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Sara Luisa del Carril: “El de este libro es un Borges especial, porque es un Borges fácil”
Quizás el mejor homenaje a Jorge Luis Borges en el 40° aniversario de su muerte haya tomado, otra vez, la forma de un libro. Ese libro es de Borges: en Conferencias reunidas 1960-1985 (Sudamericana), al cuidado de Sara Luisa del Carril, que fue su editora en Emecé desde 1977 hasta el año de su muerte, antes de la transnacionalización del sello argentino, reaparecen la voz del autor de Ficciones y los temas que lo apasionaron: la poesía gauchesca y la literatura fantástica, Spinoza, Israel y el Libro de Job, Shakespeare, Camoens y la amistad. Del Carril -que trabajó en el histórico sello nacional donde Borges publicó sus libros de cuentos, poemas y ensayos- había preparado el libro años atrás, con la colaboración de la profesora y escritora Mercedes Rubio, y lo reencontró en el ropero de su casa. Estaba listo para ir a la imprenta desde 2005. “Es muy especial, ¿no?, porque es un Borges fácil”, dice a LA NACION. La bibliografía preparada por Nicolás Helft a finales de la década de 1990 –con 2700 entradas– les sirvió de guía. “A partir de entonces, nosotras encontamos 750 textos de los mencionados por él e hicimos siete libros: los tres tomos de Textos recobrados; Borges en El Hogar, Borges en Sur, El círculo secreto, que son prólogos, y un libro entre Borges y Bioy, que se llama Museo. Todos salieron en Emecé. En 2005, él me dijo que quería hacer un libro sobre Dante y otro sobre el Quijote”.“Me preguntó, ¿por dónde empezamos?, o sea que me dejó la decisión –recuerda–. Qué responsabilidad, pensé. Le dije: ‘Empecemos por Dante’ y así salió Nueve ensayos dantescos. Pero quedó el libro del Quijote por hacer. Yo ya estaba jubilada, Emecé había sido vendida a Planeta, pero hicimos con Mercedes el libro del Quijote que consistió en reunir todos sus textos sobre Cervantes y el Quijote. Todavía no volvió a reeditarse”. Después salieron los libros de juventud de Borges que, mientras vivía, no quiso relanzar: Inquisiciones (1925), El tamaño de mi esperanza (1926) y El idioma de los argentinos (1928).–¿Cómo surgió Conferencias inéditas (1960-1985)? –Cuando los derechos de Borges pasaron a Random House, nosotras ya no teníamos nada que ver. Ahora surgió porque estaba arreglando mi ropero y apareció el original y me dije a mí misma: ¿por qué no ofrecerlo? Todas las conferencias estaban editadas, pero no reunidas en un libro. En España, que salió en el sello Alfaguara, cayó muy bien, con muchas ponderaciones en la prensa. Para ellos es leer a un Borges hablado. Aquí creo que la gente también lo recibió muy bien.–Vos y Mercedes aparecen mencionadas como responsables de la edición. ¿En los otros libros que salieron en Sudamericana se consignan sus nombres? –No. En un momento dado desaparecimos como fantasmas. –¿Por decisión de María Kodama?–No puedo decir de quién fue la decisión, pero la verdad es que María tomaba todas las decisiones. Ella hizo modificaciones cuando tenía ganas.–¿Tenían buena relación?–El último contacto que tuve con ella, con quien trabajé veinte años, fue en la pandemia; primero fue un contacto telefónico y después salimos a almorzar. La llamé porque unos ingleses querían autorizar la publicación de un cuento de Borges y necesitaban su visto bueno. Estuvimos un mes entero hablando del tema y al final lo autorizó y pudieron publicar el cuento en un libro sobre la inteligencia artificial. Ella era muy especial, por ahí te decía que sí, por ahí te decía que no y vos no sabías por qué. No te diría que éramos amigas ni que todo era maravilloso. María era una persona difícil. No por cuestiones económicas, ni editoriales. Para mí estaba muy a merced de lo que le dijeran. Y la influencia podía ser para un lado, para el otro.-¿Sabías que tenía un hermano y cinco sobrinos?-Sí, por casualidad. Uno de los chicos de Emecé se encontró con la familia Kodama en la carpa de al lado en la playa, en Mar del Plata. El otro día, en la presentación del libro, conocimos a su sobrina María Victoria que con nosotras fue muy agradable, muy cariñosa.-En Emecé vos trabajaste con Carlos V. Frías, el histórico editor de Borges. -Yo entré en la editorial en 1972, como secretaria de Frías. Él fue quien me enseñó a trabajar. Me enseñó a responder correspondencia, qué es lo que tenía que responder y cómo, lo que había que hacer en cada caso. Era un editor extraordinario. Había traducido la obra de Arnold J. Toynbee para Emecé y con Borges se entendían muy bien; los dos tenían mucho sentido del humor.-En el Borges de Bioy no queda muy bien parado.-Ah, bueno, pero eso no lo podés evitar. Eso siempre va a pasar. Y con Adolfito [Adolfo Bioy Casares] también se llevaba bien. Frías tenía una paciencia de locos, porque él le buscaba todo a Borges. Lo que a Borges se le ocurría inventar y lo real, porque había de las dos cosas. Suponete que tenían que tenían un texto y necesitaban atribuirlo a alguien, lo inventaban ahí mismo con la enciclopedia al personaje. El personaje, el título, esto y lo otro. Entre los dos inventaban y fabricaban al autor. Otras veces el autor existía y había que rastrearlo y buscarlo a fondo. Se divertían en eso.