Alfredo Arias: sus inicios en el teatro, su refugio en París y el film que narra el viaje que le cambió la vida

Alfredo Arias nació en Lanús Oeste, a fines de los 60, participó del mítico Instituto Di Tella, luego formó la compañía teatral de vanguardia TSE y en 1970 partió al mundo. Hace 55 años que vive en Francia, donde ha recibido las más altas condecoraciones por su enorme contribución al teatro y a la cultura de ese país. Cada tanto regresa a la Argentina y sacude el avispero con puestas innovadoras y refinadas y textos recargados de ironía y apuntes ideológicos. En los últimos años también ha incursionado en el cine. De hecho se encuentra ultimando el montaje del que podría ser, a los 82 años, su testamento en vida. Mientras, no le escapa a los homenajes, como el que este fin de semana se le brindará en París. Del 11 al 13 se podrá ver en el centro de arte contemporáneo Palais de Tokio el monólogo heterodoxo Hello Andy?, que concibió para que Alejandra Radano se ponga en la piel de la diva del cine clásico Joan Crawford y dialogue por teléfono con el padre del arte pop moderno: Andy Warhol. Luego, en una misma velada, la del lunes 14, se proyectarán dos films suyos (y de Ignacio Masllorens), protagonizados por Radano, en la sala de cine de autor Arlequin: Fanny Camina (2001), sobre el regreso fantasmagórico de Fanny Navarro (la actriz de la época de oro del cine nacional) al Buenos Aires actual; y la traslación al celuloide de Hello Andy? (2022).-¿La versión que ofrecerás de Hello Andy? en el Palais de Tokio es la misma que estrenaste en 2018 en PROA?-No. Desde entonces la obra ha pasado por tres etapas: comenzó como un monólogo teatral con proyecciones; luego se convirtió en una pieza filmada por Ignacio Masllorens, donde Juan Gatti (responsable del concepto gráfico de las películas de Pedro Almodóvar) intervino con su iconografía visual y se sumaron canciones; y finalmente, la versión actual es una transición entre el teatro, el cine y las artes plásticas. Mi intención fue desarmar un poco el teatro y llevarlo más hacia las artes plásticas. Digamos que aquí quedará bien claro algo: que al fin y al cabo yo soy un artista plástico al que después el teatro lo devoró (risas). En esta versión definitiva de Hello Andy? Alejandra actúa y canta en vivo mientras interactúa con las proyecciones y fragmentos del film. Es la que quisimos hacer en tres ocasiones en el Palais de Tokio, pero debimos suspender por la pandemia. Ahora la haremos en español con subtítulos en francés. -Tu formación fue en los 60, alrededor del mítico Instituto Di Tella, y luego con el grupo teatral TSE. ¿Qué recuerdos tenés de aquellos tiempos?-Lo del Di Tella fue una experiencia social maravillosa. Más allá de los resultados artísticos, y de los artistas que participaron en ella –a los cuales se los puede estimar más o menos como artistas plásticos-, fue un movimiento muy dinámico; yo diría que se trató casi de un movimiento de barricada, en el que había una enorme energía compartida que se desplegaba enormemente. A mí me inspiró muchísimo el trabajo que hacían Pablo Mesejean y Delia Cancela, y al mismo tiempo las presencias de Marta Minujín y Alberto Greco. Paralelamente, cuando hicimos una exposición con Juan Stoppani, Alberto Greco inventó como una especie de happening alrededor de lo que nosotros queríamos hacer, que era tirar la obra al río. Había una enorme interacción entre todos.-Digamos que entonces vos era un artista plástico.-Sí. Cuando me voy de mi casa, a los 18 años, la familia de Juan Stoppani me da refugio y empiezo a seguirlo a él y voy a un atelier de cerámica. Luego, como las cerámicas que hago llaman la atención, logro hacer dos exposiciones; hasta que el codirector del Di Tella nos dice: “¿Por qué no pasan a otra dimensión, a algo por fuera del artesanado y con una fuerza más plástica y visionaria, eventualmente?”. Ahí empezamos a hacer muñecos, esperpentos gigantes, un trabajo que ya no tenía que ver con los happenings. Lo nuestro pasó a ser un trabajo anticipatorio sobre lo que serían nuestras propias vidas.-¿Y cuándo te volcaste al teatro?-Con Juan ya habíamos participado en un espectáculo de ballet, en la compañía que tenían Ana Kamien y Marilú Marini, haciendo un decorado. Después apareció la posibilidad de hacer en su totalidad un espectáculo de teatro, que fue Drácula, y ahí se formó el TSE (con Marilú Marini, Marucha Bo, Facundo Bo y Roberto Plate, entre otros). Sin embargo, cuando ya habíamos dado el gran paso, el panorama empezó a ponerse sombrío. Es entonces cuando el grupo parte al universo, digamos.Las condecoraciones y las musas-¿Te fuiste por la represión militar de aquel entonces o porque sentías que debías irte para desarrollar mejor todo tu potencial de artista de vanguardia?-Nos fuimos porque la situación alrededor del Di Tella se había vuelto verdaderamente pesada. Un día, en la esquina del Di Tella, un policía me paró y me dijo: “Usted no pase más por acá porque lo voy a detener”. Entonces, me empecé a preguntar: “¿cómo hago para esquivar al policía y seguir yendo al Di Tella?