“No quiero que mi dolor sea en vano”: su hijo y su marido se suicidaron, y ella busca romper tabúes y acompañar a otros

“Mi hijo era un chico normal, con familia, amigos, deportes y proyectos. Nadie de su entorno lo sospechó”, dice Gabriela Olivera, una analista de sistemas uruguaya, mamá de Nicolás y Valentina, quien un día de 2017 recibió la peor noticia de su vida: Nico, de 19 años, se había quitado la vida.Siete años después, cuando ella recién comenzaba a asomar la cabeza, tuvo que enfrentar otro batacazo: el suicidio de Julio, su esposo. Para atravesar este infierno, Gabriela se valió de mil recursos: amigos, familiares y terapias, y se embarcó en el desafío de “subir la montaña más grande” de su vida. Se animó a atravesar el duelo por partida doble; se abocó sin cesar a liberarse de la culpa inevitable que emergió, y se preocupó por mantener en claro que ella iba a “vivir bien” para honrar a su hijo y a su marido. “Hoy abrazo mi vida, la celebro, se lo debo a ellos”, aseguró a LA NACION a inicios de septiembre, el mes de la concientización y la prevención del suicidio a nivel mundial, conocido como el “mes amarillo”, color que simboliza la luz y la esperanza.Hoy Gabriela se anima a hablar del suicidio sin tapujos. Se expuso socialmente buscando romper el tabú y el estigma social plagado de juicios, como el clásico “¿Qué habrá pasado que nadie del entorno lo vio?“. Ella responde tajante: “Le puede pasar a cualquiera”. Y es así. En la Argentina, el suicidio es la principal causa de muerte entre los jóvenes de entre 15 y 24 años, y, con Uruguay a la cabeza, nuestro país lidera el ranking regional.“Hablarlo para mí es una manera de ir sanando y de acompañar a muchos otros que viven lo mismo, y a quienes les cuesta poner en palabras este dolor inconmensurable. No me sirve esconderme; no quiero que mi dolor sea en vano”, añade. Sus ganas de ayudar la llevaron a crear una organización, “Hablemos Más”, donde, a través del arte en mosaico y encuentros, busca visibilizar y abrir espacios de diálogo en torno a la salud mental y el suicidio. Su propósito es potente: seguir apostando a la vida y ayudar a otros a que sigan apostando por la suya, acompañándolos a subir sus propias “montañas”. Desde Punta del Este —su ciudad natal y su nuevo hogar desde la muerte de Julio, en 2024— Gabriela comparte un poco de ese camino.—¿Cómo atravesaste y procesaste la culpa?—Cuando murió Nico, la culpa se me instaló rápidamente. En la cabeza me daban vueltas preguntas tales como: “¿Por qué no pude detectar señales?” o “¿Cómo no pude ayudarlo a tiempo?“. Pero, con el tiempo, también fui dándome cuenta de que tanto Nico como Julio ocultaron lo que les estaba sucediendo. A todos, amigos, familiares y maestros, nos tomó por sorpresa. De a poco, fui perdonándome. Culparme era una mochila demasiado pesada para cargar. Por eso fui soltando y entendiendo que todos hacemos lo que podemos. Si no pude esta vez, podré estar más atenta la siguiente. Es un ejercicio difícil, pero me hizo mucho bien, porque si no, habría sufrido por partida doble: padeciendo el dolor de las pérdidas más la carga de la culpa.—¿Qué te rescató en tu noche más oscura, en los días de abatimiento total?—Tuve una cantidad de salvavidas impresionante. Personas que no hubiera imaginado y que reaccionaron con mucho amor. Amigos y familiares incondicionales. Y todo este dolor me hizo crecer mucho. Me di cuenta de la fuerza que hay en mí, de mi resiliencia. También empecé a escucharme, a cuidarme más, a respetarme y a elegir dónde y cómo estar en los espacios sociales. Comencé a detectar más finamente qué me hacía bien y qué no. Pude decir que no cuando necesité estar sola; ir a un cumpleaños se me hacía muy pesado.—¿De dónde sacaste fuerzas para volver a sonreír y elegir vivir?—Creo que la clave está en que me permití volver a ser feliz. Hubo días de mucho dolor, de puro llanto y tristeza, en los que decidía no ir a nadar, que es mi gran pasión, porque las fuerzas no me alcanzaban. Pero, de a poco, fui dando pasitos, y un buen día me sorprendí viéndome disfrutar de la pileta o de una caminata. Eso me animó a mudarme a Punta del Este, que es el lugar donde nací y donde me siento contenida por los afectos de toda una vida.—Explicás que, cuando sufriste estas dos pérdidas, te viste enfrentada a una montaña gigante e inimaginable. ¿Se te pasó por la cabeza no treparla?—No. Tuve clarísimo que la única salida para volver a vivir era treparla, como pudiera, cada día. No había otro camino.—¿Qué aprendizajes te trajeron estas vivencias?—Aprendí muchas cosas. Comencé a preguntarme por qué, como sociedad, no estamos dando en el clavo; qué se nos está escapando, por qué no podemos detectar semejante dolor ni ver la causa raíz detrás del suicidio, porque es evidente que ocurre y cada vez más. También aprendí que todos, desde nuestro lugar, podemos ser factores de cambio si estamos atentos, si desarrollamos nuestra capacidad de escucha y empatía para poder identificar situaciones de riesgo. Padres, maestros, compañeros de trabajo: todos desde nuestro sitio podemos colaborar para tomar conciencia de esta realidad evidente. De todas maneras, aprendí también que tenemos que tenernos paciencia y ser compasivos cuando fallamos. —¿Qué haces cuando llegan las fechas de cumpleaños, los aniversarios de sus muertes o las navidades?—Son fechas muy difíciles; el cuerpo empieza a hablar solo varios días antes. Estás más triste, más sensible, más contrariada. A mí me ayuda mucho ser creativa e inventar planes nuevos. Por ejemplo, uno de mis cumpleaños decidí pasarlo en mi trabajo con mis compañeros; una Navidad, con la familia de mi yerno. Hacer planes diferentes y nuevos me rescata.—Nico se murió hace 9 años; Julio, hace dos. A medida que el tiempo pasa, ¿algo va aflojando?—Sí y no. Al principio, cuando falleció Nico, inconscientemente intentaba parar el tiempo porque si avanzaba, sentía que él se iba a ir más lejos; es que, cuando el calendario pasa, la persona se te aleja. Y, al tiempo, te encontrás pensando: ¿qué habría hecho de su vida? ¿Qué carrera hubiera estudiado? ¿Dónde viviría? ¿Tendría novia? Pero también es cierto que, a medida que los días y los años transcurren, te vas parando en un lugar nuevo. El tiempo juega a favor; te das cuenta de que fuiste capaz de atravesar el primer cumpleaños de tu hijo, y entonces sabes que podés con el próximo.

Fuente: La Nación