Eduardo vivía en Banfield hasta que un día decidió dejar de “cambiar plata por comida”: Entonces se mudó a una pequeña finca en Salta, donde se las rebusca produciendo miel y otros alimentos

Hay apellidos que anticipan historias. Hace diez años Eduardo Campo vivía en Banfield, en el conurbano bonaerense, trabajaba como metalúrgico y su relación con la producción agropecuaria era prácticamente inexistente. Hasta que en 2015 hizo un razonamiento que terminaría modificando por completo su vida.
“Estaba trabajando y dije: basta de trabajar para después cambiar la plata por comida. ¿Por qué no produzco comida directamente?”, recordó Eduardo durante una entrevista con Bichos de Campo.
Ni siquiera él imaginaba demasiado bien hasta dónde lo llevaría aquella decisión. Había vivido en un departamento y, según contó, nunca había pensado terminar instalado en una finca de San Carlos, una localidad agrícola de los Valles >Calchaquíes, en Salta. Allí comenzó a aprender prácticamente todo desde cero.
“Yo no sabía abrir una bolsa de maíz. No sabía que había que tirar de un lado del hilo. Intenté todas las técnicas, cortarla, hasta que uno me dijo: ‘la bolsa está cosida para un lado, tenés que buscar el hilo’. Partiendo de eso, imaginate que todo era nuevo”, relató entre risas.
Mirá la entrevista:

La propiedad en la que se instaló Campo tiene alrededor de 10 hectáreas, como la mayoría de las fincas de San Carlos. Sin embargo, rápidamente Eduardo descubrió que contar con tierra no significaba necesariamente poder poner toda esa superficie en producción. Es que allí el principal condicionante para los productores es el acceso al agua.
“La finca tiene cuatro horas veinte minutos de riego cada quince días”, explicó.
-¿No alcanza para las diez hectáreas? -preguntó Bichos de Campo.
-No, no alcanza ni para una- respondió.
Esa limitación lo obligó a buscar alternativas. Y entre las distintas actividades que fue probando apareció una que hasta entonces tampoco formaba parte de su mundo: la apicultura. Por esas casualidades que suelen intervenir bastante en las historias productivas, Eduardo se acercó al INTA y allí se enteró de que se estaba formando un grupo del programa Cambio Rural, ahora eliminado, vinculado a la actividad apícola. Se sumó sin tener experiencia.

Dentro del grupo había algunos productores que ya conocían el oficio y otros, como él, que comenzaban de cero. Por eso valoró de inmediato tener acompañamiento técnico. “Necesitás para cualquier actividad una persona capacitada”, afirmó Eduardo, que encontró además una diferencia importante entre su antigua profesión y el trabajo rural.
“En cualquier trabajo de campo vos podés tener un sistema de trabajo, pero dependés de otros factores que no dependen de vos. Acá vos podés hacer hasta un punto y después la naturaleza sigue”, explicó.
Su estreno como apicultor fue bastante ilustrativo de esa enseñanza. El primer año comenzó con apenas tres colmenas. Las instalaron en junio y, cuando llegó el momento en que esperaban iniciar la temporada de cosecha, prácticamente se habían quedado sin ellas. Las abejas, sencillamente, se fueron. Abandonaron el lugar
“No las podés tener encerradas. Si toman una decisión así es porque alguna condición no es óptima”, explicó el improvisado apicultor.

Pese a aquel debut accidentado, aquel primer año logró cosechar unos 30 kilos de miel. “Éramos Gardel. Éramos millonarios”, recordó Eduardo con ternura.
En lugar de abandonar, volvió a intentarlo. Con el grupo compraron nuevos núcleos y fueron incorporando experiencia.
El año siguiente fue mejor. Luego comenzaron también a multiplicar las propias colmenas mediante la formación de nuevos núcleos. Eduardo aprendió que se puede retirar una parte de una colonia, trasladarla y agregarle una reina de criadero, aunque también existe la posibilidad de que las propias abejas produzcan una nueva reina cuando se sienten huérfanas.
Tres años después de comenzar ese aprendizaje, ahora tienen entre 15 y 20 colmenas. Sus aprovechan la vegetación del monte que rodea la zona. El productor no puede regar lo suficiente, pero no importa. “En la apicultura no incide el riego porque tendría que tener una superficie enorme de plantas para alimentarlas. Las abejas trabajan con el monte directamente”, señaló.
Más motosierra en Agricultura: El gobierno despide a cerca de 50 profesionales de Cambio Rural y tambalea un programa agrícola que era histórico

Según explicó el productor, en la zona hay años con mayor presencia de floración de algarrobo y otros en los que predomina el chañar. Esa primera floración permite obtener una miel en la que puede predominar una de esas especies. Luego, con la llegada de las lluvias y la floración de otras plantas del monte, aparece una miel multifloral.
Las diferencias pueden reconocerse a simple vista. “La primera miel, si es de algarrobo, es mucho más clara. Si es de chañar es un poquito más amarilla. Y la multifloral ya es más oscura, más líquida”, describió.
La experiencia apícola de Eduardo continuó además sostenida por el grupo que había nacido a partir de Cambio Rural, aun después de la discontinuidad de ese programa. En rigor, los productores siguieron vinculados para capacitarse, visitar las colmenas de los demás, trabajar juntos y organizar compras de insumos.
Esa organización resulta especialmente útil por las distancias. “Estamos a 200 kilómetros de Salta, entonces todo es mucho más caro”, señaló Eduardo.

El grupo adoptó además un nombre común: Mieles del Algarrobo. Aunque cada productor comercializa con su propia marca, utilizan ese logo colectivo cuando participan de ferias, muestras o actividades organizadas por el municipio o las escuelas. 
Por ahora, explicó Eduardo, los volúmenes siguen siendo reducidos y no avanzaron hacia una organización formal como cooperativa. “Somos un grupo que empezó de una forma, después se desarmó, pero el grupo sigue estando. Nos apoyamos para trabajar más que nada”, resumió.
La producción se fracciona y comercializa fundamentalmente en el mercado local. Y todavía están lejos de encontrarse con el problema de tener miel de sobra. “Lo que producimos no nos alcanza todavía para proveer al pueblo”, contó.
Pero aquella idea con la que Eduardo abandonó Banfield hace una década sigue estando detrás de todas las decisiones. Porque la miel es solamente una parte de lo que produce. También tiene ovejas y cabras, hace queso y desarrolla diferentes actividades dentro de la finca. “Es para mí, para autoabastecerme. El excedente es para cambiarlo, venderlo”, explicó.

“En la finca no podés tener, sobre todo en estas zonas y en superficies tan chicas, una sola cosa. Son varias actividades que generan un ingreso, ayudan y, sobre todo, está la comida”, afirmó.
Diez años después de haber decidido que ya no quería trabajar solamente para luego comprar con su salario aquello que necesitaba para vivir, Eduardo sigue defendiendo aquel razonamiento. “Yo siempre digo: vos podés vivir sin nada, pero sin comida no podés estar. Entonces, asegurarte la comida ya es tener gran parte solucionada. Para mí, por ahí va”.

Fuente: Bichos de Campo