“Nunca había hecho nada para mí”: María Inés, Mariana y Natalia cuentan cómo el grupo de mujeres rurales Hilados de Azul les dio trabajo, ingresos y un espacio propio de dignidad

María Inés Permayú está cerca de cumplir 40 años de casada con José, un peón rural con el que compartió prácticamente toda su vida en el campo. Se conocieron siendo adolescentes en Entre Ríos, formaron una familia y, cuando allí comenzó a escasear el trabajo, terminaron mudándose a la zona de Azul.
Desde entonces hicieron casi todo “mano a mano”. María Inés crió a sus hijas, atendió animales, juntó leña, hizo chorizos, cocinó y acompañó cada una de las tareas que impone la vida rural. No es que no haya trabajado. Todo lo contrario. Pero cuando hace un año y medio la invitaron a sumarse a un grupo de mujeres que bordaban boinas, descubrió algo diferente.
“Nunca había hecho nada para mí”, resumió.

La invitación se la hizo Mariana Imperatrice, otra mujer rural que ya participaba de Hilados del Azul, una iniciativa vinculada a la organización Azul Solidario. María Inés aceptó aunque no sabía bordar. Recibió una capacitación, aprendió el oficio y empezó a llevarse materiales a su casa para hacer allí el trabajo.
Hoy recibe las boinas, los hilos y los diseños, arma el bastidor y borda cada pieza. Puede llevarle unas tres horas terminar una. Después entrega el trabajo y cobra por lo que produjo.





No es su único ingreso propio. María Inés tiene gallinas, vende maples de huevos, pavos y otras aves, y contó que cuando junto a su marido venden algún cordero o lechón también recibe una parte. Pero con Hilados apareció otra cosa: un trabajo que eligió, aprendió y hace junto a otras mujeres.
Al principio, reconoció, a José no le entusiasmaba demasiado que se sumara. Ella insistió. “Yo lo necesito, me gusta el grupo”, le explicó. Sus hijas también intervinieron: su madre había estado siempre en el campo y, dijeron, necesitaba hacer “algo distinto”.
Insertar acá el video de María Inés Permayú:

Mariana Imperatrice conoce bien esa situación porque también vive en el campo. Pasó allí parte de su infancia, luego se mudó a Azul y años después regresó cuando formó su propia familia.
Le gusta esa vida, aunque no la idealiza. Entre las desventajas menciona enseguida los caminos rurales: contó que en una oportunidad, después de una lluvia de apenas cinco milímetros, prácticamente no podían pasar. También están las distancias. Tiene dos hijos y calcula que algunos días recorre entre 70 y 80 kilómetros entre escuelas, actividades y traslados.
Y hay otra particularidad sobre la que puso el foco: muchas veces el lugar donde vive una familia rural está definido por el trabajo del hombre.

“El que toma el trabajo para venir al campo es el marido”, explicó Mariana. Ellas también trabajan y ayudan en todo lo que pueden, pero admitió que muchas veces quedan “en un segundo plano”.
Por eso aceptó cuando la convocaron a bordar, aunque su primera preocupación fue bastante concreta: no sabía si iba a tener tiempo. Una sola boina puede demandarle entre tres y cuatro horas de trabajo artesanal.

Aun así encontró el espacio. Y también una pequeña fuente de ingresos que, según explicó, sirve tanto para tener mayor libertad como para aportar a la economía familiar.
El desafío, para Mariana, está después: vender. El trabajo artesanal debe competir con productos industriales capaces de fabricarse en serie y mucho más rápido.
“Cada punto es único porque no hay otro punto igual, no hay otro bordado igual”, explicó sobre ese valor que intentan defender.

Natalia Pueyrredón completa la historia desde otro lugar. Nació en Azul, pasó parte de su infancia en el campo y actualmente vive en la ciudad, aunque asegura que nunca pudo cortar aquel vínculo. Hoy es una de las coordinadoras de Hilados del Azul.
El grupo reúne a unas quince mujeres con distintos saberes. Hay teleras, tejedoras, bordadoras y costureras. No necesariamente todas participan de todas las etapas: para hacer un almohadón, por ejemplo, una puede preparar la pieza en telar, otra realizar una terminación a dos agujas y Natalia encargarse finalmente de la costura.
Así, aquello que cada una sabía hacer por separado terminó formando una pequeña cadena de trabajo. Después se organizan para participar de ferias, se turnan para atender los puestos y venden las producciones bajo una identidad común.

Pero Natalia cree que reducir el resultado a los pesos que pueden ganar sería quedarse solamente con una parte de la historia.
“Es un descargo que hacemos”, explicó. A ella le importa particularmente encontrarse con las demás, escucharlas y saber que existe un lugar que les pertenece. La experiencia le hizo recordar a su propia madre cuando vivían en el campo: trabajaba en la casa de los patrones y luego en la suya, pero “nunca se ocupaba de ella”.

Por eso para Natalia el grupo también representa ese tiempo propio que muchas veces falta en las rutinas rurales. Las integrantes hablan permanentemente, organizan trabajos, se reparten encargos y se encuentran en las ferias. María Inés agrega las tortas fritas y el mate.
Los ingresos importan. El oficio también. Pero entre las tres aparece además otra cosa más difícil de medir: la posibilidad de que mujeres acostumbradas durante años a acompañar el trabajo y las necesidades de sus familias encuentren una actividad que puedan reconocer, sencillamente, como propia.

Fuente: Bichos de Campo