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Joaquina Sánchez Zinni: la directora que creó un fenómeno teatral para hablarles a los chicos de sus emociones
Directora, productora, autora y compositora, a Joaquina Sánchez Zinni le resulta difícil elegir una sola palabra para presentarse. En Luna y su galaxia, su primera obra abierta al público, asumió prácticamente todos esos roles. Escribió el guion y las canciones, dirigió el espectáculo y participó de su producción. Sin embargo, detrás de esa multiplicidad de tareas hay una vocación definida desde muy temprano: crear historias para chicos y adolescentes y contarlas respetando sus códigos.Sánchez Zinni fundó hace 22 años Showtime, una escuela de teatro musical que actualmente tiene sedes en Recoleta y Pilar y, en el exterior, en Santiago de Chile. “Estoy rodeada de niños desde hace muchos años. Me entiendo mejor con ellos que con los adultos”, reconoce. Ese contacto cotidiano fue el punto de partida de una idea que la acompañaba desde hacía tiempo: hacer una comedia musical para chicos, pero interpretada por ellos mismos. “Mi lema siempre fue hacer una obra para chicos hecha por chicos”, explica. Con la historia ya encaminada y algunas canciones compuestas, publicó una convocatoria en Instagram para encontrar actrices de entre 10 y 15 años que pudieran cantar, bailar y actuar. El resultado la sorprendió: recibió 300 postulaciones a partir de un único posteo.Así comenzó a tomar forma Luna y su galaxia. La obra se estrenó en el Teatro Border, una sala del circuito off con 115 localidades, y rápidamente superó las expectativas. Las funciones se agotaron y la temporada debió extenderse más allá del período previsto inicialmente. La protagonista de la historia es Luna, una chica de 13 años cuya representación emocional aparece sobre el escenario como una “luna corpórea”. Cuando descubre que sus padres van a separarse, esa luna se rompe. A partir de allí comienza un viaje junto a sus amigas, Amparo y Consuelo, y a Pedacitos, un personaje que representa su mundo interior y que intenta ayudarla a identificar y aceptar lo que siente.Para abordar un tema tan sensible, Sánchez Zinni trabajó con psicólogas infantiles. Su objetivo era evitar el dramatismo y presentar la separación de los padres como una de las muchas experiencias difíciles que un niño puede atravesar. —¿Hay elementos autobiográficos en Luna y su galaxia?—Mis padres se separaron, pero no escribí la obra pensando en mi propia historia. Lo que sí influyó mucho fue mi experiencia como madre. Tengo dos hijos, de 13 y 10 años. Algunas situaciones que atravesamos me enseñaron mucho sobre el mundo emocional de los chicos y sobre la importancia de respetar cómo llega cada niño al mundo, con sus características y cualidades. Tenemos que abrazar eso y no intentar que encajen en el cuadrado en el que, a veces, los adultos queremos ponerlos.Las protagonistas de la obra son interpretadas por Francisca Casal, Isabela Sorrentino —quien interpretó a Matilda y participó de School of Rock— y Malena Rivas. Las tres cantan en vivo y sostienen buena parte del espectáculo. El elenco se completa con Victoria Quidiello, en los papeles de la madre y una maestra, y Hernán Ruiz Moreno, quien interpreta al padre y a Pedacitos.—¿Qué tienen los chicos arriba del escenario que no tiene un adulto?—Una frescura especial. Los niños les dan mucha luz a los proyectos. Son transparentes, dicen lo que piensan, proponen ideas y son muy permeables a las indicaciones. Además, los chicos que eligen este camino suelen ser muy responsables y apasionados. El solo hecho de ver a un niño sobre un escenario ya genera una empatía y una emoción particular. El adulto tiene que hacer un trabajo adicional para conseguir eso; el niño lo trae naturalmente.—¿Qué responsabilidades implica dirigir a menores?—Actualmente existen muchos más cuidados y controles que hace algunos años. Los chicos no pueden trabajar más de determinada cantidad de horas, tienen que descansar y se supervisa todo lo relacionado con minoridad. Nosotros trabajamos con mucha responsabilidad y me gusta que se sientan bien cuidados. Es fundamental que puedan disfrutar de la experiencia.—¿Cuándo apareció tu propia vocación artística?—A los 13 años. Yo bailaba desde muy pequeña y a esa edad fui por primera vez a una clase de teatro musical. Ahí entendí que quería dedicarme a esto. Era buena alumna y seguí cumpliendo con el colegio, pero mi foco se desplazó por completo hacia el teatro, los ensayos y los shows de fin de año. Desde entonces nunca tuve dudas.—La protagonista de tu obra tiene hoy la misma edad que vos tenías cuando descubriste tu vocación...—Sí, y no lo había pensado hasta que me lo señalaron. Es muy significativo. Yo creo mucho en esas conexiones y siento que, de alguna manera, todo está relacionado.—¿Cómo fue tu formación?—Estudié Comunicación Publicitaria en la Universidad Católica Argentina. Mi madre quería que hiciera una carrera y, aunque en ese momento la pasé mal porque no quería estudiar eso, hoy reconozco que todo suma y que esa formación me dio herramientas muy útiles. Después me fui a Nueva York a estudiar teatro musical. En mis comienzos también hice castings y tuve pequeñas participaciones en ficciones como Floricienta y Casi Ángeles.