Escapada: un viaje por la inmigración que transformó Entre Ríos

Generalmente, se piensa en termas cuando se elige Villa Elisa para una escapada. Pero el hechizo de los caminos rurales de esta comarca de Entre Ríos tiene otros planes. Planes que transforman la estadía en un viaje hacia los tiempos de La Colonie, una época en que esa pequeña porción del territorio de la joven Argentina estaba poblada casi exclusivamente por inmigrantes que nunca habían imaginado que las llanuras podían ser infinitas. Entre Villa Elisa, Colón y San José, con solo doblar por el primer camino de tierra uno se topa con algún recuerdo o vestigio que dejaron aquellas familias del Piamonte italiano, del Valais suizo o de la Saboya francesa hace más de un siglo y medio. Las costumbres y los objetos que trajeron con ellos desde los Alpes se muestran ahora en los museos, pero sus habilidades perduraron en algunas construcciones y su legado está presente en los nombres de las calles, en las marquesinas de los negocios o en las mesas de los restaurantes locales. En el sur de Francia. La joya escondida que enamora con sus callecitas, un castillo y jardines de ensueñoLo antiguo es una novedad para quien cede al impulso de postergar el día de termas. Cada camino rural cuenta una historia, tal como se descubre con solo seguir un cartel y luego otro, buscando los pequeños tesoros locales. No son imponentes, como los de una gran ciudad: un molino por allí, piedras semipreciosas por allá; un viejo almacén más lejos o un pueblo industrial adormecido ahí nomás. Las distancias, afortunadamente, son lo suficientemente cortas como para pasar más tiempo en cada parada que en el camino, dejándose impregnar por el ritmo peculiar que corre por esta región distinta a las demás. Hay que saber tomarse el tiempo de disfrutar de un vino patero en un almacén centenario o de una tabla de quesos a orillas del río Uruguay, frente a las islas de playas de arenas blancas. Son las mismas que vieron los integrantes del primer contingente de colonos alpinos que llegaron el 2 de julio de 1857 para fundar la Colonia San José. Justo José de Urquiza promovió su instalación entregando tierras y facilitando herramientas y recursos para comenzar a producir. Se creó así la primera colonia agrícola de Entre Ríos, que no tardó en prosperar y expandirse, reproduciendo una mini Europa a orillas del Uruguay. Para entender aquel proceso, conviene comenzar por el Museo Histórico Regional de la Colonia San José, frente a la plaza principal. No es un museo de grandes acontecimientos militares ni de próceres: su atractivo está justamente en la escala doméstica. Se exhiben herramientas, fotografías, documentos y objetos familiares que permiten imaginar qué significaba empezar de nuevo en la llanura entrerriana durante el siglo XIX. También en San José, un pueblo que con el paso del tiempo se escondió detrás de Colón, está el Museo de Ciencias Naturales Guillermo Gómez Cadret. En sus salas la historia se mide ya no en generaciones, sino en miles de años. Entre los restos fósiles encontrados en la región se destaca una mandíbula de un Stegomastodon, uno de aquellos grandes mamíferos emparentados con los actuales elefantes que recorrieron Sudamérica durante el Cuaternario. Se descubre que debajo de los cultivos de La Colonie del siglo XIX se conserva otro paisaje, que esconde los restos de una fauna que nos parece hoy totalmente extraordinaria.El molino que perdió la batalla contra el vientoA pocos kilómetros aparece el Molino Forclaz, probablemente el símbolo más reconocible de la colonización de esta región. Su silueta cilíndrica parece trasladada desde Europa hasta el campo entrerriano, y en cierto modo eso fue exactamente lo que ocurrió. Juan Bautista Forclaz, un inmigrante suizo, comenzó a construirlo en 1888. Proyectó una torre de unos 12 metros, con muros de piedra y ladrillo y grandes aspas destinadas a mover una ingeniosa maquinaria para moler trigo y maíz. Todo fue preparado, construido y ensamblado como una maquinaria suiza, haciendo honor a su origen. Forclaz lo había previsto todo. Todo, menos el viento entrerriano, que no sopla con la fuerza y la regularidad necesarias para mover los engranajes. El ingenioso y avanzado molino, terminado hacia 1890, nunca funcionó y los Forclaz tuvieron que seguir utilizando un malacate. Esa frustración terminó convirtiéndose, paradójicamente, en su mayor valor histórico. El edificio es una especie de icono en la región de la Colonia, que sirve de marco regularmente para celebraciones en trajes de época y recuerda tiempos épicos. Fue declarado Monumento Histórico Nacional en 1985 y recibe a visitantes que pueden recorrer la vivienda, los galpones, el molino de malacate y, por supuesto, la gran torre. A pocos kilómetros —y pocos años— de distancia, la historia regional se muestra bajo otra de sus facetas, detrás de un mostrador. A unos 15 kilómetros de Villa Elisa, en Colonia El Carmen, el Almacén Francou continúa en manos de la misma familia que lo abrió en 1907. Los citadinos de