General
El Lennon que conquistó San Telmo
En el imaginario cultural argentino, el apellido Lennon no remite únicamente a una biografía reconocible, sino que activa una constelación de apropiaciones, parodias y desvíos que lo vuelven casi un personaje disponible para la ficción local. Antes de que Christopher Lennon abriera bares en San Telmo o aprendiera español entre cocineros del conurbano, ese nombre circuló en clave narrativa en la imaginación popular, cristalizado, por ejemplo, en El día que John Lennon vino a la Argentina (Sudamericana, 1990), el relato de Juan Alberto Badía en el que el Beatle desembarca en Buenos Aires y, por un instante, desacomoda la ciudad y su lógica: visita la cancha de River y asiste a un ensayo de Invisible.A esa capa se suman sus derivas televisivas y humorísticas: el Lennon de la apertura de VideoMatch, en el universo de Marcelo Tinelli, donde la referencia se deforma hasta volverse gag —John le dice a Paul: “¿Quién es este con cara de gil?”, señalando a un intruso entre ellos—, y el “Lechón Lennon” del Manguera Mussmano Rock Festival en Peter Capusotto y sus videos, que empujan el nombre hacia el absurdo y lo reinsertan en el humor rockero local.El Lennon de esta nota —a quien desde ya le preguntan con frecuencia si guarda algún parentesco con John— llegó de una manera mucho menos extraordinaria. Era un joven neozelandés que aterrizó en Buenos Aires con una mochila y la intención de quedarse apenas cinco días antes de seguir viaje por Sudamérica. Lo que empezó como una escala terminó convirtiéndose en una vida entera vinculada con la ciudad.La historia, sin embargo, empieza bastante lejos de las calles empedradas de San Telmo y de cualquier proyecto gastronómico: lejos también de ese espesor de referencias locales que el apellido arrastra en la Argentina, en el que “Lennon” ya no es solo un nombre propio, sino una especie de materia narrativa que la cultura popular ha ido deformando, repitiendo y resignificando con el tiempo.Christopher nació en Auckland, Nueva Zelanda, en 1983, aunque apenas dos años después sus padres se mudaron a Londres. Su padre es neozelandés y su madre inglesa. Cada vez que la conversación retrocede hacia aquellos años, el relato se instala naturalmente en la capital inglesa. Más que un dato biográfico, Londres aparece como el escenario donde transcurrieron experiencias que todavía organizan sus recuerdos.Sentado en el patio de Grapín, su restaurante, Lennon —a quien todos llaman cariñosamente “Lenny”— habla un castellano construido lejos de cualquier academia. Las palabras aparecen con naturalidad, aunque cada tanto sobreviva alguna entonación inglesa. Lenny se crio en Croydon, al sur de Londres, un municipio extenso y densamente poblado que concentra más habitantes que cualquier otro distrito de la capital inglesa. Fue allí donde transcurrieron sus años de formación, en un paisaje urbano donde las procedencias, los acentos y las historias familiares parecían acumularse manzana tras manzana. Cuando reconstruye aquel paisaje aparecen primero las personas y después los edificios: familias llegadas de India, Jamaica, China, Europa del Este; vecinos que hablaban otros idiomas, cocinaban otras comidas y arrastraban historias familiares nacidas a miles de kilómetros. Mucho antes de que el multiculturalismo se convirtiera en una palabra de moda para académicos, funcionarios o consultores, esa diversidad formaba parte de la vida cotidiana. Crecer ahí significaba convivir con acentos distintos, atravesar fronteras invisibles sin salir del barrio, entender desde muy temprano que el mundo era bastante más grande que la propia cuadra. “Me la pasaba jugando en las calles del barrio, andando en bicicleta. Después, cuando cumplí diez años, a mi viejo, que es economista, le empezó a ir muy bien en el trabajo, entonces nos mudamos a otro barrio cercano, que no tenía nada que ver con este. Ahí empecé a ir a una escuela privada”.—¿Tu madre trabajaba?—Sí, era asistente social.—¿Completaste tus estudios?—Sí. Terminado el colegio secundario aparecieron trabajos administrativos. Uno fue una experiencia singular: procesaba solicitudes de asilo para el gobierno británico, una tarea que consistía en armar archivos a partir de expedientes que llegaban de manera constante. Detrás de cada expediente aparecían guerras, crisis económicas, persecuciones políticas o trayectorias migratorias que atravesaban continentes enteros. Cargaba datos, armaba archivos, pero el material con el que trabajaba estaba compuesto por personas que intentaban empezar de nuevo en otro país. ¡Llegaban diez mil peticiones semanales! Sin proponérmelo, pasaba las horas rodeado de relatos de desplazamiento cuando todavía ignoraba que el mío recién estaba por comenzar —narra sin elevar el tono ni dramatizar el vértigo de sus viajes. Quizás por tantos cambios, el desarraigo nunca adquirió para él una dimensión dramática. En su familia los viajes eran frecuentes, los parientes estaban repartidos por varios países (dos hermanas menores también recorren el mundo) y moverse de un lugar a otro formaba parte de una normalidad doméstica que más tarde terminaría prolongándose en su propia vida. Cuando años más tarde aterrizó en Buenos Aires, esa familiaridad con el desplazamiento volvió a aparecer bajo otra forma: la de un extranjero intentando encontrar su lugar en una ciudad desconocida.