¿De qué murió Mao? El diario de su médico personal, su falta de higiene y por qué ocultó su deterioro como un secreto de Estado

“Desde el fondo de sus corazones, el pueblo chino amaba, confiaba y estimaba al presidente Mao, el más grande marxista de la era contemporánea”, dijo Hua Guofeng, primer ministro de China, el 18 de septiembre de 1976, frente a millones de personas congregadas en la plaza de Tiananmen.Guofeng, sucesor inmediato de Mao Zedong tras su muerte el 9 de septiembre de aquel año, leyó: “Hoy, representantes del Partido, del gobierno y de las organizaciones militares, obreros, campesinos, soldados y otros sectores de la capital se encuentran aquí [...] lamentando con el más profundo dolor la pérdida del Presidente Mao Zedong, nuestro estimado y amado gran líder y gran maestro del proletariado internacional, de las naciones oprimidas y de los pueblos oprimidos. [...] Bajo el liderazgo del Presidente Mao, el pueblo chino, que durante mucho tiempo sufrió opresión y explotación, alcanzó la emancipación y se convirtió en dueño del país. Bajo el liderazgo del Presidente Mao, la nación china, asolada por la adversidad, se puso de pie”.Cada tanto lo interrumpía el grito multitudinario de “presidente Mao, siempre seremos leales a tu gran pensamiento, leales a tu línea revolucionaria, y defenderemos con nuestras vidas la bandera roja que ondeará siempre”, según una nota de El País de ese momento.La muerte del líder no sorprendió a su séquito, pero sí al pueblo chino: nadie sabía nada sobre su salud ni sobre el deterioro que se había intensificado con los años, y que fue tratado siempre como secreto de Estado. El régimen buscaba, así, sostener la imagen de un líder más divino que humano. El 9 de septiembre, la radio anunció que Mao había muerto “a consecuencia de un empeoramiento de su enfermedad”, sin especificar cuál. Se sabía que dos años antes había sufrido un ataque al corazón, y circulaban rumores sobre el mal de Parkinson. Pero la verdad era muy distinta.“Dormir, al igual que bañarse, era una pérdida de tiempo”El trasfondo salió a la luz recién en en 1994, cuando su médico personal desde 1954, el doctor Li Zhisui, publicó el libro La vida privada del presidente Mao. En él contó que lo acompañó durante décadas de viajes por el país: “Había comenzado a escribir un diario en 1954, cuando fui nombrado médico personal de Mao, y pronto se convirtió en un pasatiempo y servía como registro de mis experiencias”, explica en el prefacio.Según su relato, la salud de Mao se deterioró de forma progresiva durante décadas: primero fueron trastornos psicosomáticos e higiénicos, y en sus últimos años, un colapso neurológico y cardiovascular absoluto. La fase inicial de ese declive empezó más de veinte años antes de su muerte, aunque nadie lo supo entonces.La primera alteración fue el insomnio. “El problema que más me ponía los nervios de punta era el insomnio persistente de Mao. Dormir, al igual que bañarse, era una pérdida de tiempo. Su cuerpo se negaba a ajustarse al día de 24 horas [...] Sus horas de vigilia se prolongaban cada vez más, hasta que podía permanecer despierto durante 24, o incluso 36 o 48 horas seguidas. Entonces podía dormir 10 o 12 horas de corrido, y ningún ruido ni alboroto lograba despertarlo”, escribió Li, quien admite que no sabía cuándo había empezado ese patrón, pero que otro médico ya lo trataba por esto a comienzos de la década de 1930, tras dos décadas de lucha revolucionaria antes de la fundación de la República Popular.Para combatir la afección, Mao desarrolló una adicción severa de más de 20 años al amital sódico, un barbitúrico potente. Con el tiempo, su cuerpo generó tolerancia y fue aumentando la dosis de forma alarmante. Li introdujo después el hidrato de cloral líquido, un compuesto sedante, que también le generó dependencia. Además, Mao descubrió que le generaba euforia y le estimulaba el apetito, y llegó a consumirlo antes de recibir delegaciones extranjeras, asistir a reuniones políticas o ir a sus fiestas de baile solo para sentir esa estimulación artificial.El médico le diagnosticó neurastenia, un trastorno del sistema nervioso que provoca cansancio físico y mental sin causa aparente, y encontró la raíz en la política: “La neurastenia de Mao tenía sus raíces en su temor constante de que otros dirigentes de alto rango no le fueran leales y en que había pocas personas dentro del partido en quienes pudiera confiar realmente. Los síntomas se volvían mucho más graves al comienzo de una gran lucha política”.Físicamente, el cuadro se manifestaba en dolores de cabeza, problemas estomacales, picazón, impotencia, crisis de ansiedad y mareos que lo desorientaban en público. Por esto último el protocolo de seguridad interna exigía que un ayudante médico o militar permaneciera siempre de pie junto a él durante sus discursos, caminatas o recepciones, para evitar que colapsara o perdiera el equilibrio frente a las cámaras.