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El giro por Malvinas. Entre la oportunidad y la ilusión de una intervención trumpista
Mare nostrum. “Si usted me pregunta, para mí en las Malvinas no hay petróleo en cantidades suficientes para hacer explotación comercial”. Guillermo González había llegado a esa conclusión a mediados de 1995, después de haber sido el negociador principal de la Cancillería para alcanzar el único acuerdo formal que se firmó con el Reino Unido. Durante más de un año se había reunido en forma secreta con su contraparte británica en distintas ciudades del mundo, de Bogotá a Yakarta, de Seúl a Nairobi, para pulir el documento que significaba un cambio profundo en la relación bilateral. Esa declaración estableció una zona específica de 21 000 km² al sudeste de las islas, donde ambos países cooperarían para fomentar la exploración y explotación de hidrocarburos. Todo bajo la protección del paraguas de la soberanía a partir del cual se habían reestablecido las relaciones.Era la primera vez después de la guerra que la Argentina lograba un reconocimiento de parte de Londres de algún tipo de derecho sobre las aguas circundantes. Como contrapartida, se aceptaba implícitamente que los isleños podrían lanzar licitaciones en otras áreas, muy urgidos ante un cuadro económico complejo en ese momento. “Los kelpers iban a avanzar de todos modos, así que fue un logro arrancarles esta concesión”, admitían entonces en Cancillería. Todavía no había despegado la pesca ni el turismo, que con los años se transformarían en los pilares de la economía local.El acuerdo nunca prosperó y en la zona conjunta no hubo ningún tipo de desarrollo. Pero los isleños sí empezaron una intensa tarea para capitalizar las otras áreas de exploración. En 2007, Néstor Kirchner decidió cancelar el pacto, al entender que “no tuvo ventaja alguna para nuestro país, exponiéndolo por el contrario a continuas medidas unilaterales ilegítimas por parte del Reino Unido”, según palabras del entonces canciller Jorge Taiana.Durante años la exploración petrolera isleña solo generó frustraciones, porque no había hallazgos o porque no tenían un potencial que justificara su costosa extracción offshore. La empresa Rockhopper, una de las pioneras en la materia, se había hecho fama en el mundo oil & gas por utilizar su potencial supuesto en Malvinas para capitalizarse, aunque sus perforaciones no fueran tan promisorias. Si bien en 2010 encontró la mayor reserva en la cuenca de Sea Lion, tardó 15 años más en avanzar, porque los costos eran muy altos, los precios de mercado no justificaban y los riesgos jurídicos del conflicto con Argentina disuadían a posibles socios. Hasta que encontró un socio clave en la israelí Navitas y se reactivó el proyecto.En el medio cambiaron dos condiciones clave. La primera, la tecnología evolucionó de modo tal que las perforaciones cobraron mayor precisión y eso permitió contar con una mayor exactitud en la exploración y explotación. González no tenía esa información hace 30 años. La segunda, el precio del barril se elevó sustancialmente en los últimos tiempos, garantizando la rentabilidad del negocio. La expectativa es que a partir de 2028 se empiecen a extraer de Sea Lion 50.000 barriles diarios. Si se cumple esa proyección, la ecuación económica de las islas cambiará definitivamente porque le garantizará la previsibilidad de la que carece. La pesca del calamar Loligo tuvo una mala temporada este año y sembró la alarma por el efecto de la depredación (la venta de licencias representa casi el 60% de los ingresos). Y el turismo de cruceros es oscilante y focalizado en el período estival. El gran temor de fondo que siempre vivieron los kelpers residió en no poder sostener sus propias cuentas (con excepción de la defensa, que asume Gran Bretaña) y que eso lleve a una desconexión progresiva de Londres. El petróleo neutralizaría definitivamente ese fantasma.----------------Carpe Diem. Fueron 72 horas de vértigo insular. Donald Trump, el gran provocador, arrancó el lunes con una frase con su sello: “Siempre reviso todas mis posiciones. Esa es apenas una entre muchas”, respondió ante una consulta sobre la histórica posición de neutralidad de Estados Unidos frente al conflicto entre la Argentina y Gran Bretaña por las islas Malvinas. La reacción de indignación de Londres fue inmediata. Allí la impresión es que el jefe de la Casa Blanca pegó debajo del cinturón para expresar su disgusto por la falta de apoyo militar en Irán y en el presupuesto de la OTAN.En la Casa Rosada, en cambio, la frase fue interpretada como una circunstancia única para cambiar la agenda y capitalizar un tema que siempre les había reportado más disgustos que gratificaciones. Nunca un presidente norteamericano había siquiera balbuceado una posibilidad semejante y, aunque se tratara del inestable Donald, la ocasión era ideal para elaborar un discurso épico.La discusión se dio al día siguiente en la reunión de Gabinete. El canciller Pablo Quirno informó sobre el asunto y se abrió una conversación. Gravitó especialmente la