—¿Cuándo descubriste que tu lugar estaba detrás del escenario?—Yo había actuado y bailado durante toda mi vida, pero ese trabajo no terminó de darse profesionalmente como imaginaba. Mientras tanto, mi escuela comenzó a crecer y fui volcándome cada vez más hacia la dirección. Hoy no volvería al escenario. Aunque parezca extraño, me daría muchísimo nervio. Mi foco está puesto en la visión general del espectáculo: la dirección, la producción, la escritura, las luces, la música y la comunicación. Ese es mi lugar.—Después de 22 años trabajando con chicos, ¿qué sentís que aprendiste de ellos?—Muchísimo más de lo que podría aprender estudiando. Los chicos ven el mundo de otra manera y todavía no tienen todas las capas de prejuicios y juicios que acumulamos los adultos. Muchas veces mis hijos o mis alumnas me dicen algo y pienso: “Es verdad, nunca lo había visto así”. Si uno se pone esos anteojos y trata de mirar como miran ellos, descubre un montón de cosas.—¿Sentís que los contenidos infantiles y juveniles suelen subestimarse?—Creo que no todos los productos que se les ofrecen a los chicos son de calidad ni están realizados a conciencia. También hay mucha sexualización en algunos contenidos y eso no me gusta. A los niños hay que hablarles con códigos de niños, no como si fueran más grandes de lo que son. Es un público muy exigente y llegar a él no es sencillo.—¿Cómo se construye un proyecto para chicos en un contexto dominado por las redes?—Hoy es necesario pensar un universo de 360 grados. Nosotros tenemos canal de YouTube, Spotify, TikTok e Instagram. TikTok permite llegar a los adolescentes; YouTube, a los más chicos; Instagram, muchas veces, a los adultos que compran las entradas, y Spotify es fundamental para la música. Hay que comprender qué público está en cada plataforma y construir un contenido específico para cada uno.—Sin embargo, decidiste que no hubiera pantallas sobre el escenario. ¿Por qué?—Pensé que cuando un padre lleva a su hijo al teatro durante las vacaciones de invierno, probablemente también quiere sacarlo un rato de las pantallas. Entonces me pregunté: “¿Por qué voy a volver a ponerle una delante?”. Quería que estuviera cien por ciento concentrado en algo vivo que estuviera sucediendo frente a él. Tenemos una escenografía muy linda y pasan muchas cosas, pero no hay pantallas.—¿Considerás que la tecnología es perjudicial para los chicos?—No demonizo las pantallas. Mis hijos aprendieron muchísimas cosas a través de tutoriales y de contenidos de YouTube. Hoy un chico puede aprender maquillaje, música o a tocar un instrumento mirando videos. Hay cosas maravillosas. Lo que sí me preocupa es la velocidad con la que evolucionan las plataformas y la vorágine de los contenidos breves. Los chicos pueden pasar un video tras otro sin poder detenerse. Eso necesita regulación y acompañamiento.—Desde tu contacto cotidiano con niños y adolescentes, ¿qué creés que es lo que más les duele actualmente?—La desconexión. Hay muchos chicos que se sienten solos, aunque parezca que están acompañados. Las redes y el celular pueden dar la impresión de que todo está bien y, sin embargo, puede existir una desconexión muy grande. Es difícil ser un padre conectado en esta época porque todo cambia constantemente. Hoy es una plataforma, mañana aparece otra, y los adultos tenemos que evolucionar junto con los chicos para intentar comprender sus códigos.—Resulta paradójico que eso suceda en la denominada era de la conexión.—Totalmente. También es la era de la desconexión. Los adultos muchas veces creemos que conocemos sus códigos, usamos una palabra para hacernos los cancheros y ellos nos miran como diciendo: “Por favor, no la uses”. Hay un universo generacional al que no es sencillo entrar. Por eso es tan importante buscar puntos de encuentro.—¿El teatro puede convertirse en uno de esos puntos?—Sí, absolutamente. Con el avance de la inteligencia artificial y de toda la artificialidad que viene, creo que el teatro va a crecer todavía más. La gente va a necesitar ver seres humanos reales. Hoy existen influencers creados con inteligencia artificial que parecen personas, pero en el teatro eso no ocurre: alguien está ahí, cantando y actuando delante del público. Creo que habrá una vuelta hacia lo analógico.—¿Qué es lo más difícil de producir un espectáculo en la Argentina?—Lo económico. Producir es muy costoso y existen muchas trabas. Ahora contamos con el acompañamiento de Club Media, que nos ayuda muchísimo y tiene mucha experiencia, pero Luna y su galaxia comenzó como un trabajo completamente independiente. Aun con todas las dificultades, la pasión suele imponerse.—¿Qué te gustaría que se llevaran las familias después de ver Luna y su galaxia?—Cuando terminamos el guion les dije a los actores que tenía dos deseos. El primero era que los espectadores salieran emocionados, porque si una persona entra y sale igua
Fuente: La Nación