“Un tigre nunca se cepilla los dientes”Mao nunca se lavó los dientes. Mantenía una costumbre de su infancia campesina en Hunán: al despertar se enjuagaba la boca con té, masticaba las hojas y tragaba el líquido. Con el tiempo esta práctica devino en una infección periodontal crónica que Li describe así: “Peng Dehuai [líder militar] [...] ya me había sugerido que alentara al Presidente a mejorar su higiene bucal. ‘Los dientes del Presidente parecen estar cubiertos de pintura verde’, me había dicho, y cuando miré dentro de la boca de Mao, vi que sus dientes estaban cubiertos por una gruesa película verdosa. Algunos parecían estar flojos. Toqué ligeramente las encías y salió un poco de pus”.Pese a esto, se negaba a usar pasta dental o cepillo: “No, me limpio los dientes con té. Nunca me los cepillo. Un tigre nunca se cepilla los dientes. ¿Por qué los dientes del tigre son tan afilados?”, respondía a las insistencias. Y sostuvo esa postura toda su vida: la dentadura se le fue ennegreciendo y perdió varias piezas, hasta que, para 1970, ya no le quedaba ningún diente superior trasero.A esto se sumaba el rechazo total a bañarse (dejó de hacerlo en 1950 por considerarlo una pérdida de tiempo): en cambio, hacía que sus asistentes le pasaran toallas húmedas calientes por las noches. Esto fue un problema sobre todo en los años 60 por su intensa vida sexual: tenía numerosas amantes, casi todas muy jóvenes, y era portador asintomático de una enfermedad venérea, a causa de esa mala higiene, que transmitía primero sin saberlo, después, sin importarle. Cuando el médico le sugirió antibióticos e interrumpir los encuentros sexuales, Mao respondió: “Si a mí no me duele, entonces no importa”. Ante el pedido de dejarse higienizar correctamente, contestó: “Me lavo dentro de los cuerpos de mis mujeres”. Li quedó atónito y lo escribió así: “Me dio asco. Las indulgencias sexuales de Mao, sus delirios taoístas, su forma de ensuciar a tantas mujeres jóvenes, ingenuas e inocentes, eran casi más de lo que podía soportar”. La única opción, siempre bajo secreto de Estado, fue que un grupo de confianza esterilizara en secreto sus sábanas y toallas. Aun así, Mao fue portador activo de la infección toda su vida y más tarde contrajo también herpes genital.Un gobernante de gran crueldadPara Li, el verdadero declive de salud de Mao empezó en 1971, con el supuesto intento de golpe de Estado de su colega, Lin Biao, uno de sus principales aliados sobre todo durante la Revolución Cultural, que se inició en 1966 para purgar a los opositores políticos del Partido Comunista y que se extendió hasta la muerte del líder. Según la profesora Jung Chang, autora junto al historiador Jon Halliday de una biografía de Mao publicada en 2006, “Mao Zedong provocó la muerte de 70 millones de chinos en tiempos de paz”. Esto lo convierte en el mayor genocidio de la historia, aunque algunos especialistas prefieren hablar de “democidio” (como explica Amnistía Internacional, el democidio es un término más amplio que abarca cualquier asesinato masivo cometido por un gobierno, mientras que el genocidio se limita específicamente a la destrucción intencional de un grupo nacional, étnico, racial o religioso). La cantidad de muertes que se le atribuyen a su régimen supera incluso a otros líderes criminales de la historia como Iósif Stalin y Adolf Hitler.Además de la Revolución Cultura antes fue “El Gran Salto Adelante” (1958-1961), una campaña para modificar la economía agrícola en poco tiempo, que costó la vida a 30 millones de personas, la mayoría, niños menores de 10 años que murieron de hambre, bajo la promesa de una rápida industrialización y colectivización. El Estado hacía creer que se producía mucho, que había excedentes de granos y comida, pero en realidad había cada vez menos alimentos para los campesinos.En 1959, el entonces ministro de Defensa, Peng Dehuai, criticó esto públicamente. Mao lo destituyó y puso en su lugar a Lin Biao. Para 1969 lo nombró su sucesor, pero pronto empezó a tener más control sobre buena parte del ejército y a conseguir aliados propios dentro del Partido: un poder creciente que Mao leyó como una amenaza. Para 1971, Lin veía con temor la desconfianza del general: estaba seguro de que estaba preparando una purga contra él y su entorno. Mientras, en el gobierno sostenían lo contrario: que Lin planeaba un golpe contra Mao (el “Proyecto 571”) con intención de asesinarlo, aunque los historiadores dudan de ese complot. En la noche del 12 de septiembre, Lin abordó un avión junto a su familia para huir, pero murieron al estrellarse en Mongolia.A ese episodio de sospechas, alianzas rotas y posibles traiciones se refería el médico cuando dijo que ese año empezó a empeorar la salud de Mao.El momento más cercano a la muerteEnseguida Mao cayó en una depresión: “Se recluyó en su cama y yacía ahí todo el día, diciendo y haciendo muy poco. Cuando se levantaba, parecía haber envejecido. Sus hombros se encorvaron y se movía lentamente. Caminaba arrastrando los pies. No podía dormir”, describió.El cuadro se agravó: “Su presión arterial, normalmente de 130 sobre 80, se disparó a 180 sobre 100. Sus piernas y pies se hincharon, especialmente a la altu

Fuente: La Nación