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La casona centenaria escondida de Palermo, encargada por Sarmiento y usada por Carlos Thays, que busca recuperar su época dorada
A pocos metros del tránsito constante y la vorágine característica de la Avenida Santa Fe, una construcción de ladrillos rojizos parece detenida en el tiempo. Sus pequeños torreones, que evocan la silueta de un castillo inglés, emergen entre palmeras, magnolias y tipas centenarias. Desde hace 145 años, la casona observa en silencio las transformaciones de una ciudad que creció a su alrededor. Mucho antes de que el público ingresara al Jardín Botánico, el edificio ya formaba parte de la historia de Buenos Aires. Fue proyectado por el ingeniero militar de origen polaco Jordan Wysocki, convocado por Domingo Faustino Sarmiento, para colaborar en el desarrollo de los espacios verdes urbanos, y levantado en 1881. Su arquitectura, revestida en ladrillos rojizos y coronada por cuatro torreones en las esquinas, constituye uno de los ejemplos más singulares de la arquitectura ladrillera del período. Concebida originalmente con amplias salas en planta baja y habitaciones comunicadas por grandes arcos en el nivel superior, la casa fue pensada para adaptarse a distintas funciones administrativas y residenciales. Múltiples vidas A lo largo de su historia, el edificio tuvo múltiples vidas. Entre 1882 y 1894 funcionó como sede del Departamento Nacional de Agricultura. Más tarde albergó al Museo Histórico Nacional y, hacia fines del siglo XIX, se convirtió en sede de la Dirección de Paseos Públicos. Fue entonces cuando la historia de la casona quedó estrechamente vinculada a la figura de Carlos Thays. Desde allí el paisajista francés desarrolló parte de su trabajo vinculado con la administración de los espacios verdes porteños e impulsó la transformación del sistema de parques y paseos de Buenos Aires. Durante décadas circuló la versión de que Thays habría vivido en la casona junto a su familia. Pese a que no existen registros oficiales que lo confirmen, sí está documentada la estrecha relación entre el edificio y la gestión del urbanista, cuya obra dejó una marca decisiva en la identidad urbana de la ciudad.Una pieza de la historia porteña El 7 de septiembre de 1898 el Jardín Botánico abrió sus puertas al público. Para ese entonces, la casona llevaba casi dos décadas formando parte de la historia porteña.Con el paso del tiempo, el edificio permaneció en pie mientras Palermo dejaba atrás su carácter periférico para convertirse en uno de los barrios más dinámicos de Buenos Aires. La residencia fue testigo de transformaciones urbanas, cambios institucionales y nuevas formas de habitar el espacio público.Hoy, detrás de andamios y cercos de obra, la casona atraviesa una de las intervenciones más importantes de su historia reciente. La restauración integral pertenece a un programa de recuperación patrimonial impulsado por el gobierno porteño. Durante la presentación de la iniciativa, el ministro de Espacio Público e Higiene Urbana, Ignacio Baistrocchi, destacó el valor del lugar: “Este increíble espacio verde es considerado uno de los mejores jardines del mundo y es una obligación para nosotros preservarlo. En los últimos meses, restauramos las esculturas invaluables que hay entre los senderos. La casona es otro lujo arquitectónico e histórico, y es un honor hacernos cargo de su recuperación”. El proyecto contempla la restauración del interior y del exterior, la recuperación de carpinterías y fachadas, la incorporación de accesibilidad mediante un ascensor y la creación de nuevos espacios de uso público. Identidad arquitectónica y técnicas (casi) desaparecidas Uno de los principales objetivos del proyecto es preservar la identidad arquitectónica del edificio, adaptándolo al mismo tiempo a nuevos usos. En ese sentido, el subsecretario de Paisaje Urbano, Juan Vacas, explicó: “La idea es conservar la estructura original, es decir, que la distribución va a quedar igual, pero lo que se modifica un poco es la funcionalidad”. Y agregó: “En la planta baja se incorpora un café de concesión privada, mientras que en la planta alta se instalará un ascensor que permitirá conectar los pisos y garantizar condiciones de accesibilidad”. Los trabajos encarados en estos meses permitieron redescubrir técnicas constructivas prácticamente desaparecidas. Entre ellas aparece el graneado, un procedimiento artesanal utilizado a fines del siglo XIX para imitar maderas nobles sobre superficies