Marcos Dalmazo tiene 27 años y pertenece a la tercera generación de una familia citrícola de Villa del Rosario, bien dentro del cordón productivo del noreste entrerriano. Trabaja junto con su abuelo, su padre y su hermano: en familia producen naranjas y mandarinas, cuentan con un empaque propio y además participan de las entidades gremiales del sector.
Es joven, emprendedor y recibe a Bichos de Campo en un lote de plantas nuevas. “Hay recambio”, pensamos de inmediato. Pero también al instante advertimos que esa decisión parece desafiante en una actividad agropecuaria atravesada actualmente por precios deprimidos, altos costos y una progresiva desaparición de productores y empacadores.
Las plantas que nos rodean en ese lote nuevo tienen cuatro años y recién comienzan a entregar sus primeros frutos. Se trata de una naranja de la variedad Midknight, caracterizada por tener pocas semillas o ninguna cuando se evitan las polinizaciones cruzadas.
Este monte de cítricos permite entender una de las principales dificultades de la citricultura: entre la decisión de invertir y la obtención de la primera cosecha transcurren varios años. Y todavía deberán pasar algunos más hasta que las plantas alcancen su máximo potencial productivo y comiencen a amortizar la inversión realizada por el productor.
-¿No te da miedo plantar ahora una variedad y descubrir, cuando comienza a producir, que ya pasó de moda?
-Eso es lo que siempre nos planteamos. Lo que estoy plantando hoy tiene que ser rentable dentro de diez años, cuando llegue a su mayor época productiva- nos respondió Marcos.
Mirá la entrevista:
Hay estrategias para minimizar esos riesgos. La familia Dalmazo produce distintas variedades de mandarinas y naranjas para poder trabajar prácticamente durante todo el año, estirando la actividad de cosecha y la presencia en los mercados. La campaña de mandarinas comienza en febrero y se extiende hasta diciembre. Con las naranjas sucede algo similar: arrancan con las variedades tempranas, continúan con las de ombligo y finalizan con las denominadas “naranjas de verano”.
No se trata solamente de satisfacer los gustos del consumidor. Sucede que ninguna fruta podría permanecer ocho o nueve meses sobre la planta esperando ser cosechada. La diversificación varietal permite escalonar la producción y sostener el trabajo durante el año.
Pero este estrategia también obliga a renovar los montes de modo constante: todos los años un porcentaje. Marcos relata que una planta cítrica tiene una vida útil cercana a los treinta años. Más allá de ese plazo comienzan a decaer los rendimientos y, dependiendo de las condiciones del suelo, puede resultar conveniente erradicar el lote y comenzar otra vez.
Eso significa desmontar las plantas viejas, preparar el terreno, comprar los plantines, elegir una variedad, implantarla y cuidarla durante cuatro años antes de obtener los primeros kilos. En ese lapso hay que controlar hormigas, conejos y liebres; fertilizar; manejar las malezas y garantizar el suministro de agua.
El lote que mostró Marcos cuenta con riego por goteo. Aunque tiempo atrás no era habitual encontrar sistemas de riego en los montes citrícolas entrerrianos, la recurrencia de las sequías empujó a muchos productores a realizar esa inversión. El joven se ha especializado tanto en ello que hasta comercializa por su cuenta algunos equipos.
La sequía de 2021/22 fue una advertencia. Según el productor, quienes no contaban con riego estuvieron expuestos a perder prácticamente toda la producción. Además, el sistema permite aplicar fertilizantes directamente en la zona de las raíces, con mayor eficiencia y menor dependencia de las condiciones meteorológicas que una aplicación foliar.
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Cada una de esas decisiones demanda dinero. Pero el problema central, explicó Marcos, es que los citricultores no pueden fijar el precio de su producción. Son las leyes del mercado y ellos quedan sujetos a la oferta que ha veces es excesiva para una demanda que muchas veces paga precios que no alcanzan a reconocer los costos de producción. Es lo que está sucediendo esta temporada.
“Hasta hace unos meses, algunas variedades de mandarina se estaban vendiendo por debajo de lo que necesitábamos para cubrir el costo por kilo”, confirmó el joven productor.
Entre esos costos, en la citricultura la mano de obra tiene un peso decisivo. Tanto la cosecha como buena parte de las tareas realizadas en el empaque son manuales.
Dalmazo no quiere ser confundido con un empresario explotador ni nada parecido. Por eso aclara: “No es que la mano de obra sea cara. Cuando nuestro producto no vale, la mano de obra se vuelve cara. Si la fruta valiera lo que tiene que valer, ese gasto estaría dentro de los costos”, explicó.
A los salarios se suman la electricidad, el riego, los fertilizantes, el gasoil, los tratamientos sanitarios y el trabajo con tractores y otras máquinas. El margen se estrecha hasta comprometer no sólo el resultado de la campaña actual, sino también la cosecha siguiente.
