General
András Schiff hizo magia en el Teatro Colón
Recital de András Schiff (piano). Programa: obras de Bach, Haydn, Mozart y Beethoven. Ciclo del Mozarteum Argentino. Teatro Colón. 5 starsEn el comienzo, una enunciación despojada y precisa atenida a números y hechos fácticos, sin comentarios críticos de ningún tipo. El recital de András Schiff comenzó a las 20 y concluyó a las 23.10. Si restamos los veinte minutos del intervalo y unos diez minutos totales de explicaciones del mismo intérprete sobre las ideas que guiaron el armado del concierto y sobre algunos detalles puntuales de cada obra, el gran artista húngaro estuvo tocando el piano algo más de dos horas y media. En ese tiempo, considerando las dos partes en las que se articuló el recital y la media docena de obras agregadas fuera de programa, Schiff interpretó dieciséis piezas en total. La mera enunciación del total de ellas, por orden de aparición, implicaría una abundancia de información tan abrumadora como inconducente, ya que la elección de cada una de ellas y su momento de interpretación dentro de un programa obedeció a una planificación muy bien calculada por Schiff que, desde hace unos años, ha optado por el armado de recitales que no son una suma azarosa de obras, una tras la otra, sino un recorrido pensado para demostrar objetivos musicales, contactos históricos y desarrollos de estilos, estéticas y períodos.Sin embargo, menester es señalar que este concierto tuvo grandes similitudes con el que, hace tres años, ofreció para el ciclo Grandes Intérpretes, del Teatro Colón ya que, seis obras de las que ayer se escucharon en este recital fueron interpretadas en aquella ocasión. Del mismo modo que en aquel recital, en el programa de mano se señalaba que el intérprete anunciaría públicamente, desde el escenario, qué obras conformarían la velada. El hecho, en sí mismo, no es ningún pecado ya que, en primer término, esas obras lejos están de dañar por su reiteración, ya que casi todas son poco frecuentadas o incluso, más necesarias aun, ausentes en conciertos públicos. Y en segundo lugar porque, definitivamente, nadie, absolutamente nadie, las toca con la profundidad, la sapiencia, el arte y las certezas artísticas de András Schiff. De todos modos, no dejó de sorprender que, de su inmenso repertorio, no hubiera apelado a otra selección.Con su andar pausado y esa mínima sonrisa indeleble, Schiff ingresó al escenario y, como apertura a la ceremonia, tocó el “Aria” (el tema) de las monumentales Variaciones Goldberg de Bach. Con un toque claro, hasta austero, legatissimo, nada clavecinístico, sin pedal y despojado de cualquier exageración emocional, expuso con mínimas inflexiones cada una de las cuatro frases que la integran con una precisión inmaculada, como para que brillaran por lo que contienen en sí mismas, sin necesidad de añadir ningún toque extemporáneo o inapropiado. Un momento de belleza íntima, una manera sublime de expresar el mejor lirismo del barroco bachiano.Después, en inglés, como lo haría a lo largo de toda la noche, explicó que la primera parte del programa estaría dedicada a mostrar las influencias de Bach sobre la creación de Mozart para lo cual elaboró tres segmentos sucesivos en los que reunió una obra de Bach y una de Mozart. El primer par lo constituyeron el Capricho por la partida de un hermano amado, la única pieza programática de toda la creación de Bach, una obra temprana en la que, en cada movimiento, describe alguna situación o algún recuerdo vinculado a uno de sus hermanos mayores, músico también, que partía para trabajar en Suecia. Con un profundo conocimiento de cada una de sus partes, Schiff sacó a relucir detalles, contrapuntos y con una soltura y una técnica extraordinaria concluyó majestuosamente con la fuga que cierra el Capricho. En la misma tonalidad de Si bemol mayor, Schiff interpretó, luego, la Sonata para piano K.570, una obra tardía de Mozart, de 1789, en la que, sobre todo en sus dos movimientos rápidos, abundan los contrapuntos que Mozart “aprendió” del estudio de la creación bachiana. Obviamente, y de modo casi prescindente, no hay que dejar de señalar que Schiff pasó del Barroco al Clasicismo como quien va tranquilamente