-José Weimer, trabajador rural. Peón. ¿Le gusta que le digan peón?
-Sí, ya lo tengo asumido después de tantos años. Ahora muchos dicen “empleado rural”. Bueno, yo soy eso. Peón toda la vida.
José lleva 42 años trabajando en el campo. Nació en Victoria, Entre Ríos, dentro de una familia rural: su padre también era peón y su madre se ocupaba de la casa en la misma estancia donde él pasó su infancia. A los 18 años comenzó a trabajar en el establecimiento en el que se había criado y permaneció allí hasta los 27. Posiblemente hubiera continuado mucho tiempo más, pero la muerte del propietario produjo un cambio abrupto en su vida y en la de las otras familias que residían en el lugar.
“Se murió el dueño, la hija heredó el campo y lo alquiló. Entraron los que hacían soja y quedamos todos sin trabajo”, recordó.
Aquella era una estancia de 5.000 hectáreas en la que vivían y trabajaban ocho puesteros. El nuevo planteo agrícola necesitaba mucha menos mano de obra permanente y todos debieron marcharse.
“Nos sacaron a los ocho. Nosotros estábamos acostumbrados, estábamos bien ahí. Pero se terminó”, resumió José sin dramatismos, aunque aquel episodio significara abandonar el lugar donde había nacido, se había criado y comenzado a trabajar.
Por fortuna, tenía una pequeña casa en Nogoyá y se instaló allí. Durante ocho meses trabajó en una empresa constructora que estaba levantando una escuela. Lo hizo porque necesitaba el ingreso, pero nunca se acostumbró a los ladrillos ni a estar lejos de la producción agropecuaria.
“Yo me quería ir al campo, a cualquier lado, pero al campo”, contó.
Mirá la entrevista:
Por medio de un hombre vinculado a una cooperativa entrerriana consiguió finalmente una oportunidad en la zona de Azul. Tenía 27 años cuando dejó Entre Ríos y se trasladó a la provincia de Buenos Aires.
En el nuevo establecimiento trabajó durante un cuarto de siglo. Recuerda a sus empleadores como “muy buenos patrones” y asegura que allí pudo volver a hacer la vida que deseaba. Manejaba maquinaria, sembraba, cosechaba y recorría distintos lotes con los equipos agrícolas.
Después de 25 años, de nuevo, el campo fue vendido. Los propietarios le ofrecieron trasladarlo a otro establecimiento en General La Madrid, pero José ya había formado su familia en Azul. Sus hijas vivían allí y no quiso volver a empezar de cero.
Entonces encontró su actual trabajo, en un campo de 42 hectáreas donde vive desde hace ocho años. Allí se siembran pasturas y se recrían los terneros machos que llegan desde otro establecimiento de la misma empresa.
“Los traemos al destete, los criamos sobre la pastura y, cuando ya están recriados, los ponemos en el corral para engordarlos”, explicó.
Para completar la alimentación de esos bovinos, como el campo tiene escasa superficie, se compran balanceados o granos, según cuál resulte más conveniente en cada momento, además de rollos. En esas 42 hectáreas no se producen cultivos para cosecha: todo lo sembrado tiene como destino el forraje de los animales.
Aunque durante buena parte de su vida estuvo más relacionado con la agricultura y el manejo de maquinaria, ahora José se ocupa principalmente de la hacienda. Cuando hace falta también se traslada al otro campo para colaborar con su patrón y con el empleado que trabaja allí.
Pero si hay algo que menciona con más orgullo que sus 42 años de trabajo son sus dos hijas. Junto con su esposa, María Inés, hicieron todo lo posible para que pudieran estudiar. “Era lo único que les podíamos dar: hacerlas estudiar”, afirmó.
La vida en un establecimiento rural complicaba los traslados cotidianos, por lo que, cuando pudieron, José y María Inés compraron una pequeña casa en el pueblo para que las jóvenes pudieran instalarse y continuar con su formación. Las dos terminaron sus carreras: una es profesora de Geografía y la otra, de Química.
“Ese es uno de mis grandes orgullos. Y después, tener un nieto, que también me dio la vida”, contó. A ese niño, por ahora, parece atraerlo más el campo que las aulas. Le gusta acompañar a su abuelo, hacer tareas con él y compartir algún asado.
En el establecimiento, José mantiene además la costumbre de elaborar chorizos y salamines. Antes hacía una mayor cantidad, pero una enfermedad lo obligó a reducir el ritmo. “Estuve enfermo un año y medio. Tuve cáncer”, contó sin medias tintas. Luego se le alegra la mirada contando que ganó esa batalla.
Fue otro momento en el que su vida podría haber cambiado de golpe. Sin embargo, esta vez pudo permanecer en el lugar. José destaca especialmente la actitud de su actual empleador, Juan Ignacio, quien le conservó el trabajo durante el tratamiento y le dio el tiempo necesario para recuperarse.
“Mi patrón me bancó y me aguantó sin ningún problema. No todos hacen eso”, reconoció.
Ahora asegura que se encuentra muy bien, aunque intenta cuidarse y evitar los grandes esfuerzos. Tampoco puede comer algunos de los chacinados picantes que prepara, pero los sigue elaborando para su patrón, sus hijas y sus yernos. Y para Bichos de Campo, que pudo disfrutarlos.
“Los hago para los demás. Me gusta y así seguimos la tradición”, explicó.
La palabra “peón” puede sonar injusta. En el ajedrez, el peón es la pieza más pequeña, el soldado que avanza primero y pone el cuerpo, a la vez que tiene pocas armas para defenderse. En el campo sucede a menudo algo parecido: el peón es quien permanece todos los días en el establecimiento, enfrenta el frío, el calor, la lluvia y las tareas que no pueden postergarse.
José no reniega de esa identidad, pero conoce las diferencias que existen dentro del trabajo rural. En Entre Ríos, recuerda, tenía encargados por encima y casi no mantenía relación con los propietarios. “Más que nada en el norte, el peón prácticamente no conoce al patrón. Trata con el encargado y a veces los encargados son bravos”, comparó.
Su experiencia en Buenos Aires fue diferente. Tanto en el establecimiento donde permaneció 25 años como en el actual pudo relacionarse directamente con los dueños, compartir la mesa y sentirse parte del equipo. “Acá tratamos con el patrón, comemos juntos, hacemos un asado. Es otra cosa”.
Cuando se le pregunta si alguna vez imaginó otra vida, José recuerda inmediatamente aquellos meses en la construcción. Fue un trabajo que aceptó porque no tenía alternativa, pero nunca llegó a disfrutarlo.
“Esto del campo me gusta. Tengo una casa en el pueblo desde hace 20 años y me habré quedado a dormir tres o cuatro veces. Siempre disparo para el campo”, confesó.
A los 60 años, después de atravesar dos ventas de campos, una mudanza desde Entre Ríos, varios cambios laborales y una enfermedad grave, José sigue eligiendo la vida rural.
Sabe que haber encontrado buenos empleadores fue determinante para que su historia fuera diferente de la de tantos otros trabajadores invisibles. Por eso, antes de despedirse, pidió expresamente que quedara escrita una cosa:
“Póngalo como bueno a mi patrón, porque es bueno”.
Agro & Campo
José Weimer lleva 42 años como peón rural y no reniega para nada de ese oficio, que es mucho más digno cuando el patrón también resulta ser buena gente
Fuente: Bichos de Campo