“. Es más, ¿cómo hago para seguir viviendo todo el día con esto en la cabeza? Además, en la última exposición que hicimos, la de los baños de Roberto Plate, la gente empezó a escribir comentarios políticos y, entonces, la cerraron. Ahí la gente hizo una barricada en la calle y todo se puso denso. A partir de ahí se planteó la posibilidad de continuar y defenderse dentro de este sistema o tratar de ver qué podíamos hacer afuera. Yo decidí irme.-¿Qué creés que hubiera sido de vos si te quedabas en el país?-Nada bueno. Yo pienso que defenderte del medio mucho tiempo te vacía la creatividad. Hay gente que pudo continuar igual, sí, pero es aquella que hacía teatro de repertorio, algo más instalado; pero como el trabajo que yo hacía era más bien frágil, de inventar cosas, necesitaba de una realidad que acompañara más. Cuando la realidad se pone muy ardua, no queda espacio para un tipo de teatro como el mío. A veces pienso que sin la interacción que luego hubo entre París y Buenos Aires, no sé si hubiera tenido el coraje de hacer cosas aquí, porque se constituyó una especie de familia de artistas que yo llevé para allá y que luego me acompañaron en mis proyectos en la Argentina. Digamos que se creó una especie de mundo paralelo entre París y Buenos Aires, que me permitió llegar acá y tener ganas de hacer cosas.-¿Hoy sentís que también lograste ser profeta en tu tierra? ¿Ya sos aquí lo suficientemente reconocido?-Yo ni sueño con eso, con el reconocimiento en la Argentina. Lo que ocurre aquí con el otorgamiento de valores a la historia de uno y otros es muy caótica. Lo digo con humildad. Me parece muy bien que se festejen a ciertas personas. Yo no tengo nada que reclamar. Pero en Francia todo es mucho más estructurado: empezaron dándome el título de Chevalier (Caballero), después me dieron el Officier (Oficial), más tarde el de Commandeur des Arts et des Lettres (Comendador de la Orden de las Artes y las Letras) y ahora soy Chevalier de l´Ordre National du Mérite (Caballero de la Orden Nacional del Mérito). Digamos que los reconocimientos en Francia son más orgánicos, porque así también es la cultura. Nosotros, aquí somos más caóticos para todo, incluido para los reconocimientos. Y no está mal. El caos es a la vez uno de los fundamentos creativos de la Argentina y al mismo tiempo una situación que forma parte de la psiquiatría. Es decir, si sobrevivimos al caos, quizás podamos crear; porque, hasta cierto punto, el caos puede ser un incentivo creativo. Yo no pretendo ningún reconocimiento porque no me gusta forzar los reconocimientos, no me gusta hacer lobby para que me concedan premios. Si me quieren premiar espontáneamente, recibiré los honores, pero si no… Yo solo espero que la Argentina me inspire para seguir creando. Eso es más importante para mí que todos los reconocimientos.-En París solés trabajar mucho en la escena oficial. ¿Acá te llaman seguido o como quisieras para trabajar en el Teatro San Martín o en el Cervantes?-Con el Teatro San Martín he tenido una relación de continuidad a través de los años y los diferentes directores. La primera vez que trabajé allí fue con Kive Staiff. Después lo hice durante las gestiones de Jorge Telerman, Gabriela Ricardes y también en la actual, de Carlos Ligaluppi. Me ha gustado siempre trabajar en el teatro San Martín. Hoy no necesariamente me piden que lo haga, pero existe un diálogo permanente con el teatro, y si yo quiero hacer algo sé que me van a escuchar. En el Teatro Cervantes no he trabajado. Nunca me han ofrecido nada; tampoco en esta nueva gestión.-A lo largo de tu carrera tuviste varias musas. Dos son argentinas: Marilú Marini y Alejandra Radano. ¿Cómo fue y es la relación con cada una de ellas y qué valorás más en cada una?-La relación con Marilú es muy particular, porque es casi familiar; con ella nos acompañamos mutuamente para construir algo en Francia que tuviera un valor artístico para uno y otro. Más allá de la valoración artística, estaba la idea de construir algo, de construir un lenguaje, de construir un mundo que se reconoció además como un mundo propio, de ella y mío, y de otros artistas que pasaron por ahí, como Sandra Guida, Carlos Casella y Marcos Montes, que vinieron desde la Argentina a continuar esa familia. Marilú fue una persona fundacional del lenguaje en el cual trabajé por años. Digamos que pude llevarlo a cabo también gracias a su concentración y su capacidad. Fue una época de un trabajo simbiótico. Después vino otra en la que lógicamente apareció el deseo de mirarse en el espejo propio y ya no en el espejo compartido.-¿La separación fue traumática?-Digamos que entonces Marilú se apartó para desarrollar por su cuenta las distintas versiones que encontraba de sí misma. Y me parece muy bien que así lo haya hecho. En cuanto a Alejandra, ella es otro tipo de personaje porque tiene muchos planos de interés. Es una buena lectora, una persona que trabaja sobre una cultura amplia que va de la arquitectura y la fotografía a la moda. Es una curiosa nata, siempre dispuesta a

Fuente: La Nación