Murió Chiche Gelblung, un periodista que siempre caminó por la cornisa

“Yo siempre caminé en la cornisa”. Esta es una de las muchas frases que Samuel “Chiche” Gelblung usó para armar su autorretrato y quizá la que mejor lo define. Acaba de morir un periodista que nunca tuvo problemas en resignar buena parte de las exigencias que impone este oficio para abrazar a tiempo completo el papel de showman televisivo. Tenía 82 años y un organismo castigado por su resistencia a calmar un frenético ritmo de trabajo y a delegar decisiones.Cuando dejó en la década de 1990 su carrera en el periodismo gráfico para convertirse de allí y para siempre en una figura clave de la televisión y de la radio, Gelblung renunció para siempre a su nombre de pila y lo reemplazó por el apodo con el que todo el mundo lo identificó: “Chiche”. Va a ser difícil disociar su larga y destacada carrera en los medios escritos, donde empezó desde muy joven a tomar decisiones arriesgadas, de su obsesión televisiva por convertir el tema más pueril e insólito en cuestión de debate nacional.En verdad, se trató en su caso de dos momentos sucesivos de una trayectoria encarada siempre con el mismo objetivo. Se empeñó en convencernos de que ningún asunto podía ser menor o merecer un tratamiento liviano si podía impactar de inmediato en la sensibilidad de quien lo leía, lo veía o lo escuchaba. Y no importaba si la propia realidad condicionaba ese diagnóstico: se sentía lo suficientemente poderoso para adaptarla a la necesidad de un título o de una investigación que captaba de inmediato el interés del público y al mismo tiempo nunca parecía ser del todo rigurosa.Toda esta mirada puede resumirse en una célebre frase que la memoria colectiva siempre le atribuyó: “Nunca dejes que la verdad te arruine una buena nota”. Gelblung desmintió una y otra vez haber sido su autor, pero jamás dejó de reconocer su utilidad. Era una guía hecha mandato para el equipo periodístico que trabajó a sus órdenes en el primer gran momento de su trayectoria profesional, la dirección del semanario Gente y la actualidad en los años 70.Allí había llegado “después de estar seis meses buscando laburo” cuando se produjo el derrocamiento del presidente Arturo Illia, en 1966. A los 19 años, con una audacia infinita, logró camuflarse entre un grupo de dirigentes radicales y pasó dos horas sin que nadie se diera cuenta junto a Illia, en la casa de su hermano. Volvió con un material que nadie tenía y que todos comentaron. “Al poco tiempo me hicieron redactor. Fui creciendo profesionalmente, cubrí Vietnam y la guerra en Biafra. Al cuarto año de estar en Gente me ascendieron. Y terminé como director de la revista”, le contó a LA NACION en 1998.Empeñado en llevar hasta las últimas instancia aquella máxima sobre la supuesta verdad periodística que hizo suya, siempre predicó con el ejemplo. Cualquier antología de la vida profesional de Gelblung empieza con el recuerdo de una cobertura que hizo en el Pacífico después de una prueba nuclear francesa en el famoso atolón de Mururoa. Para dar cuenta del episodio se le ocurrió comprar pescados a granel en un mercado y fotografiarlos luego de ser esparcidos sobre una playa para mostrar los supuestos efectos devastadores de la explosión en la fauna del lugar. No es el único ejemplo: cuando era corresponsal de guerra en Vietnam envió una crónica acompañada con la imagen de la huida desesperada de un grupo de civiles en pleno combate. Esa fotografía había sido montada en París.De esa etapa de Gente también muchos recuerdan la mano de hierro y la arbitrariedad (muchas veces al borde del maltrato) con las que Gelblung manejaba esa redacción. Se enorgullecía de una decisión tan audaz para una publicación de características tan mundanas como la de llevar a su portada la muerte de Picasso (esa semana vendió 430.000 ejemplares, contra todos los pronósticos). Y siempre dijo que se hacía cargo “de los errores y los aciertos” de la revista durante su cuestionada gestión en tiempos de la última dictadura militar, sobre todo cuando titulaba con las “campañas antiargentinas” de los exiliados políticos. Siempre reconoció que fue de él la idea de publicar en una tapa la frase “Gente se equivocó”.Podría decir, como el personaje de la célebre fábula, que comportarse así estaba en su naturaleza. Por encima de todo ponía su propia intuición para escuchar los estímulos, las necesidades y la curiosidad del público. Y no se molestaba en quedar expuesto a escándalos mayúsculos por elegir ese camino. Como cuando envió a Mario Sapag, en la cumbre de su popularidad como imitador, a un encuentro oficial en Chapadmalal disfrazado como el entonces canciller Dante Caputo. En esa ocasión, el vehículo logró superar más de un control de seguridad. “Lo de Sofovich, cuando le pusimos una gorra militar en la cabeza, lo hicimos como un chiste y terminamos en cana”, recordó sobre otro episodio de esa misma época, cuando era director de la revista La Semana.Memoria, su gran hito televisivoSamuel Gelblung había nacido en el barrio porteño de Villa Devoto el 7 de