—¿Cuál fue tu primer trabajo en Argentina?—En Bangalore, un bar de Palermo. Cuando volví a Buenos Aires me senté en Gibraltar, un bar de San Telmo. Conocí al dueño. Me contó que estaba armando un bar con comida india y me preguntó en qué andaba. Le dije que estaba buscando trabajo y terminé trabajando ahí. En Australia trabajé con un chef indio del que aprendí buena parte de mis primeros conocimientos gastronómicos. Armé parte de la carta, me metí en la cocina y fui ganando oficio entre turnos largos y calor constante. Mi sueño era hacer algo así en Buenos Aires. En Londres la comida callejera es habitual y, cuando llegué acá, extrañaba los kebabs que se ofrecían en las veredas; algo de eso pude llevarlo a cabo en ese bar.“Llegué con la lógica de cualquier mochilero que arma itinerarios sobre un mapa: pensaba quedarme apenas cinco días antes de continuar viaje por Sudamérica. Veintitrés años después sigo viviendo en la ciudad que originalmente ocupaba menos de una semana dentro de mis planes”—Era como un pub inglés con comida india, ¿no?—Tal cual. Mucha cerveza tirada, barra, reservados. Funcionó muy bien. Estuve un año en la cocina.El idioma español llegó trabajando. En las cocinas donde pasó buena parte de sus primeros años porteños compartía jornadas con compañeros que no hablaban inglés y para quienes él era apenas otro extranjero tratando de hacerse entender. “La comunicación se construía entre gestos, órdenes breves, ingredientes, platos que entraban y salían de la cocina y problemas que había que resolver sobre la marcha. Durante meses el idioma dependió menos de la gramática que de la necesidad. Aprendí de unos compañeros de San Francisco Solano a través de una pedagogía rudimentaria, sí, pero bastante más efectiva que cualquier manual”, comparte entre risas.—¿Cuándo llegaste a la Argentina?—En 2002. El país todavía intentaba encontrar una salida después del colapso económico y político que había estallado unos meses antes. Llegué con la lógica de cualquier mochilero que arma itinerarios sobre un mapa: pensaba quedarme apenas cinco días antes de continuar viaje por Sudamérica. Veintitrés años después sigo viviendo en la ciudad que originalmente ocupaba menos de una semana dentro de mis planes. Me casé y vivo feliz en San Telmo.San Telmo todavía no había terminado de definirse como competencia de Palermo en la zona sur de la ciudad; se parecía más a una zona en suspensión que a una postal consolidada. Los alquileres eran bajos, los bares todavía se probaban a sí mismos, la sensación general era la de un territorio en el que todo podía durar poco o transformarse rápido, como si cada esquina estuviera a la espera de su propia versión definitiva.—Llegaste cuando el país se incendió, ¿cómo viviste ese momento?—La crisis argentina se veía desde dos lugares al mismo tiempo. Para los extranjeros que llegábamos con dólares o libras esterlinas, Buenos Aires resultaba extraordinariamente barata; para cualquiera que prestara un poco de atención también era evidente que detrás de esa ventaja cambiaria había una sociedad golpeada por el derrumbe reciente. Recuerdo ambas cosas a la vez: la sorpresa frente a los precios y la sensación, mucho más importante, de estar caminando por una ciudad que todavía intentaba recomponerse.Vueltas en el aire La visita terminó y el viaje siguió. Su próxima escala fue Australia, donde llegó con la impresión de que Buenos Aires había sido una parada interesante dentro de un recorrido más amplio. En ese momento todavía imaginaba otro futuro. Se anotó para estudiar Historia y Escritura, atraído por una vida ligada a los libros y por una vocación que durante un tiempo pareció tan posible como cualquier otra: ser escritor. Sin embargo, la universidad empezó a perder terreno frente a algo que avanzaba con más fuerza y exigía respuestas inmediatas: el trabajo en gastronomía. Las horas en restaurantes crecían, las responsabilidades también, y al cabo de un año la carrera quedó atrás.Cuando volvió a Buenos Aires no regresaba como un turista que tachaba destinos en una libreta de viaje. Había algo más difícil de definir que lo empujaba de nuevo hacia la ciudad, aunque no existía un plan demasiado elaborado para instalarse. Como ocurre con muchas historias importantes, todo empezó de una manera bastante menos solemne. “Mi familia siempre viajó mucho como parte del trabajo. Había parientes repartidos por distintos países y una costumbre bastante natural de moverse”, remarca. View this post on Instagram —¿En Australia, de qué trabajaste?—Trabajé en panaderías industriales, hice mudanzas y tuve muchos empleos ocasionales. En paralelo, empecé a
Fuente: La Nación