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Recolección programada
Lo llaman “recolección programada”: un servicio gratuito municipal para retirar escombros, muebles, electrodomésticos averiados y cualquier otra cosa en desuso, siempre que quepa en hasta 15 bolsas y no supere los 500 kilos. Se avisa a un número telefónico y, después, solo hay que dejar las bolsas en la vereda, con un cartel visible que indique el número de trámite.La mayor parte del tiempo se trata de escombros de alguna vivienda en renovación o una heladera que dejó de funcionar. Pero, de vez en cuando, uno se cruza con otra clase de objetos: cosas que, apenas aparecen en una vereda, pueden transportarnos mentalmente al momento en que las conocimos, cuando todavía eran nuevas y lo último que hubiéramos imaginado era que algún día terminarían ahí, esperando que alguien se las llevara.Como una versión tecno de la magdalena de Proust, un viejo monitor de tubo de 17 pulgadas, abandonado en una vereda, me recuerda a nuestra computadora familiar. Corrían los últimos años de la década del 90 y debíamos compartirla entre tres hermanos adolescentes. Era una pesadilla: todos los días pactábamos horarios para usarla y todas las noches, sin falta, incumplíamos nuestras promesas. Entonces venían los insultos, los gritos, el empujón ocasional.Días atrás, durante un paseo, mi perro Raimundo quiso acercarse a un sillón que alguien había dejado en una esquina. Me recordó al primer sofá que compré, casi dos décadas atrás, cuando dejé la casa de mi madre y me fui a vivir solo. Era un modelo barato y bastante feo de dos cuerpos, tapizado en una cuerina blanca que se volvía pegajosa ante el menor signo de calor. Debí jubilarlo pocos años después cuando mi otra perra, Lisa –hoy anciana, por entonces cachorra–, desarrolló una obsesión malsana con el pobre mueble: mordía sus esquinas, hurgaba con exaltada insistencia entre sus almohadones y le hacía pis a toda hora.A veces uno también se cruza con bolsas de consorcio repletas de libros, vinilos en sobres ajados, pilas de CD. La gente que pasa por ahí empieza a revolver todo con la esperanza de descubrir algún tesoro entre los desperdicios. A mí, esas escenas me recuerdan un poco a las películas o series de acción ambientadas en la Edad Media en las que, terminada una batalla, los campesinos se abalanzan sobre los cuerpos de los soldados caídos en busca de un anillo de oro o una daga vistosa. Tal vez, pienso, los dueños de aquellos libros y vinilos estén tan muertos como aquellos pobres soldados.También aparecen fotos. Retratos como los que nos tomábamos antes de los celulares, con cámaras de rollo. Por entonces, nadie sabía qué era una “selfie”. Antes de apretar el disparador, decíamos al unísono “¡whisky!” y después revisábamos los negativos para decidir cuáles valía la pena revelar. Es probable que esas fotos desperdigadas en el suelo fueran, alguna vez, las mejores de todo el carrete.Cada tanto, me descubro revisando en silencio la biblioteca de casa, en la que mi mujer y yo reunimos nuestros libros cuando decidimos mudarnos juntos. Recorro sus lomos con la mirada, un poco envanecido por las extensas filas que ocupan nuestros autores favoritos de crónica, ciencia ficción y poesía. Más allá está el mueble bajo en el que guardo mi colección de vinilos. No son tantos, pero suficientes para dar testimonio de todas mis obsesiones musicales, desde la música industrial hasta el folk. En todas partes hay figuras de acción -no se les ocurra llamarlas “juguetes”- de Star Wars, Game of Thrones y Batman, entre otras. Cuántas de estas cosas terminarán algún día en la calle, apiladas sin criterio en no más de 15 bolsas de consorcio. Pertenencias anónimas descartadas en la vía pública, listas para la rapiña vecinal o la llegada de un camión de residuos.
Fuente: La Nación