El odio como motor

Hay múltiples dimensiones para pensar la pasión por el odio que ha ganado terreno en nuestras sociedades contemporáneas. En primer lugar, su forma más obvia, su utilización como un arma política. Se trata de una emoción utilizada por líderes de diverso origen como un aglutinante de lealtades políticas. A sociedades disgregadas en términos de identidad y de propósito les resulta tentador congregarse alrededor de una pasión común en contra de algo. Es que el odio no suele ser un fin, sino un medio del poder. Y cuanta menos cohesión positiva tiene una sociedad, cuanto menos desarrollado su destino común, más vulnerable se torna a una cohesión negativa de este tipo.El efecto del odio sobre este tejido ya debilitado es siempre nefasto. Una democracia de calidad descansa en la posibilidad de encontrar matices, de ver la totalidad de lo que existe como un cuadro diverso, y no como algo que necesita ser reducido a solo un aspecto. La violencia profunda del odio pasa por la negación de la diversidad, por la reducción del otro a un solo rasgo, elegido precisamente porque lo vuelve odiable. Donde la democracia necesita que el otro tenga espesor, el odio necesita que sea plano.Pero si más allá de sus efectos intentamos focalizarnos en el origen de esta pasión, podemos pensar que el odio no es un exceso de emoción, sino un déficit de percepción. En efecto, hay emociones que agregan mundo y emociones que lo sustraen. El amor, la curiosidad, incluso la tristeza, aumentan la resolución de lo real: obligan a ver matices, a distinguir, a demorarse en el detalle. El odio opera en sentido inverso. Es una forma degradada de mirar el mundo, que borra sus matices y aplana la percepción, y que ofrece a cambio una ilusión de pertenencia a quienes carecen de ella.Para odiar hace falta simplificar primero. Ningún ser humano real, con sus contradicciones, sus razones parciales y su humanidad compartida puede ser odiado por completo. Por eso el odio no trabaja con personas: trabaja con imágenes. Fabrica una versión plana del otro, una silueta sin espesor, descarga sobre ella lo que no tolera de sí, y es a esa silueta —no a la persona— a la que odia. El odio trabaja a partir de una irrealidad profunda: no ve lo que existe, sino que tiñe y reduce lo que existe a su núcleo confirmatorio. Es una emoción que sale a la caza de su propia validación.Hay aquí una precedencia del odio frente a lo odiado: no nace de sus destinatarios, sino que los busca y, si no los encuentra, los inventa. En su origen es una forma extrema de ceguera, algo que sale sin ver, a tientas, a fabricar su objeto, y que una vez que lo alcanza, no lo suelta. Un odio sin objeto es el más peligroso de todos: cualquier destinatario puede servirle.Y si hace un siglo este mecanismo era artesanal, hoy es una industria. Las plataformas digitales no son un canal que el odio encontró providencialmente disponible: son un dispositivo que lo produce, porque fabrican en serie el insumo que necesita: siluetas simplificadas, enemigos de bolsillo, caricaturas listas para el desprecio. El odio contemporáneo ya no sale a tientas a buscar su objeto: se lo entrega directamente su algoritmo.Por eso una sociedad en la que prima el odio no es, en rigor, una sociedad en conflicto: discute con caricaturas, no con personas. Y por eso el antídoto no puede ser únicamente moral. Al odio no se lo combate solo con virtud: se lo combate con democracia, diversidad, tolerancia y complejidad. Cada vez que una comunidad restituye espesor a su conversación —cuando distingue en lugar de agrupar, cuando pregunta en lugar de sentenciar, cuando le devuelve al adversario su condición de persona— le está quitando al odio su materia prima. Es un trabajo lento, pero es el único que ataca la raíz: devolverle al mundo su relieve y volver a ver.

Fuente: La Nación