En un establecimiento agropecuario, no todo lo que queda afuera de un lote productivo es superficie desperdiciada. Los bordes, bajos, montes, pastizales y otros espacios que no se cultivan pueden albergar aves, anfibios, mariposas, artrópodos benéficos y especies vegetales nativas que cumplen funciones importantes para el funcionamiento de ese sistema.
Pero para saber qué biodiversidad conserva un campo, en qué estado se encuentra y qué se podría hacer para mejorarla hay que observarla, medirla y seguir su evolución. Esa es la tarea de la doctora en Ciencias Biológicas Romina Suárez y del equipo de investigadores del Instituto de Recursos Biológicos del INTA Castelar que, como una suerte de “inspectores” de la naturaleza, recorren establecimientos productivos de distintas regiones del país.
“Lo que hacemos es básicamente monitorear y evaluar biodiversidad en establecimientos”, explicó Suárez a Bichos de Campo.
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Aunque suele asociarse únicamente con la cantidad de especies presentes en un ambiente, el concepto es bastante más amplio. “Es una diversidad de especies, de genes y de paisajes”, señaló la investigadora, que trabaja en el área de Ecología y Gestión Ambiental de Biodiversidad en Agroecosistemas.
El equipo estudia principalmente la flora y la fauna silvestres nativas que todavía permanecen en los campos. A partir de distintos indicadores, busca conocer en qué condiciones se encuentran y qué contribuciones realizan a la producción.
La preocupación no es caprichosa. Según explicó, durante las últimas décadas se registró una fuerte declinación de distintos grupos biológicos que, además de su valor ambiental, resultan benéficos para la actividad agropecuaria. Al mismo tiempo, comenzó a cambiar la actitud de algunas empresas y productores. Si años atrás los investigadores debían convencerlos sobre la importancia de mirar lo que ocurría con la naturaleza dentro de sus establecimientos, ahora son ellos mismos quienes se acercan en busca de respuestas.
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“Nosotros venimos hace 20 años trabajando en la temática. Antes era una cuestión que estábamos promocionando y ahora están llegando las demandas”, afirmó.
A eso se suma una mayor atención internacional sobre el tema. Determinadas certificaciones y exigencias comerciales comenzaron a incorporar indicadores ambientales, lo que obliga a las empresas a contar con información concreta para demostrar cómo producen.
Ahora bien, ¿cómo se mide algo tan amplio como la biodiversidad?
“Depende de los objetivos que tenga el productor y de qué es lo que quiere mejorar. En función de eso pensamos los indicadores que necesitamos medir y armamos un protocolo de monitoreo”, explicó Suárez, dando cuenta de que no existe un único protocolo que pueda aplicarse de manera idéntica en todos los planteos.
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En algunos casos, el interés puede estar puesto en acompañar la transición desde una ganadería convencional hacia un manejo regenerativo. En otros, el productor puede querer recuperar un ambiente degradado, conservar especies nativas o establecer corredores biológicos que conecten diferentes sectores del paisaje.
“Cada productor tiene su objetivo. Lo que vamos a monitorear en una transición hacia la ganadería regenerativa no va a ser lo mismo que en otro lugar donde quieran implementar un corredor biológico para polinizadores”, indicó.
Una de las herramientas empleadas es el denominado monitoreo “multitaxa”, que permite evaluar simultáneamente varios grupos biológicos. Entre ellos aparecen las aves, los anfibios, las mariposas y la flora nativa, además de otros organismos benéficos para la producción.
La elección no es azarosa. Cada grupo aporta información diferente sobre el estado del ambiente. Las mariposas, por ejemplo, se encuentran muy asociadas a la presencia de vegetación nativa, mientras que otros artrópodos intervienen en procesos como la polinización o el control biológico.
Con esos datos se establece una línea de base, es decir, una primera fotografía de la situación del campo. Luego se propone alguna estrategia de mejora y, pasado cierto tiempo, el equipo vuelve a medir para comprobar si las acciones implementadas produjeron resultados.
Parte de esta experiencia se concentra en InBioAgro, un proyecto de Indicadores de Biodiversidad en Agroecosistemas que articula el trabajo de investigadores y productores CREA. La iniciativa comenzó alrededor de 2021 y permitió realizar monitoreos en 15 establecimientos de la Región Pampeana. Allí, los especialistas relevaron más de un centenar de espacios diferentes para determinar cuánto aportaba cada uno a la diversidad biológica presente en esos campos.
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A partir de esa información se busca definir qué conviene hacer en cada lugar: mejorar un espacio, conservarlo, conectarlo con otro o modificar determinadas prácticas de manejo.
El proyecto se encuentra ahora en la etapa de implementación y seguimiento de algunas de esas medidas. Si bien todavía es necesario acumular más información, la investigadora señaló que en experiencias vinculadas con ganadería regenerativa ya comenzaron a observarse cambios relativamente rápidos.
Pero reunir datos científicos es solo una parte del desafío. La otra consiste en transformar esa información en recomendaciones que puedan aplicarse dentro de un establecimiento productivo. Suárez reconoció que esa traducción no siempre resulta sencilla. Un informe puede indicar cuántas especies hay o qué ambiente presenta mayor riqueza biológica, pero el productor necesita saber qué decisión concreta tomar a partir de ese diagnóstico.
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Por eso, el equipo comenzó a desarrollar planes de gestión de biodiversidad adaptados a cada campo. La idea es que los indicadores no queden guardados en un documento, sino que sirvan para establecer prioridades, seleccionar acciones y evaluar posteriormente sus resultados.
“Una de las grandes preguntas que tienen los productores es: ‘¿Por dónde empiezo? ¿Qué puedo hacer? ¿Cómo lo hago?’. Estamos desarrollando esos protocolos y esas herramientas”, sostuvo.
Para Suárez, producción y conservación no deberían aparecer como caminos enfrentados. Esa convicción fue también la que marcó su recorrido profesional dentro del INTA.
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“La conservación de la biodiversidad siempre me importó, pero también compatibilizarla con la producción, porque no van separadas”, afirmó.
Después de dos décadas de trabajo, percibe que el interés comienza a extenderse. No todos los productores avanzarán al mismo ritmo ni con los mismos objetivos, pero considera que los resultados medidos en establecimientos reales pueden impulsar a otros a sumarse.
“A medida que se pueda demostrar con datos lo que estamos haciendo, esto es imparable”, concluyó.
Agro & Campo
¿Cuánta biodiversidad conserva un campo? Investigadores del INTA se calzan el traje de “inspectores” para medirla, saber cuánto aporta a la producción y cómo protegerla
Fuente: Bichos de Campo