Exultante: “Principio de éxtasis”, un encomiable trabajo que multiplica el talento de un equipo creativo rendido ante Borges

Principio de éxtasis, ballet en dos actos. Coreografía: Goyo Montero, inspirada en el cuento “El Aleph”, de Jorge Luis Borges. Música: Gustavo Santaolalla. Música adicional y diseño sonoro: Owen Belton. Escenografía: Eduardo Basualdo, con la colaboración de Mariana Tirantte. Vestuario: Mariana Tirantte. Textos en off: Ricardo Darín. Por el Ballet Estable del Teatro Colón. Dirección: Julio Bocca. En el Teatro Colón. Próximas funciones: hoy, a las 20, y el domingo, a las 17, hasta el 20 de setiembre.Nuestra Opinión: Excelente5 starsBeatriz Viterbo era alta y frágil. El “Borges” de ficción (el que narra el emblemático cuento que la incluye, por eso las comillas) la agasajaba devotamente; ella respondía con ostensible desdén. Ahora, cuando ya ha muerto, su estéril enamorado puede consagrarse a evocarla, “sin esperanza, pero sin humillación”. Beatriz Viterbo, personificada en escena por Lola Múgica, no será la figura central del ballet (de excepcional despliegue, digámoslo de entrada) que acaba de estrenarse, pero sí el móvil o disparador por el que este “Borges”, asumido magistralmente por Facundo Luqui, visita cada año la sombría casa de la calle Garay donde ella vivía, y en la que su primo Carlos Argentino Daneri, encarnado por Juan Pablo Ledo, ha descubierto un (presunto) prodigio: en el sótano del comedor un borde de las escaleras esconde una suerte de destello inefable, al que denomina Aleph y que, según él, es un punto en el espacio que contiene simultáneamente todos los puntos del universo.Alrededor de esta concepción fantástica, nada sencilla, se desarrolla la exultante Principio de éxtasis, pieza coreográfica del español Goyo Montero, de acuerdo a un ambicioso proyecto de antigua data de llevar a escena el cuento “El Aleph”, de Jorge Luis Borges, oportunamente estimulado por Julio Bocca, actual director del Ballet Estable del Colón, y desarrollado en un encomiable trabajo de equipo en el seno del propio teatro. Y es un rasgo de Beatriz (de nuevo la heroína que ya no está) lo que habrá de exaltar el título de la pieza: “Había en su andar (…) una como graciosa torpeza, un principio de éxtasis”.Después de un sobrio dúo inicial de Jiva Velázquez con Lola Múgica (acaso una evocación juvenil del narrador, que permanece en un rincón de la escena) y de un vigoroso solo de Facundo Luqui que sirven de prólogo, se alza un segundo telón que se abre al inextricable mundo de la calle Garay. Una compleja estructura escénica de escaleras que se cruzan evoca los diseños espaciales de Escher pero también (era inevitable) los laberintos borgianos. Un ir y venir de incontables mujeres (todas son, en realidad, la misma difunta en distintos momentos de su vida) que suben y bajan escalones en el formidable espacio creado por Eduardo Basualdo, más otro destacado solo del alucinado “Borges” de Luqui, convencen de que Principio de éxtasis va desplegando un espectáculo desbordante, más allá (o a pesar) de las implicancias metafísicas del relato original.Un reñido dúo de Luqui con el experimentado y dúctil Juan Pablo Ledo (“Borges” y Daneri) se desenvuelve con fondo de un texto grabado en reverse y antecede a otra invasión de cuerpos en las escaleras; ahora son hombres, todos de negro, otro momento de gran espectacularidad que acaba con el destello fundamental: el sorprendente Aleph dispara chispazos del universo."Principio de éxtasis", la obra inspirada en Borges que se estrenó anoche en el Teatro ColónEn rigor, la transcripción del emblemático relato que encara Montero no es una adaptación en sentido tradicional; se inspira en un texto secular, sí, pero invocar a Borges implica ingresar en una zona de abstracción, en un código que –por el contrario– es puro movimiento y visualización. No sería desatinado asociar el carácter de este desafío con el que hace unos años afrontó el italiano Mauro Bigonzetti con Kafka: El proceso, que coreografió para el Ballet Nacional de la República Checa; después de todo, las proyecciones metafísicas de Borges no son ajenas al universo kafkiano. Con su estilo personal y su imaginación para modelar cuerpos en acción, Montero consuma un discurso coreográfico admirable.“Vi el Aleph y lloré”: la voz de Ricardo Darín recorre, en un tono objetivo, el párrafo central del cuento, a oscuras, para iniciar el segundo acto con las referencias al “inconcebible universo”, una voluminosa mole rugosa, imitación piedra, que hombres de negro manipulan y dividen en el centro de la escena.Reaparece Beatriz, una ocasión para que Lola Múgica viva su mejor momento en la pieza, confrontada con el bloque uniforme de “humanos desnudos” (llevan mallas color carne) que la elevan y transportan en distintas direcciones. Siguen algunas alusiones a criaturas del mundo de Borges, como el dúo con el Minotauro (el versátil Nicolás Da Silva) alrededor de un peñasco, o el tango estilizado que Gustavo Santaolalla compuso para el duelo de cuchilleros, un clásico tópico borgeano que consuma con eficacia Jiva Velázquez con el recientemente incorporado José Ángel Borges González.La última evocación de Beatriz da lugar al imaginariamente romántico dúo que van siendo cercados por “los humanos”, quienes finalmente dejan solo a “Borges”, ahora con su proverbial bastón. Solo, sí, pero apenas el tiempo necesario para que la masa de bailarines que lo rodeaba regrese, ahora, para multiplicar la figura central del escritor, ya mítica: cincuenta bastones, en manos de otros tantos “Borges”, una metáfora de la multiplicidad de un genio convertido en mito. Bastones como lanzas (como las que enmarcaban, coreográficamente, la figura del líder Espartaco). El personal lenguaje contemporáneo de Goyo Montero, al que los integrantes del Ballet Estable procuran adaptarse y lograr –en términos de Bocca– “algo diferente”, se impone en su esplendor, acaso como un destello más del enigmático punto de la casa de la calle Garay. En su centro, como gema insustituible, el porte de Facundo Luqui, en una virtuosa, inolvidable composición que lo aproxima (incluso en lo fisonómico) al mito de Borges.

Fuente: La Nación