paso lo ven como un museo, pero para los locales es indispensable para la vida de todos los días. Antonio Francou abrió su almacén de ramos generales en un rancho levantado en un cruce de caminos. En 1907, como hoy, vendía comestibles, herramientas y mercaderías. El local sigue funcionando como punto de reunión y se convoca a sus parroquianos desde Colón y más lejos para comer unas empanadas y comprar vino patero. Mientras tanto, los visitantes bajan con Olga al sótano para conocer el escondite del rancho, un lugar ideal para degustar un salame elaborado ahí mismo. El Almacén Francou no está solo. En Colonia Hocker, el Almacén Don Leandro conserva una lógica semejante y suma platos de raíz alpina, pastas, licores y cocina casera. Villa Elisa y una utopíaVolviendo por el laberinto de caminos rurales, se regresa a Villa Elisa, un pueblo fundado en 1890 por Héctor de Elía dentro de una segunda etapa del proceso colonizador. Muchos de sus habitantes iniciales procedían de la propia Colonia San José; otros eran inmigrantes recién llegados, nuevamente piamonteses, valesanos y saboyanos, a los que se les sumaron vascos. Esa historia se conserva en la Estancia Museo El Porvenir, la antigua residencia del fundador. La casona de fines del siglo XIX está rodeada por un predio de dos hectáreas y conserva un vínculo íntimo de la época de los pioneros. Sus cinco pabellones reúnen muebles, indumentaria, herramientas, objetos de los primeros habitantes y vehículos antiguos. También permanece el mirador de inspiración italianizante de la vieja estancia. La Municipalidad compró el inmueble en 1980 para convertirlo en museo y allí descansan actualmente los restos de Elía.De nuevo en camino, se busca ahora la explicación a uno de los episodios más insólitos de la historia de la colonización de la región. Para eso hay que llegar hasta el Falansterio de Durandó, en Colonia Hughes, cerca de Colón. Jean-Joseph Durandó, un inmigrante suizo, desarrolló allí entre aproximadamente 1880 y 1916 una comunidad agrícola e industrial inspirada en parte en las ideas de Charles Fourier, pensador francés del llamado socialismo utópico. En su momento de mayor desarrollo reunió a más de un centenar de personas y llegó a contar con agricultura, invernaderos, herrería, carpintería, producción de vinos y licores, confección de ropa, escuela y hasta una banda musical. A las ideas cooperativistas, Durandó sumó prácticas espiritualistas que terminaron alimentando parte de la leyenda del lugar. Este mundo ideal no sobrevivió, pero sí perduran hasta el día de hoy algunos edificios. Las ruinas pueden recorrerse mediante visitas guiadas con reserva previa, durante las cuales se accede al sector donde funcionaron la fábrica y la escuela.Es difícil encontrar en el turismo rural argentino otra escala que permita pasar, en pocos kilómetros, de una colonia agrícola organizada por Urquiza a un molino harinero frustrado por la meteorología y luego a un experimento social inspirado en Fourier. Pero todavía falta más, y a pocos minutos de viaje.Historia todavía más antiguaSobre la ruta provincial 130, entre Colón y San José, otro desvío conduce al Reservorio de Piedras Semipreciosas de Selva Gayol. El lugar empezó a crecer hace más de dos décadas alrededor de una colección familiar y actualmente combina un pequeño museo, un taller y una salita de exposición y venta de ágatas y otros minerales. Se exhiben allí más de 2000 piezas de la piedra emblemática de la región: se trata de ágatas encontradas, cortadas y pulidas por la familia de Selva. Durante la visita a su tesoro, ella misma explica que estas piedras están relacionadas con antiguos procesos volcánicos y erosivos que se remontan al Cretácico, hace decenas de millones de años.Si hay tiempo para prolongar la ruta hacia el río Uruguay, entonces hay que dedicarlo a esta última parada: La Colonie esconde otra colonia, un poco como las matrioskas se encierran unas dentro de otras. Se trata de Pueblo Liebig, un símbolo de la Argentina industrial y exportadora del siglo XX. El pueblo creció alrededor de la fábrica de carne enlatada y conserva todavía un trazado donde puede reconocerse la organización social de la compañía: de un lado, viviendas obreras; del otro, chalets vinculados con el personal jerárquico y la comunidad inglesa. La antigua planta elaboró conservas de carne, corned beef y otros productos que viajaban desde este rincón del río Uruguay hacia los mercados internacionales. Su papel fue especialmente importante durante la Primera Guerra Mundial, cuando abasteció a los soldados europeos y era conocida como “la gran cocina del mundo”. El complejo es un bien de interés industrial nacional y patrimonio histórico nacional desde 2017 y actualmente se ofrecen visitas guiadas. El símbolo más evidente es el monumento a la lata de corned beef, pero la historia menos visible es la más interesante. Las visitas guiadas duran entre una hora y media y dos horas, recorriendo el Centro de Interpretación, antiguas viviendas, edificios comunitar

Fuente: La Nación