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La nueva cruzada de Milei a la espera del milagro
Los milagros son como los chistes: si hay que explicarlos demasiado es que algo no funciona. Javier Milei libra una batalla obsesiva para convencer a los argentinos de que su modelo económico ha triunfado, que su gestión es “la mejor en 100 años de historia” y que solo un relato malicioso financiado por sus enemigos impide valorar números irrefutables que encaminan a la Argentina a ser la principal potencia mundial en la próxima generación. Habla como un profeta de lo evidente. Presenta su teoría libertaria como un legado de Dios y promete que no va a cambiar “un ápice” de sus políticas. Lo repitió esta semana en tres discursos regados de estadísticas convenientes, insultos a los críticos y autoelogios grandilocuentes. El abuso de la hipérbole delata un mensaje hacia la propia tropa, en la que se instala un clima de ansiedad por la demora en que se cumplan los pronósticos de prosperidad derivados del ajuste iniciado hace dos años y nueve meses. El propio ministro de Economía, Luis Caputo, se mostró fastidioso ante los cuestionamientos de los industriales por la crisis en el sector. “Me toca defender los intereses de todos los argentinos, no de determinados empresarios”, dijo. Cuando le preguntaron por “los argentinos” se atajó: “Sabemos que lleva tiempo. Hay que tener paciencia. Magia no puedo hacer”. Y le dedicó un involuntario homenaje a Manuel Adorni: “Sepan que nosotros nos deslomamos para que este cambio se continúe y se dé para todos lo más rápido posible”. Tiempo es la palabra clave. Caputo comparte con Milei la convicción de que el ordenamiento fiscal y la cautela monetaria traerán crecimiento, pero temen que el puente entre la estabilización y el despegue se haga demasiado largo. La inflación baja pero no desapareció en agosto como soñó el Presidente. Los salarios dejaron de caer, pero el poder adquisitivo de las familias sigue afectado por efecto de las subas de tarifas y el endeudamiento. El esmero por negar un estancamiento de la actividad choca con los números de la recaudación: el IVA cayó el 6,1% el último mes y los recursos de la Seguridad Social, el 1,2%. El Tesoro recortó el gasto casi un 10% para compensar la pérdida de ingresos. A quienes le piden cambios Milei les responde como a herejes. “Las ideas de la libertad se sostienen cuando se las aplica y se las mantiene en el tiempo”, clamó esta semana, antes de prometer por quinta vez en 10 días que se va a atar al mástil para no tentarse con los cantos de sirena de los que le piden gastar más. Es Odiseo atrapado siempre en el mismo capítulo. Milei desactivó ante sus ministros el debate sobre quién tiene la culpa. Si es la política que impide reaccionar a la economía o si la carencia de un crecimiento vigoroso afecta la salud electoral del proyecto libertario. Hay que resistir y defender a muerte que “estamos ganando”. Por eso elogió en privado y en público al ministro Federico Sturzenegger por la columna que publicó en LA NACION en defensa del modelo. Se burló de los que acusan a Caputo de anunciar medidas keynesianas: “Es una estupidez. Pensamos exactamente igual”. De la necesidad de resistir emergió la idea de comprar tiempo con la jugada nacionalista de incorporar al credo libertario la causa Malvinas. En la Casa Rosada registraron el impacto negativo que tuvo sobre el Gobierno la ola patriótica desatada por el triunfo de la selección argentina contra Inglaterra en el Mundial, seguida del episodio de la bandera malvinera que exhibieron los jugadores. Milei había quedado en un lugar embarazoso: su ministra de Seguridad, Alejandra Monteoliva, había avalado la prohibición a entrar al estadio con banderas que tuvieran consignas políticas como “el mapita de Malvinas”. El vocero presidencial, Adrián Ravier, dijo dos días después que “siendo un país bananero” la Argentina nunca iba a recuperar las islas. Tuvo que aclarar al rato qué había querido decir. Sin aclarar no sería Ravier. El Presidente bajó poco después la orden de malvinizar el discurso, sin matices. En ese altar los libertarios debieron sacrificar el proyecto que ampliaba la posibilidad de que extranjeros adquirieran tierras productivas. El canciller Pablo Quirno llegó a decir antes de ese fracaso que si una persona o empresa de otro país quería comprar un pueblo o una provincia entera iba a poder. Ya no. Un pase de magiaLa furia de Donald Trump con el gobierno laborista británico ofreció el contexto perfecto para la operación isleña. Santiago Caputo volvió a ser el mago de la comunicación al convertir a Milei en un soberanista. Aplicó un manual viejo pero eficiente. Colocó al presidente en el terreno que ocupaban sus rivales y los dejó lógicamente descolocados. Aquellos que lo denunciaban por tibio en su reclamo a Gran Bretaña tuvieron que aplaudirlo en un océano de “peros”. A Milei la contradicción no lo nubla. Vive en un constante presente, en el que condena a conveniencia hasta aquello que él representaba. ¿Cómo se entiende si no