febrero de 1944. Autodidacta, creció en un hogar que tuvo antepasados militantes del Partido Comunista Argentino. Siempre contaba que su abuelo había recibido como regalo por los servicios prestados a esa causa el boceto del famoso mural pintado en la Argentina por el mexicano David Alfaro Siqueiros. Llegó a ser dueño de ese valioso testimonio.El pasado siempre fue una de sus obsesiones, al menos de palabra. “Nosotros somos hijos de la Guerra Civil, hijos del terrorismo, del terrorismo de Estado, de los secuestros y la Guerra de Malvinas, y todo eso sigue vigente. Acá el drama es que todo eso se sigue discutiendo”, contó en 2009 cuando estaba por presentar uno de sus programas televisivos, 70.20.10.Con todo, esa búsqueda siempre resultaba un maquillaje perfecto para que Gelblung hiciera lo que más le gustaba: ocuparse de la actualidad mezclándolo todo, como si su carrera en los medios fuese un constante homenaje a la memoria de Discépolo. Seguramente por esa razón se le ocurrió bautizar Memoria al programa con el que desembarcó en la pantalla chica en 1994, para no irse nunca más del medio.Andando el tiempo, Gelblung confesó que mantuvo ese título para convencer a Alejandro Romay, dueño y señor de Canal 9, entusiasmado con la creencia de que iba a sumar a la programación una idea en la línea del exitoso Siglo XX Cambalache. Pero de ese título quedó solamente la alusión al famoso tango. El cambalache resultó la característica habitual (por no decir única) del “estilo Gelblung”. Una fórmula televisiva abierta a cualquier tema, siempre y cuando provocara impacto inmediato en el público.Con su batuta, en un living atestado de opinadores de toda laya, cada emisión de Memoria era el escenario para que se discutiera sobre cualquier cosa. Una crónica de LA NACION sobre el programa en 1997 empezaba registrando el mérito periodístico de haber logrado una entrevista con Mia Farrow, ya divorciada de Woody Allen y dispuesta a hablar pestes de su exmarido. Las derivaciones posteriores del programa resultaban de una amplitud casi inverosímil: “En el pretendido debate que acompañó a las declaraciones de Mia se pasaba del abuso de menores a la adopción, de la castración química a la lobotomía, de la decadencia del matrimonio al estado de salud mental de la señora Farrow, todo al unísono y antes de ir al corte”.Con todo, jamás se le reconoció a Gelblung el haber sido en ese programa el inventor sin patente de una fórmula que a partir de ese momento toda la televisión dedicada a la actualidad repetiría hasta el cansancio. Fue el primero en presentar y exponer cada tema a través de “informes” de marcado tono efectista en las imágenes, una voz en off llena de palabras sensacionalistas y preguntas inquietantes, más una abundancia de graphs y textos en la base de la pantalla reforzando la idea.Sí, en cambio, todos reconocieron en el conductor de Memoria a un hombre capaz de hacer todo lo necesario para lograr la captura del rating en un momento televisivo especialmente abierto y predispuesto a ese tipo de propuestas. Gelblung dedicó mucho tiempo, por ejemplo, a eludir las comparaciones directas entre su programa y el de Mauro Viale, que se alimentaban diariamente de escándalos que más de una vez terminaron en sanciones de organismos reguladores. Una de las más resonantes se produjo luego de que Gelblung hiciera hablar en cámara a un skinhead.Memoria llegó a superar las 1000 emisiones, con salidas diarias o semanales. Esa suerte de buque insignia del estilo televisivo de Gelblung luego tuvo con otros títulos leves o profundas variaciones que oscilaron entre el interés del público y un par de fracasos bastante ruidosos. Entre estos últimos aparecen Las 12 y Chiche, fallido intento de recrear en la TV el clima de una redacción ocupada únicamente por mujeres. Y Titanic, con la escenografía de la cubierta inclinada de un barco que para el conductor simbolizaba el estado de la Argentina en ese momento (2002).Con un breve resumen del desfile de vanidades y miserias exhibidas por Gelblung en sus programas podrían escribirse varios tomos de historia televisiva. En ellos quedarán las recurrentes apariciones del detector de mentiras (un polígrafo presentado como la “máquina de la verdad”) que le permitía al conductor hacer interrogatorios a figuras expuestas a situaciones controvertidas. Y también los diálogos telefónicos que mantuvo al aire con marginales y confesos delincuentes, algunos de ellos registrados en resonantes casos policiales con tomas de rehenes. Uno de ellos terminó de la peor manera (el episodio conocido como la masacre de Ramallo, en septiembre de 1999, con un saldo de tres muertos) y a Gelblung se le reprochó durante mucho tiempo el abordaje imprudente y temerario de un hecho tan grave frente a las cámaras.Hubo muchísimo más en ese alarde casi infinito de contar la realidad desde los márgenes o estimular desde el morbo, la provocación o los detalles más extravagantes algunos de los temas más sensibles para la opinión pública

Fuente: La Nación

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