Jamiroquai en la Argentina: carisma, sofisticación y elegancia en una noche a puro baile

“Gracias por esperarnos después de tanto tiempo”, expresa Jay Kay casi al final de la velada. Y vaya si fue extensa la demora. Transcurrieron nueve años desde la última visita de Jamiroquai a la Argentina y casi diez desde la salida de Automaton, su más reciente registro discográfico. A partir de ese momento, su líder y fundador decidió abrir un paréntesis en su carrera con el objeto de tomarse un merecido descanso, pero fundamentalmente buscando priorizar la vida en familia y disfrutar del crecimiento de sus dos pequeñas hijas. Tras el período de pandemia que afectó al mundo entero y con las energías renovadas al cien por ciento, el artista británico de 56 años retomó su actividad emprendiendo una nueva gira mundial que, como parte de su tramo latinoamericano, recaló anoche en Buenos Aires. Show de JamiroquaiDe todos modos, y considerando la prolongada pausa antes mencionada, el espectáculo brindado en el Hipódromo de San Isidro no resultó ser un mero viaje al pasado a bordo de sus grandes clásicos. Sino que, muy por el contrario, comprendió varias aristas: desde la celebración de los 30 años de Travelling without Moving, su consagratorio tercer álbum de 1996 que incluía el hit “Virtual Insanity”, hasta el adelanto de parte del material que dará vida a su próximo trabajo de estudio previsto para 2027. Así, entre estrenos y recuerdos, Jamiroquai fue desarrollando un concierto por demás atractivo y muy disfrutable, que desplegó en escena una formación de diez integrantes directamente abocados a una receta ya conocida, aunque no por ello menos seductora: la del acid jazz, el funk, el soul, la música disco y ciertos toques de electrónica. Apelando a esas herramientas y acompañada por un acertado juego de luces e impactantes visuales como telón de fondo, en muy pocos minutos la numerosa agrupación transformó el espacio en una gigantesca pista de baile a cielo abierto de la mano del groove característico que destilan “(Don’t) give hate a chance”, “Little L” y “Seven days in sunny june”. Jamiroquai en la Argentina Si bien la banda desgranó una lista acotada de apenas 13 temas que, a priori, podría resultar un tanto insuficiente, lo cierto es que en el balance general dicha situación no repercutió para nada en la duración del show que alcanzó las dos horas exactas. Y eso fue así porque, en lugar de caer en el cliché de apegarse firmemente al libreto de reproducir las canciones tal cual fueron grabadas en el estudio, Jamiroquai optó por la opción de trasladar el concierto al terreno de la más pura y libre improvisación (muy típico del jazz), la zapada y la jam session. De ese modo, cada una de las composiciones sufrió todo tipo de mutaciones traducidas en bruscos cambios de ritmo, lánguidas introducciones y prolongados pasajes instrumentales, como pudo evidenciarse en “Space Cowboy”, “Light Years” y la adictiva “Alright” coreada por toda la multitud. Por otro lado, esta particular decisión provocó también que el lógico perfil nostálgico que suele envolver a muchos de estos temas compuestos hace ya treinta años desapareciera por completo, haciéndolos sonar vitales y sumamente actuales. Y a propósito de actualidad, “Disco stays the same” asomó como el único estreno de la templada noche con el aporte del vocoder, percusiones de corte latino y un cierto guiño al espíritu setentoso de Earth, Wind & Fire. Jamiroquai con la bandera argentina en su show Ajustada, sólida y precisa, la agrupación conformada por Rob Harris (guitarra), Matt Johnson (piano), Sarah De Santis (teclados), Fabio De Oliveira (percusión) y Valerie Etienne, Hazel Fernández y Romina Johnson (coros) sonó de manera impecable y dueña de una notoria fluidez. Aunque, para ser justos, todos los aplausos se los llevó la demoledora base constituida por Derrick McKenzie (batería) y el talentoso Paul Turner (bajo). Ellos son, sin duda, el corazón que hace latir con fuerza y empuja hacia adelante a esa auténtica maquinaria musical llamada Jamiroquai. Y por delante de ella, por supuesto, emerge la singular figura de Jay Kay, un frontman que es puro carisma y que le da la bienvenida al público exclamando: “¡Argentina! Los queremos mucho”. Luciendo una variopinta gama de llamativos y extravagantes sombreros y diversos gorros de plumas sintéticas, además de su habitual look deportivo, el músico y compositor oriundo de Manchester demuestra estar en muy buena forma tanto vocal como física. Y así es como recorre el amplio escenario de un extremo a otro, con sus ya característicos giros, saltos y movimientos deslizantes más propios del patinaje que de la danza. Una base rítmica con aires de batucada no solo sirve de introducción para “Travelling without moving”, sino también para dar comienzo al segundo y último segmento de la jornada en el que los hits más esperados no se harán desear. Irrumpiendo con unos auriculares luminosos e imposibles de pasar desapercibidos, Kay se acerca a los fans más próximos al escenario y estrecha sus manos, los saluda y firma autógrafos sobre remeras, banderas y fotos para luego reposicionarse al frente de sus músicos y seducir a todos con contundentes e irresistibles versiones de “Canned Heat”, “Cosmic Girl” y “Love Foolosophy”. En medio del clima festivo que se desprende de sus canciones, Kay aprovecha el contenido lírico de las mismas para lanzar su ya reconocido mensaje de concientización sobre diversos tópicos, tales como la ecología, el cuidado del medio ambiente y la naturaleza, colocando especial énfasis, de un modo atento y crítico, acerca del auge, el alcance y el crecimiento inusitado de la inteligencia artificial sobre la vida cotidiana de las personas. Y allí es donde la vigencia de la celebrada “Virtual Insanity” cobra un rol central. A la hora de los bises, los acordes de “Deeper Underground” —tema incluido en la banda sonora del film Godzilla (1998)—son los encargados de bajarle el telón a una gran noche signada por el pulso sofisticado y elegante que solo Jamiroquai sabe impregnarle a la música bailable.

Fuente: La Nación