La universidad feudal: entre la perpetuación en el poder y el autohomenaje

¿Qué discute la universidad cuando nadie la mira? Dos casos, uno en Tucumán y otro en La Plata, ofrecen respuestas inquietantes.La Universidad Nacional de Tucumán, que supo ser el polo intelectual y científico más importante del Norte argentino, estuvo durante meses atrapada en una crisis institucional derivada del afán re-reeleccionista del rector.Sergio Pagani aspiraba a un tercer mandato, a pesar del impedimento estatutario. Esa expectativa fue impugnada en la Justicia, donde el tema se empantanó durante meses con una sucesión de fallos contradictorios. Al final, la Cámara Federal falló en sentido categórico: no podía ser candidato. Ahora acaba de elegirse un nuevo rector, cuyo primer objetivo es crear un cargo “estratégico” para que ocupe su antecesor.Más allá del laberinto judicial y político en el que quedó enredado el asunto, lo que ocurrió en Tucumán nos recuerda un problema estructural que atraviesa buena parte del sistema universitario argentino: la dificultad para aceptar la alternancia y la tendencia a perpetuarse en las poltronas de poder. Ser decano de una facultad o presidente de una casa de estudios ha dejado de ser, en buena medida, un honor al que se llega por prestigio y trayectoria académica. La mayoría de esos cargos hoy están en manos de una burocracia politizada que concibe cada parcela universitaria como un lugar de poder; una especie de feudo propio que se administra con una lógica punteril.La Plata puede dar cátedra. Ha encontrado un atajo legal para que el mismo rector lleve veinte años en el poder: pasa de la presidencia a la vicepresidencia, con periodos en los que una especie de testaferro cumple la función principal para que todo siga “en familia”. Se elude, así, el espíritu del estatuto que limita la permanencia en los cargos. Su última elección fue una especie de confesión: encarnó una candidatura única que se impuso en la asamblea universitaria por unanimidad; sin fisuras, discusiones ni matices. Se vio el retrato de una universidad que ha anestesiado el debate y penalizado la discrepancia. El propio rector, Fernando Tauber, lo dijo sin ruborizarse: “el que piensa distinto no tiene que estar en esta asamblea”. Nadie se atrevió a decir que la posibilidad de “pensar distinto” es, precisamente, lo que distingue a una universidad de un cuartel o de “una orga”. View this post on Instagram Ahora la cosa ha llegado más lejos, al punto de bordear el grotesco y la caricatura institucional. Para entender lo que ocurrió hace falta un breve viaje al pasado.En 1942, cuando el rector de La Plata era Alfredo Palacios, esa casa de estudios impulsó un homenaje a grandes figuras que habían dejado una huella histórica en las ciencias, el arte y la academia. Se debatió quiénes eran merecedores de la categoría de “sabios” y se depuró un listado de cinco intelectuales ilustres: Alejandro Korn (considerado el fundador del pensamiento filosófico en la Argentina), Florentino Ameghino (el gran impulsor de la arqueología y la paleontología), Carlos Spegazzini (el “padre” de la botánica que abrió nuevos caminos en las ciencias naturales), Almafuerte (el poeta que encarnó la vanguardia literaria) y Juan Vucetich (el creador, nada menos, del sistema de identificación a través de huellas digitales).Se levantó, entonces, el Monumento a los Cinco Sabios en el Bosque de La Plata. No solo es un homenaje a esas figuras descollantes, sino una marca de identidad en una ciudad que supo identificarse con el iluminismo, la intelectualidad y el espíritu esencialmente plural de los claustros universitarios.Ochenta y cuatro años después, la Universidad se propone ampliar y actualizar ese panteón de los sabios con nuevas incorporaciones. ¿Y a quién se le ocurre proponer en primer lugar? A su propio rector.La nominación fue impulsada por el secretario general de la Universidad. Avanzó sin tropiezos ni reparos por dos comisiones del consejo superior de la propia casa de estudios y se encaminaba hacia una aprobación segura. Habían sumado, a la propuesta de Tauber, la del inobjetable René Favaloro, y habían utilizado a la Federación de Instituciones como plataforma de lanzamiento. Un murmullo, sin embargo, empezaba a hacerse eco de cierta incomodidad. Nadie se atrevía a plantear una objeción en voz alta; ni siquiera para recordar