa de su madre. Recibida por Estela (Valeria Lois) con cierto desconcierto, la estancia de esa hija que parece haber huido del convento de clausura que había escogido como hogar representa un nuevo camino de descubrimiento. Ya no de la vocación religiosa sino de la verdad oculta tras los muros del convento. Catorce años antes reencontramos a Clara en las vísperas del ingreso al noviciado. El clima hogareño no es calmo. Se desliza una tensión con su padrastro en la despedida de su vida civil, teñida de regalos incómodos y celebraciones irónicas. Su hermano Nico (Tomás Wicz) la filma con insistencia, a sabiendas de que ese registro puede ser el último que se le permite atesorar. Y el camino a la vieja construcción en el campo, de aspecto austero y monacal, encuentra destellos de melancolía: la despedida del padre, la confirmación del inicio de una nueva vida.La historia de Cautiva, creada y dirigida por Paula Hernández y Jazmín Stuart, camina en dos tiempos: ese pasado que descubre el mundo del convento, sus rituales, su rígida disciplina; y el presente, signado por la huida de Clara y su desconcierto, la urgencia por revelar lo que permanece oculto incluso para ella misma. En ambos tiempos los mundos se dibujan a partir de sus integrantes, y el principal interés de la miniserie consiste en esas rimas posibles entre el adentro y el afuera. Afuera queda esa madre esquiva y negadora, atada a sus propios sacrificios y mandatos, una familia evanescente frente a una elección que parece dominante y totalizadora.Puertas adentro del convento Clara se convierte en María Teresa de la Eucaristía, y con esa nueva identidad asoman atributos de entrega y sacrificio, la renuncia a la vanidad de los espejos, al apego a fotografías familiares, incluso la risa y el llanto por asuntos humanos. Allí está la primera Madre Superiora, construida con equilibrio por Rita Cortese, cálida aún en su distancia; y otra novicia y compinche, Lucrecia del Calvario, cuyo nombre parece anunciar su destino. Pero el personaje que asoma con poder y sinuosa presencia es la Hermana Cecilia, convaleciente en su primera aparición luego de una enfermedad que parece haberla puesto a prueba, casi al borde de la agonía. Con el correr de los días Cecilia se consolida en su poder, se hace cada vez más dominante en cuerpo y voz, absorbente desde la periferia del encuadre hasta su centro, voraz en toda expresión. Lorena Vega consigue dar fuerza y convicción a Cecilia sin convertirla en una caricatura de villanía, que podía haber sido una tentación. Y la disputa que ofrece no es solo por el dominio de la voluntad de las díscolas, sino por la custodia de un mundo atávico, concentrado en la práctica de esa certeza de que todo puede permanecer inalterable. Hernández, en sintonía con sus coguionistas Leonel D’Agostino y Pablo Lago, evoca esa ritualidad opresiva en el interior del convento como forma de aislamiento que, al mismo tiempo que ofrece contención y seguridad, ejerce control y dominio. Ese sentir estaba presente en las estructuras familiares de películas como Los sonámbulos, algo que Cautiva evoca en combinación con cierto sentido del extrañamiento y la alteridad que parece aportar Stuart en su mirada. Una vida, la de Clara, que se escinde en sus identidades, en los espacios en tensión entre el deseo y el deber, que se modela en el abuso y la opresión, y se libera en el intento de acceder a la voz propia y la liberación que asoma con la verdad. Mundos sagrados y domésticos, mandatos que circulan desde el interior de esas estructuras dentro y fuera del tiempo, del cuerpo, de la voz de una mujer que rompe el silencio.
Fuente: La Nación