que acuse del fracaso económico de Mauricio Macri a los que difundían en 2018 un relato negativo en los medios de comunicación, cuando era él uno de los más activos detractores públicos del plan que ejecutaba el ministro de entonces? Es decir, Luis Caputo. El suyo. El plan Malvinas incluye un conjunto de medidas ya existentes presentadas como nuevas y el aval a principios de la Constitución del 94. Cambió el contexto: los intereses geopolíticos de Estados Unidos podrían abrir una oportunidad a la negociación de soberanía que persigue la Argentina desde que perdió la guerra. Los vaivenes anímicos de Trump colocan un inmenso signo de interrogación. Tensión. Trump volvió a responder sobre Malvinas e insinuó que no ayudaría a Gran Bretaña en caso de conflictoLos británicos han agitado la amenaza bélica, al decir que sus fuerzas armadas están en alerta. El país en decadencia que describió Milei tiene un gasto militar casi 23 veces mayor que el de la Argentina. Hasta los aliados ingleses del Presidente se mostraron intransigentes. Boris Johnson, el conservador que encabezó la campaña del Brexit, sumó un filoso tono comprensivo. “Milei es anglófilo y thatcherista. No creo ni por un segundo que quiera una confrontación con el Reino Unido por esta cuestión. Pero también enfrenta una difícil campaña por la reelección y puede considerar necesario agitar el sentimiento popular apelando al tradicional nacionalismo”, escribió en una columna en The Daily Mail. Johnson estuvo en 2024 con Milei en la Casa Rosada. Hablaron una hora sobre Margaret Thatcher y la pasión presidencial por Mick Jagger, a quien sueña conocer. Aquel día se informó que la cuestión Malvinas no había estado en agenda. Historia antigua. Ahora el Gobierno le imprime urgencia a la cuestión de las islas. Al presentar dos “leyes malvineras”, busca que el Congreso se convierta en una cámara de eco nacionalista justo en momentos en que la oposición brega por aprobar un proyecto de ley que permita asistir a los deudores morosos y otro para renovar la emergencia en Discapacidad. Será una guerra de narrativas. ¿Qué es más urgente? ¿La causa nacional o la “discusión interesada sobre una crisis económico-social que no existe”?, agita ya el discurso oficialista. Hace 15 años Cristina Kirchner hizo algo parecido cuando impulsó la ley que establece sanciones a las empresas que buscan petróleo en el mar circundante a Malvinas. La sacó por unanimidad y ocupó al Congreso durante dos meses en una discusión favorable a sus intereses mientras planificaba su reelección y sus opositores no acertaban a ponerse de acuerdo en cómo enfrentarla. Ahora el coro mileísta ya señala “traidores a la patria” y demanda gestos desafiantes contra el “imperialismo británico”, palabras incorporadas de urgencia al diccionario libertario. Uno a uno, desfilaron ministros, diputados, senadores e influencers a posar con “el mapita de Malvinas”. Entre ellos se destacó Daniel Scioli, con un giro de 360°: esta vez las circunstancias lo ubicaron en el mismo lugar que en 2011. Brillante Cadena Nacional del Presidente @JMilei sobre nuestras Islas Malvinas. La defensa firme e innegociable de la soberanía nacional y la libertad es el único camino para una Argentina próspera, potencia y respetada en el mundo.¡VIVA LA PATRIA!#LasMalvinasSonArgentinas pic.twitter.com/Qz63uUH6SF— Daniel Scioli 🇦🇷 (@danielscioli) September 4, 2026El llamado a la unidad que hizo Milei en cadena nacional duró un discurso. Al día siguiente volvió a tratar a quienes le discuten el éxito de su plan de “mierdas humanas mal cagadas”, “imbéciles” o simplemente “zurdos, inmundos, mugrosos”. Dilemas de la causa nacionalEl afán repentino por liderar la “causa nacional” expone al Presidente a dos peligros. El primero, con la opinión pública. Él ha sido siempre un navegante contra la corriente, que ponía la “autenticidad” delante de la conveniencia. ¿Será capaz de sacar provecho de un posicionamiento tradicional, de lo que él llamaría “la casta”? ¿Podrá vender como genuino un vuelco tan drástico? Justo él, que no tuvo empacho en defender a Thatcher en el debate presidencial con Sergio Massa antes del balotaje. El otro riesgo tiene que ver con excitar emociones nacionalistas a la par de un programa de reformas que defiende la apertura al mundo y la concesión de privilegios a los inversores extranjeros. La última semana ya tuvo una señal cuando el proyecto del Super RIGI se frenó en el Senado ante el reclamo de senadores aliados que exigen incluir más salvaguardas a la industria nacional en la provisión de insumos para los proyectos que entren al régimen de beneficios impositivos. La Casa Rosada mandó a no ceder. El clima en el Congreso es inestable. Los gobernadores aliados acompañaron la última tanda de leyes, pero se sienten en una trampa: ayudan al Gobierno a achicar el gasto, pero cuando cae la recaudación sufren la poda de transferencias a las provincias. A ellos también los corre la urgencia de resultados. “Tenemos que atravesar los meses que quedan hasta el verano sin sob
Fuente: La Nación