-¿Cuándo seguiste vos con su obra?-No recuerdo cuándo se retiró Frías, pero yo ya venía haciendo los libros, ya venía haciendo la poesía y las obras completas en colaboración, que las hice todas, hablando mucho con las colaboradoras de Borges, de las que me hice muy amiga. Tuve relación con todas ellas: Alicia Jurado, María Esther Vázquez, Esthercita Zemborain, Betina Edelberg, Margot Guerrero. -¿Trabajaste más con ellas que con Borges en ese caso?-Sí. Ellas sabían todas lo que querían. Todas sabían de sus ediciones lo que les interesaba que estuviera, que no se quitara, que se conservara. Lo habían ayudado en todas esas ediciones, entonces sabían muy bien lo que querían. Él dio el visto bueno y me dictó a mí la solapa de las obras en colaboración. Lo estoy oyendo: “Estas obras completas me complacen, no, no puede ser completas y complacen”, y empezaba de nuevo. No me voy a olvidar más de eso. -¿Dónde era?-A veces en su casa, a veces en la editorial, en la calle Carlos Pellegrini. Le tomaba el dictado de poemas. Yo lo acompañaba en la calle y la gente lo paraba mucho; le decía “maestro, maestro”, y él les decía: “Dígame Borges”. No quería que le dijeran maestro, pero cuando yo le tomaba el dictado era realmente un maestro porque te enseñaba a escribir de una manera rápida y efectiva. Retenía en su memoria la frase, lo que quería poner, y después te interrogaba; “Dígame, puse tantos adjetivos, dos adjetivos, tres adjetivos, hice esto, hice aquello, dónde está el año, dónde el complemento ubi al principio de la oración, dónde está tal cosa”, así te iba enseñando a escribir. Era impresionante. Un ratito de dictado y aprendías un montón. -¿Cómo fue la búsqueda de las conferencias?Mercedes Rubio: -Fue bastante azarosa, sobre todo en algunos casos. Para mí fue una experiencia totalmente enriquecedora, era la primera vez que editaba. Nunca tuvimos ningún problema con Sari; nos repartíamos el trabajo.-¿Tuvieron dificultades para encontrar los textos?-Tuvimos dificultad para encontrar todo. Por el orden cronológico, no podías cerrar el libro si no encontrabas el texto que faltaba. Los encontramos en bibliotecas, en colecciones privadas, con gente que se acercaba y nos ofrecía los originales publicados en revistas. Rubio: -Ibas a un lado y no estaba, ibas al otro y no estaba. Cuando teníamos que empezar a buscar la revista Obra que es de 1930, solo sabíamos que tenía que ver con el transporte, así que me fui al Ministerio de Transporte, al Museo Ferroviario, y no estaba. Y al final apareció alguien que nos dijo que debiera estar en la Biblioteca Nacional. -A veces estaba la página del texto arrancada. Mercedes iba con su cámara de fotos para fotografiar las páginas. Tuvimos que pedir una entrevista con Josefina Delgado, para que me permitieran entrar con mi máquina de fotos en la Biblioteca Nacional. Los de Obra eran once textos; Borges dirigía esa revista. Después había otra gente que se acercaba. Por ejemplo, el hermano de Mirtha Legrand, José Martínez Suárez, que era una delicia de persona, nos invitó a su casa y nos trajo un artículo relacionado con el cine. O Annick Louis que mandó un prólogo por fax desde Francia.-¿Él no fue un gran archivista de su obra o sí? -No, no, pero los tenía en la memoria, porque él, cuando hicimos Nueve ensayos dantescos, se plantó en Emecé y dijo “busquen tal cosa, tal cosa, tal cosa, tal cosa”. Y mencionó todos los textos de Dante que quería y los tenía todos en su cabeza. No tuvo nunca a nadie que lo asistiera en nada. Era la gente de buena voluntad que se acercaba; por eso tenía todas esas amigas que lo ayudaban. -¿Corregía mucho? -Borges corregía constantemente. De una edición a otra corregía y corregía y corregía, siempre. Pedía la frase distinta o una coma o un punto o lo que fuera. -¿Pensabas que se iba a morir en Ginebra?-Sí, porque cuando él vino a vernos antes de viajar se despidió. Todo el mundo sabía que él estaba enfermo, que tenía el cáncer y que el médico ya le había dicho que le quedaba poquito tiempo de vida. O sea que era algo más o menos que ya todos los que estaban alrededor lo sabían. Él nunca comentó que quería volver a Ginebra, pero tomó esa decisión y después, cuando llegó allá, pidió que le buscaran un departamento en la ciudad vieja, donde quería vivir, como cuando era chico. Y lo primero que hacen es viajar a Ginebra, donde Borges aprendió francés y un poco de latín. Nunca se recibió del bachillerato, pero él contó que el padre le dijo que tenía que seguir preparándose. Cuando fue a España, estudió latín con el cura del pueblo. Desde su juventud, cuando sale de Ginebra, ya era de avant-garde y se declara comunista. Cuando lo invitaron de la Universidad de Texas en la década de 1960, en Emecé tuvimos que ayudarlo a tramitar la visa porque no se la querían dar: hubo que explicarles a los estadounidenses que eso había pasado hacía décadas y que Borges no era comunista
Fuente: La Nación