que aquellos sabios homenajeados en el 42 ya habían muerto hacía muchos años cuando se los consagró. Fueron el tiempo, la distancia y el juicio de generaciones posteriores los que los elevaron a ese pedestal. Un mail anónimo circuló, entonces, por cátedras y centros de investigación: expresaba lo que nadie se animaba a decir, pero lo hacía bajo una identidad falsa y por circuitos subterráneos.Tauber, finalmente, optó por un “renunciamiento” momentáneo: “Agradezco mucho, pero no es el momento…”, alegó. La humildad de los “sabios”.Todo puede parecer una anécdota de pago chico, pero también es un síntoma de algo más estructural y de fondo. El episodio habla de una universidad empeñada en mirarse el ombligo, sin discutir cómo se transforma ante una revolución como la de la inteligencia artificial o frente a una reconfiguración de la matriz productiva como la que se está produciendo en la Argentina. La misma universidad que no logra optimizar sus tasas de egreso ni satisfacer la demanda de ingenieros, se esconde para discutir un monumento a su propio presidente, mientras mira con indiferencia la tragedia educativa que revelan las pruebas PISA, como si no tuviera nada que aportar ni que decir.El caso refleja, además, el clima sofocante de obsecuencia y unanimidad que se ha enquistado en muchos estamentos universitarios. Que el cuestionamiento haya circulado en forma anónima constituye un diagnóstico en sí mismo. Que la propuesta haya avanzado por las comisiones del consejo sin una sola objeción, es otro indicador elocuente del disciplinamiento interno. ¿Nadie se opondrá el día que Tauber se postule como rector vitalicio? Los antecedentes sugieren que no.Lo que se observa a simple vista es una cultura del poder que naturaliza el personalismo, premia a los “secanucas” y estimula, alrededor del “jefe”, una suerte de genuflexión que anula el espíritu crítico y la posibilidad de ejercer la discrepancia. La fugaz aspiración del rector de La Plata a perpetuarse en el bronce con la categoría de “sabio”, recuerda a “Chiqui” Tapia bautizando con su nombre el estadio de Barracas Central, el club presidido por su hijo, o aquel Himno a José Luis Gioja, que se compuso para piano y tenor, en homenaje a quien ejercía, en ese momento, la gobernación de San Juan. Son episodios que conectan con un clima de época que trasciende, incluso, la política doméstica y las miniaturas pueblerinas. El propio presidente de Estados Unidos encarna esa adoración a sí mismo y ha intentado el extremo de estampar su nombre en el frente del Kennedy Center y proponer que el Estrecho de Ormuz pase a llamarse Estrecho de Trump. El mileísmo, entre nosotros, ha hecho del autohomenaje una práctica permanente y sistemática.Frente a este código que tiende a ser dominante, ¿qué hace la universidad pública? ¿ofrece un modelo alternativo, basado en los valores del mérito, el pluralismo, la sobriedad y la sensatez? ¿O se mimetiza con ese clima de personalismo y obediencia que contamina a las instituciones? ¿busca aferrarse a los cargos, como en Tucumán, o garantiza la alternancia y la diversidad de voces?Antes de coquetear con la idea de instalarse en el panteón de los sabios, el rector de La Plata ya se había hecho designar doctor honoris causa de la misma universidad que él preside. ¿Es correcto que una autoridad se conceda a sí misma un reconocimiento honorífico o que haga tomar la decisión a quienes dependen de él? La pregunta conduce a otro territorio difuso del actual sistema universitario: se ha perdido transparencia y, sobre todo, se han distorsionado las reglas éticas en el manejo académico y también administrativo. Los reconocimientos obedecen más al interés político que a la trayectoria académica. Es una consecuencia inevitable de un sistema acomodaticio, donde el debate brilla por su ausencia y el orden de mérito se asocia a la “caja” presupuestaria o a las unidades de negocios.La defensa de la universidad pública exige una reivindicación del pluralismo y de la ética institucional. ¿Qué queda de una casa de estudios cuando se le amputan la libertad de disentir y de ejercer el espíritu crítico? La consigna que parece imponerse en algunos estamentos universitarios es “subordinación y temor”. Un escultor contemporáneo tal vez hoy recrearía a los cinco sabios de La Plata con una mirada triste y sus mejillas coloradas.

Fuente: La Nación