Los atentados del 11 de Septiembre y una tarea incumplida

Hay ciertos momentos en la vida que quedan grabados para siempre en la memoria, hasta en sus mínimos detalles. El 11 de septiembre del año 2001 es uno de esos acontecimientos en mi historia. Vivía en aquel momento con mi familia en una pequeña ciudad de Alemania, cerca de Frankfurt.Recuerdo que esa tarde, cuando regresé de la escuela, mi mamá, frente a la televisión, miraba consternada las noticias cuyas imágenes se parecían a una película de terror. Yo tenía entonces 11 años y, si bien la imagen de las torres demolidas me acompañó por el resto del día, estaba convencido de que esa tragedia al día siguiente quedaría borrada de mi memoria. Pero, las siguientes horas, semanas y meses, demostraron que estaba muy equivocado. Aunque el atentado había ocurrido en otro punto del planeta, esa fecha marcó un momento bisagra, no solo en mí, sino también en la política internacional del siglo.Estos días que se conmemora el vigésimo quinto aniversario de los atentados a las Torres Gemelas, quiero ofrecer mis más sentidas condolencias por las casi 3000 víctimas que fallecieron, a sus familiares, círculos cercanos y a todos aquellos que padecieron y aún padecen, de una u otra forma, por el peor atentado terrorista en la historia de los Estados Unidos. También es imprescindible homenajear a los aproximadamente 6000 soldados y a todos los aliados que perdieron la vida en Afganistán. Vale recordar que pocas semanas después de los atentados de Nueva York, en respuesta, los Estados Unidos, junto con sus aliados, lanzaron una guerra contra Afganistán. De esta manera, considero primordial dedicar estas líneas también a los 51.000 civiles afganos que fueron asesinados durante “la guerra contra el terrorismo” en Afganistán y a los cinco millones de civiles que fueron desplazados de sus hogares durante las últimas dos décadas. Al mismo tiempo, hay personas que no perdieron la vida ni fueron expulsadas de su tierra, pero tuvieron que sufrir, e incluso, siguen sufriendo hasta el presente, las consecuencias de los atentados terroristas. Me refiero, en este caso, a los musulmanes que vivimos en Occidente. Debido al hecho de que algunos grupos violentos se disfrazaron de musulmanes y secuestraron el nombre de nuestra religión con el fin de legitimar su ideología, el islam en sí se convirtió en blanco de estigmatización, de prejuicios y de discriminación. En consecuencia, expresiones como “yihadistas”, “islamistas” o “terrorismo islámico” fueron atribuidas a nosotros. Fue un cambio de paradigma y muchos, lamentablemente, ya nos acostumbramos a convivir con los comentarios o “bromas” sobre bombas, sobre suicidios o sobre terrorismo. Algunos de nosotros estamos preparados para confrontar tales ideas y responder asertivamente. Pero, seguramente habrá también casos de musulmanes que no supieron o no encontraron las palabras oportunas. Entonces, quiero arrojar, en nombre de aquellos fieles, cierta luz sobre esta temática tan cuestionada.Ante todo, quiero referirme al grupo Talibán, que es un movimiento militar con una clara agenda geopolítica, cuya existencia esta enraizada en la Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética. En el año 1994 nació como una continuación de los diferentes grupos armados que habían luchado con el apoyo de los Estados Unidos contra la invasión soviética en Afganistán. En términos políticos y sociales, los talibanes dicen implementar la ley islámica, denominada “Sharia”, en su forma original y rigurosa.Sin embargo, la religión del islam literalmente significa “paz” en árabe. Sus comienzos se remontan al siglo VII y nuestro credo se define por sus propias fuentes. Por ejemplo, el Sagrado Corán, que es nuestra ley primordial, condena categóricamente el terrorismo, y advierte que quien mata a una persona obra como si hubiera matado a toda la humanidad. Al’lah es el nombre de Dios para nosotros, según el primer capítulo del Sagrado Corán, Él es Señor y Creador. Así la expresión “Allahu Akbar” no es, como se ha leído erróneamente, una licencia para cometer atrocidades, sino que es en realidad una llamada a través de la divinidad hacia la paz, la concordia y la fraternidad. “Dios es grande” significa glorificar a tu Creador por la vía del amor a toda Su creación, sin distinción de religión, de color o de raza. Asimismo, el término “Sharia”, que es a menudo malinterpretado, no consiste, en su esencia, en reemplazar las constituciones seculares por las leyes islámicas o en imponer los preceptos de nuestra fe a los no musulmanes. Todo lo contrario, Sharia significa literalmente en árabe “camino”, y la senda del islam se transita únicamente por propia elección y decisión. A su vez, “Yihad” no alude a la guerra contra los “infieles”, sino al esfuerzo noble contra la propia maldad en la búsqueda del amor divino.En síntesis, los atentados terroristas del 11 de Septiembre generaron muros invisibles en nuestra convivencia como humanidad. Desafortunadamente, ya pasado un cuarto de siglo, las heridas son cada vez más profundas y parece que hay cada vez más voces que sostienen la preferencia de volver a una época de “cruzadas medievales” o a una guerra fría entre “Occidente vs mundo musulmán”.A su vez, paradójicamente, después de una guerra devastadora de dos décadas, cuando los aliados se retiraron de Afganistán, los talibanes volvieron al poder en solo unos días. El fracaso en Afganistán no es un capítulo aislado, sino un reflejo de nuestro (des)orden mundial, lleno de contradicciones e hipocresías. De hecho, las invasiones militares, sean en Afganistán, en Irak, en Libia, en Siria, en el Líbano o en Gaza en lugar de pacificar o “erradicar el terrorismo” produjeron efectos contrarios. El surgimiento de grupos como Al-Qaeda o ISIS, que asfixiaron la paz de comunidades enteras, no fue casual. ¿Esto significa ahora que debemos tolerar y aceptar la existencia de grupos terroristas e ideologías extremistas?¡Por supuesto que no! Mi intención es dirigir la atención hacia el hecho de que estas “células” siempre nacen y crecen en contextos de gran inestabilidad económica, política y social. La frustración, la corrupción, la injusticia, la ausencia de un liderazgo sincero y transparente son factores que brindan oxígeno a este tipo de grupos extremistas. Del mismo modo, la reciente debacle de Occidente en la guerra contra el terrorismo es una prueba de que las bombas, los misiles y los tanques militares no son las herramientas adecuadas y suficientes para proteger a las sociedades contra la “contaminación” de estos movimientos.En fin, la lucha contra el terrorismo sigue vigente y debe ser nuestra responsabilidad compartida. Este objetivo no se logrará con gestos meramente simbólicos o con palabras vacías, sino con decisiones concretas y soluciones políticas que conduzcan a la estabilidad social y, al mismo tiempo, se arraiguen siempre en principios de justicia.Marwan Gill es Imam (teólogo islámico) y presidente de la Comunidad Musulmana Ahmadía en Argentina.

Fuente: La Nación