de la cama al living.La segunda dupla fue una suma. Schiff agregó un último movimiento mozartiano a una suite de Bach. La unidad entre una y otra fue clara. Tras la “Gigue” que finaliza la Suite francesa Nº5 en Sol mayor, BWV 816, Schiff agregó, sin pausa, la Gigue en Sol mayor, K.574 de Mozart, una miniatura que incluye armonías disonantes y melodías anguladas que prenuncian algunos rasgos propios de la música de un tiempo muy posterior. En la Suite francesa, Schiff maravilló con sus certezas en velocidad, tanto en la “Courante” como en la “Gigue” y también por su sencillez para hacer aflorar el lirismo y la intimidad de la “Sarabande”.La última sección Bach-Mozart, al igual que en 2023, la conformaron el “Ricercare a tres voces” de la Ofrenda musical de Bach y la Fantasía en do menor, K.475, basada, precisamente, en el tema de la Ofrenda. Schiff ofreció una versión insuperable de la complejísima fuga (el ricercare era, en el siglo XVIII, un tipo peculiar de fuga), con una claridad y una limpieza impares para destacar los entramados texturales más enrevesados y las complejidades armónicas más inesperadas. Del mismo modo, extrajo de la Fantasía mozartiana todos los misterios que, sin aviso previo, van emergiendo para hacer de esa obra, tal como dijo Schiff, una ópera instrumental de unos diez minutos. Como colofón de la primera parte, sin contraparte mozartiana, Schiff regaló una interpretación brillante, poética y velocísima del Concierto italiano en Fa mayor, de Bach.Para la segunda parte, Schiff sólo dijo que iba a interpretar dos obras, las Variaciones en fa menor, de Haydn y, de su mejor discípulo, la Sonata para piano Nº32, op.111, la última de Beethoven. Si en la primera parte, las obras de Bach y Mozart habían sido asociadas por las tonalidades y por temáticas, acá Schiff no anunció ningún vínculo. Sin embargo, la una y la otra, en tonalidades diferentes, desarrollan la misma técnica compositiva, la de las variaciones. Las Variaciones de Haydn, se desarrollan sobre dos temas diferentes, uno en Fa menor, el otro en Fa mayor, ambos con números irregulares de compases, lejos de cualquier “normalidad” clásica. El segundo y último movimiento de la Sonata Nº32 es una “Arietta” que es sujeto de variaciones muy libremente tratadas, fluctuando siempre entre Do mayor y La menor. El paralelismo y la relación entre ambas obras se manifestó sin anuncios. Además, todo un símbolo, el concierto que había comenzado con un “Aria” de Bach, concluía con una “Arietta” de Beethoven. Por supuesto, y casi parece ocioso reiterarlo, con Haydn y con Beethoven, Schiff mostró todo su arte, toda su inmensidad. Estudioso y conocedor de cada compás de cada una de ambas partituras, se mostró potente y transparente a la vez, etéreo, sólido, feroz, profundo y lírico.La ovación final fue estruendosa y las emociones, irrefrenables. Sin apuro, entrando y saliendo al compás de los aplausos, respondió una y otra vez con su andar parsimonioso y una gestualidad casi zen. Sin urgencias y gustoso, interpretó seis piezas fuera de programa. Si a lo largo del concierto no hubo ningún hit, ninguna obra “popular”, en los bises encantó al público con obras más conocidas. Sucesivamente tocó el Impromptu en La bemol mayor, D.899, Nº4, de Schubert; el Vals en la menor, op.34, Nº2, de Chopin; el casi inocente primer movimiento de la Sonata para piano en Do mayor, K.545, de Mozart; el Impromptu en Mi bemol mayor, D.899, Nº2, también de Schubert, y, por último, dos obras para chicos, “La danza del porquero”, de Béla Bartók y “El alegre campesino”, del Álbum para la juventud, de Schumann, una piecita sencilla y mínima, de pocos segundos.Como en sus visitas anteriores, András Schiff hizo magia. Schiff no ofreció simplemente un recital de Bach, Mozart, Haydn y Beethoven sino que construyó un itinerario histórico y musical, y consiguió que las relaciones entre las obras fueran parte esencial de la experiencia de escuchar. A puro arte, hizo que, en el Colón, la felicidad y la admiración campearan invictas, plenas y permanentes a lo largo de más de tres horas. Para volver a vivir algo así, la única alternativa será esperarlo para que algún día regrese una vez más.
Fuente: La Nación