postura de Santiago Caputo, quien entendió que había una oportunidad y trató de guiar la conversación hacia la opción de armar una cadena nacional. Quienes estuvieron allí, coinciden en que Milei no estaba particularmente interiorizado en el tema, pero que se entusiasmó con la propuesta.Entre el asesor y el canciller trataron de darle forma en 48 horas a una serie de iniciativas en las que venían trabajando pero que hasta entonces estaban dispersas, para transformarlas en un discurso presidencial. “Buscamos aprovechar una circunstancia, que fue la frase de Trump. Fue la excusa válida que actuó como disparador para plantarnos sobre el tema”, admite francamente una de las personas que estuvo al tanto de ese movimiento. Milei siempre pareció más atraído por el impacto de la puesta y la sintonía con EE.UU. que por el trasfondo real de los anuncios. Pero en definitiva logró plantarse en un eje temático que siempre le había resultado incómodo.¿Hubo algún guiño o coordinación entre la Casa Rosada y la Casa Blanca para el anuncio? En el Gobierno señalan que en Washington solo “fueron informalmente notificados” para que estuvieran al tanto. Algunos observaron sugestivamente el encuentro que Milei tuvo en Chile, pocas horas antes de grabar la cadena nacional, con la subsecretaria de Estado para la Diplomacia Pública, Sarah Rogers. Pero sí parece claro que la ofensiva de esta semana por Malvinas fue una decisión autónoma, amparada en los gestos previos de Trump.Sin embargo, hay indicios de algunos movimientos subterráneos menos perceptibles. Durante el mismo jueves de la cadena nacional, apenas un rato antes, circuló en ámbitos diplomáticos la versión de que Milei anunciaría una mediación de Estados Unidos en el tema Malvinas, lo que hubiese representado un giro histórico. El rumor era falso, pero su composición tenía algún sentido. Desde hace un tiempo hay un canal informal, a través de la línea de inteligencia, que trabaja con el objetivo de que en algún momento Trump haga un pronunciamiento que rompa el status quo. La expectativa de máxima es que anuncie su voluntad de intervenir entre la Argentina y Gran Bretaña, como un modo de apuntalar la campaña electoral de Milei. Una especie de reversión del tuit de Scott Bessent del año pasado. De ahí para abajo, hay distintas variantes de menor voltaje.En el Gobierno reconocen estas conversaciones reservadas, “no diplomáticas”, pero admiten que “a priori la idea de la mediación no parece factible”. Afirman que sí están intentando que Estados Unidos incida en la presión que buscan ejercer sobre las empresas que operan en Malvinas, tanto en el sector petrolero, como en otras actividades. En definitiva, que la Casa Blanca se involucre en la nueva estrategia adoptada esta semana. Nunca será parte de las conversaciones oficiales, ni del discurso de Milei. Se mantendrá como un backchannel informal. Por ahora no pasa de ese nivel de conversación y de la categoría de expectativa. En Washington hacen silencio.Quienes conocen el entramado de Westminster aseguran que jamás una propuesta de ese tipo pasaría por el filtro del Parlamento británico por el lobby kelper y la influencia sobre un grupo de legisladores de la Falkland Island Company, empresa que históricamente manejó la economía y la vida política de las islas (y que curiosamente tiene como accionista minoritario desde 2017 al empresario argentino Eduardo Elsztain).Tampoco es fácil decodificar las señales que llegan desde Washington, porque no hay una posición uniforme. El Pentágono es el más activo en el tema Malvinas porque entiende que es una herramienta de presión sobre Londres para que aumente su gasto en defensa al 5% del PBI para 2035. De allí partieron las dos filtraciones que advertían sobre un posible cambio en la histórica postura de neutralidad, en abril a la agencia Reuters y la semana pasada al Daily Telegraph. En el otro extremo se ubica el secretario de Estado, Marco Rubio, quien se encargó de relativizar aquellas filtraciones.En el medio está Trump, que parece más enojado por la falta de acompañamiento del Reino Unido en Irán y entonces se suma a la postura del Pentágono, pero sin cruzar la línea de las advertencias. No deja de sorprender que en menos de una semana haya habido una filtración del Pentágono y dos menciones públicas del Presidente sobre el tema Malvinas, cuando nunca fue un tópico en la agenda de la Casa Blanca.Los más escépticos sostienen que una vez que Trump logre que el premier Andy Burnham atienda su reclamo, se dará vuelta y abandonará el tema. Pero de fondo también hay una visión geoestratégica renovada en Washington que apunta esencialmente a garantizar la seguridad hemisférica. Este viraje implica abandonar la lógica horizontal que imperó desde el final de la Segunda Guerra Mundial, que ató a Estados Unidos a la seguridad europea con la vista puesta en la confrontación con la Unión Soviética, y pasar a una lógica vertical para proteger el área de influencia continental, pero ahora en previsión de una disputa global con China.Bajo esta concepción
Fuente: La Nación