más comunes y lograr una apariencia uniforme. Durante la restauración se hallaron vestigios de esta técnica en carpinterías originales, un estilo poco frecuente en Buenos Aires. Otra de las novedades incorporadas al proyecto es la utilización de nano silo, un consolidante para ladrillos empleado en restauraciones europeas y utilizado en contadas intervenciones en la Argentina. El producto permite reforzar sectores degradados sin alterar el aspecto original de la fachada.La intervención también redefine algunos usos interiores sin cambiar la esencia del edificio. La planta baja albergará un centro de interpretación y un café abierto al público, mientras que el primer piso se destinará a actividades culturales y educativas. Durante una recorrida por la obra, Vacas adelantó: “Va a haber una gran biblioteca, porque el Botánico tiene una muy grande, y se colocarán en la pared planos originales de Carlos Thays, dibujos en acuarela que estaban guardados y ahora serán exhibidos. También habrá un herbario con la colección del jardín. En la parte contigua se trasladará la oficina del director, que será la única área privada”. Desde el Ministerio de Espacio Público e Higiene Urbana precisaron que desde el comienzo de la obra a esta parte las tareas se orientaron en: la incorporación del ascensor interior, la restauración de una de las escaleras y de las carpinterías, la adecuación de los baños, el tratamiento y pintura de todas las superficies interiores, y la incorporación de mobiliario en la planta alta. En estos momentos, continúan los trabajos de restauración de la fachada y los refuerzos estructurales en la planta alta y en las torretas.En paralelo, avanzan los trabajos sobre el sendero principal del Jardín, con el objetivo de mejorar las condiciones de accesibilidad y circulación. Cabe destacar que el sendero estaba hecho de granza, una piedra partida de tamaño pequeño que no supone una superficie apta para la circulación de personas con movilidad reducida. Por ese motivo, según explicaron a LA NACION, la nueva materialidad brinda una superficie estable, continua y segura, compatible con los criterios de accesibilidad universal, y facilita el desplazamiento de usuarios de sillas de ruedas, adultos mayores y otras personas que requieren condiciones adecuadas de circulación. Además, suma elementos podotáctiles que brindan orientación y referencias táctiles a quienes tienen discapacidad visual. Un oasis verde en el corazón de Palermo Con sus casi 78.000 metros cuadrados, sus cerca de 500.000 especies vegetales y sus más de 30 obras de arte, entre esculturas, fuentes y monumentos, el Jardín Botánico fue declarado Monumento Histórico Nacional en 1996. Desde entonces cumple un rol estratégico como infraestructura verde urbana: contribuye a la regulación térmica, la absorción de agua de lluvia y la conservación de biodiversidad. La subsecretaria de Ambiente porteño, Natalia Persini, aseguró que la puesta en valor de la casona muestra una forma de gestión que integra patrimonio, espacio público y ambiente, fortaleciendo tanto el patrimonio histórico como la resiliencia climática de la Ciudad. “La importancia de nuestro Botánico como pulmón verde se debe a las toneladas de carbono que almacena en los troncos de sus árboles y las toneladas de dióxido de carbono y de polvo en suspensión que toman y absorben los árboles a través de sus hojas”, explica Graciela Barreiro, directora del predio. Puesto en el mapa de los grandes jardines urbanos, el porteño ocupa un lugar particular. Los jardines botánicos más parecidos por la ubicación son el Real Jardín Botánico de Madrid, el Jardín Botánico de Curitiba en Brasil y la sede principal del Jardín Botánico de Denver, Colorado, ubicada en la ciudad.Se trata de uno de los espacios verdes más emblemáticos de Buenos Aires. En sus siete hectáreas conviven colecciones de flora argentina y especies de bosques templados de distintos continentes, incluidos ejemplares arbóreos únicos en Buenos Aires y en el país. En pleno tejido urbano, este entorno natural constituye además un ámbito privilegiado para la investigación aplicada sobre flora, la capacitación docente, la educación ambiental y la conservación de la biodiversidad. Esa combinación de patrimonio histórico, riqueza natural y producción científica explica por qué la restauración de la casona trasciende la recuperación de un edificio: representa una nueva puesta en valor de uno de los espacios públicos más singulares de la ciudad.
Fuente: La Nación