Mientras hablaba con Bichos de Campo, Marcos señaló una pequeña flor sobre una planta: “Esta flor ya la estamos preparando para la campaña que viene. Va a terminar siendo una naranja en 2027. Por eso necesitamos que la producción actual nos deje lo suficiente para cuidar la campaña siguiente”.
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Ese desfase ayuda a responder una pregunta que los productores escuchan con frecuencia cuando la actividad entra en crisis, sobre todo en rondas de conversación entre pibes de la ciudad, y mucho más ahora si están ligados a las fuerzas libertarias: si la citricultura no es rentable, ¿por qué no dejan de producir otra cosa?
Para Marcos, esa pregunta ignora la naturaleza misma de los cultivos perennes. “Llevamos cuatro años invirtiendo y tenemos otros diez por delante para llegar a la plena producción. No podemos tirar la lona y decir: ‘Bueno, este año me dedico a la ganadería o a otra cosa’”, señaló.
La crisis, además, no comenzó ayer. Su familia es productora y empacadora, pero esa integración se volvió cada vez menos frecuente en Villa del Rosario. Cuando Marcos era chico, buena parte de los productores tenía su propio galpón de empaque, donde recibía su propia fruta, la limpiaba, clasificaba y acondicionaba antes de colocarla en cajones y enviarla a los mercados mayoristas.
“Hace quince o veinte años todos los productores tenían su propio empaque. Después, por los bajos precios y los problemas laborales, de cada diez galpones quedó solamente uno. Antes eran productores y empacadores; ahora, empacadores quedan muy pocos”, describió el joven.
Contar con un empaque propio ofrece una ventaja: permite priorizar la cosecha de los montes de la familia y reduce el riesgo de que una variedad quede sin levantar. Cuando la capacidad lo permite, el establecimiento también recibe o compra fruta de terceros. Pero instalar hoy un galpón, adquirir la maquinaria necesaria y sostener su funcionamiento demanda una inversión que, según Marcos, resulta “casi imposible” para alguien que pretenda comenzar desde cero.
Otro destino posible de la fruta es la industria juguera, que generalmente funciona como salida para la fruta de menor calidad comercial. Sin embargo, su comportamiento es muy cambiante. Dalmazo recordó que en 2023 el precio internacional del jugo de naranja alcanzó niveles excepcionalmente altos. El avance del HLB y diversos episodios de sequía e inundación redujeron la producción en Estados Unidos, México y Brasil. Frente a esa escasez, la industria demandó más fruta y, durante un breve período, enviar naranjas a las fábricas resultó incluso más conveniente que venderlas en el mercado fresco.
Pero esta etapa de bonanza duró poco. Con la recuperación parcial de la oferta internacional, los valores volvieron a caer y la industria recuperó su papel secundario. Ahora la cosecha y el transporte hacia ese destino ya no siempre resulta conveniente.
La integración de toda la cadena -producción, empaque y comercialización mayorista- permitiría conservar los márgenes que se pierden en cada intermediación. Pero exige un capital que está fuera del alcance de la mayoría de los productores pequeños y medianos.
Habiendo crecido en las quintas, entre naranjos y mandarinos, Marcos conoce perfectamente los riesgos. Sabe que una helada o una granizada pueden destruir en pocas horas el ingreso esperado durante todo el año. En esos momentos se pregunta qué habría ocurrido si hubiera elegido estudiar otra carrera y hubiese conseguido un trabajo con salario fijo.
Al terminar la escuela secundaria, su padre reunió a los hijos y les planteó dos caminos. Si querían estudiar y seguir otra profesión, podían hacerlo. Si decidían incorporarse a la empresa familiar, también tendrían un lugar. Marcos eligió quedarse. “Quizás, si nosotros nos hubiéramos ido a estudiar, mi viejo no habría podido seguir solo. En nuestra empresa está mi abuelo, está mi papá y estamos mi hermano y yo. Siempre fue un trabajo familiar”, contó, sin lamentarse.
Sabe que aquella decisión tiene recompensas que no aparecen en ninguna planilla económica: trabajar junto con los suyos, continuar la historia familiar y observar el crecimiento de una empresa construida a partir del esfuerzo compartido.
Por eso, cuando se le pregunta qué se necesita para ser citricultor, Marcos no habla de mercados, rindes ni de crisis. Su respuesta es mucho más directa: “Citricultor no se hace: se nace”.
Agro & Campo
Con solo 27 años, Marcos Dalmazo brinda una clase magistral sobre citricultura y explica por qué no se puede resolver la crisis arrancando los árboles y cambiando de actividad, como proponen algunos políticos
Fuente: Bichos de Campo