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Amaru: una comedia muy graciosa y original sobre una familia de clase media ilustrada
Autora: Andrea Garrote. Directoras: Andrea Garrote y Carolina Stegmayer. Elenco: Andrea Garrote, Marcos Ferrante, Fiamma Carranza Macchi y Julián Cnochaert. Música original: Ismael Pinkler. Escenografía e Iluminación: Santiago Badillo. Vestuario: Pheonia Veloz. Sala: Teatro Picadero (Pje. Enrique Santos Discépolo 1857). Funciones: domingos, a las 18. Duración: 80 minutos. Nuestra opinión: Muy buena.Luego de su aclamado monólgo Pundonor (2018), sobre una especialista en Michael Foucault, Andrea Garrote se interna en los vericuetos de una disfuncional familia de clase media. Más precisamente, en los de una ilustrada (aunque venida a menos), donde el hábito de la lectura y las discusiones semánticas son reglas sagradas. El pequeño grupo familiar, conformado por una madre, un padre y un hijo, suele discutir obsesivamente (y hasta con feroz ánimo de competencia) el significado exacto de un término, o el uso más o menos apropiado de un adjetivo o un fonema, en vez de debatir los problemas reales de fondo que los aqueja. Y si de golpe, en medio de la enmarañada puja verbal, aparece una emoción, la analizan hasta desintegrarla. Así es su vida cotidiana, así es el devenir de estas tres almas desamparadas que tapan todo con palabras difíciles, pretenciosas y raras.El statu quo se quiebra cuando el hijo presenta a su novia: Amaru, la heroína que lo salvó de ahogarse una noche en el Delta. Primero se mofan y/o enamoran de la acepción de su nombre en quechua: serpiente sagrada. Luego, empiezan a temerle (la madre) o a caer en su embrujo (el padre). Ella llega a esa casa para revolucionar la dinámica familiar con pactos sobre el uso de pantallas, una singular percepción del tiempo y el contacto afectivo que (hasta el momento) allí brillaba por su ausencia. Digamos que la joven aparece (aunque no sea su intención) para hacer trizas el delicado equilibrio que la sostiene. Nadie resultará inmune a su visita y, en mayor o menor medida, todos resultarán afectados. Dicho esto, hay que aclarar que la obra no es un drama, ni psicoanalítico ni de ningún otro tipo. Es una comedia con muchísimo humor (al nivel de la carcajada, a veces), de una factura muy original, que trabaja en distintas capas y no le escapa, incluso, al ingrediente fantástico sobre el final. Amaru es un ejemplo especial del género que podría atraer la atención de distintos públicos, no solo la del que retrata.Además de cultos, todos los personajes de la pieza son graciosos, queribles y, en algunos casos, muy narcisistas. Y todos, cada uno a su momento, invitan a una reflexión: ¿es posible recuperar el sentido del futuro en un presente caótico y deshumanizado?; en un mundo dominado por la visual, ¿perderemos la sensibilidad de todos los otros sentidos?; ¿la clase media es aún una realidad o la utopía de otros tiempos?; ¿habrá un tiempo mejor para los jóvenes?El trabajo de Garrote como Mariel, la madre, es tan desopilante como contundente. Explota al máximo cada uno de sus latiguillos y, con una impronta más intelectual, se suma al bastión de las mejores comediantes de la Argentina. A su lado se destacan Marcos Ferrante como Ernesto, el padre que afronta la crisis de la mediana edad como puede; y, especialmente, Julián Cnochaert, como Lucas, el hijo, otro actor que destila humor todo el tiempo, pero que también, de un instante al otro, puede convocar a la ternura y a la compasión. Fiamma Carranza Macchi, como Amaru, seduce y genera inquietud con la misma ductilidad. Mención aparte para la escenografía minimalista de Santiago Badillo (también responsable de la buena iluminación), que “contiene” al triangulo familiar original y sus distintos niveles de problemática.4 stars
Fuente: La Nación