Economía
La pilcha gaucha que hace más de dos siglos se usa en las pampas
El poncho es una prenda asociada al gaucho y realmente lo fue casi obligada en la gente de campo; sin embargo, no fue raro su uso entre los porteños hace dos siglos y hasta el presente como lo hemos visto hace unas semanas en la Exposición de Palermo. El empresario Santiago Blaquier compró el histórico ingenio La Corona y avanza en el negocio azucareroNo faltan sobre el poncho en la ciudad interesantes relaciones en los viajeros o visitantes, a veces forzados como el cura portugués Pedro Pereira Fernándes de Mesquita que residió como prisionero después de la toma de la Colonia del Sacramento por don Pedro de Cevallos. En la descripción de Buenos Aires, observó que en las procesiones de Semana Santa “los hombres que forman las alas van revestidos con sus capotes o ponchos y gorros blancos y muy pocos de casaca”. Se tratan de los bonetes o gorros del Nazareno tan usados en Sevilla, Valladolid y otras ciudades de España, pero lo interesante es que en lugar de capas usaban ponchos blancos. En una compulsa realizada sobre esa prenda por Nelly Porro y otras autoras sobre 54 piezas que especificaban el color, la mitad era blanca, seguida por el pardo o plomizo, azul y colorado.En su memoria de 1783 el capitán Juan Francisco de Aguirre reconocía aquello que afirmaba Bounganville “se monta a caballo para ir de una esquina a otra”, ya que pensaba que siendo más elevada “se van dejando con él la afición al caballo y ocupación de los ejercicios de campo, hasta hacerse extraños a los ciudadanos” para agregar “todos sus hijos montan a caballo, pero se puede decir que ya lo más general es únicamente para fuera de la ciudad, pues en el mismo sentido se anda a pie unos de capa y otros en cuerpo [con poncho] hechos unos gentiles petrimetres”.El oficiales de la marina española don José de Espinosa y don Francisco Bauzá, que integraron la expedición científica que España mandó al frente de Alejandro Malaspina, son presuntamente los autores de un diario de viaje desde Mendoza a Buenos Aires en 1794, que se conserva en el Museo Británico. Por el sabemos que era una prenda que lucían la juventud de la ciudad a los que les “gusta montar en briosos caballos y se engalanan con ponchos bordados magníficamente”. Al respecto en el “Diccionario Geográfico de las Indias Occidentales o América” el quiteño Antonio Alcedo y Bejarano, un hombre de extensa cultura escribió: “Manta cuadrada que usan en América Meridional y particularmente en el Perú y reino de Chile para andar a caballo; tiene en el centro una abertura por donde entra la cabeza y queda colgando por todas partes y cubierto y abrigado el cuerpo; hay algunos bordados de seda, y de oro y plata costosísimos; también los sueles usar algunas señoras”. De los adornados con metales no tenemos conocimiento entre nosotros, pero sí de los otros. Los valores oscilaban, los comunes y ordinarios hasta 4 reales, los ponchos pala de 3 a 7 pesos; los calamacos de mayor salida entre 9 y 20 pesos, y los balandranes desde 30 a 50 pesos. En las testamentarias de Buenos Aires de importantes mujeres porteñas, se encuentra entre sus pertenencias un poncho: María Martina Pereyra de Lucena fallecida a los 57 años en 1799, era la mujer de Juan Agustín de Silva y Ríos, de unas de las hijas del matrimonio descienden los Videla Dorna; entre ellos Daniel (1888-1957) tres veces intendente de Monte gran cultor de la tradición como que el monumento que lo recuerda en esa ciudad lo presenta vestido con las prendas del gaucho que gustaba lucir. En 1783 en la carta de dote que firmó don Juan José de Lezica y Torrezuri en favor de su hija Juana Nepomucena que casó con Francisco de Riglos y San Martín se menciona un poncho. Rosa Tagle y Bracho, pariente de los Lezica, María Martina Pereyra de Lucena, Lucía Magallanes, Clara R. Diaz, María Francisca Ferreira, Victoria Durán y María Mercedes Cuello, sabemos documentalmente que contaban con la prenda en su guardarropa.Lo mismo sucedía con los hombres, de los años virreinales se encontraron 103 piezas en las sucesiones y documentos consultados, entre ellos estaban Fernando Caviedes y Manuel Martínez de Ochagavía, propietarios de una tienda, Tomás de Arroyo el abogado Claudio Rospigliosi, Isidoro Enriquez de la Peña, o un curioso personaje llamado Santiago, el genovés.; sin olvidarnos de dos estancieros que tenían casa en la ciudad don Clemente López de Osornio y Januario Fernandez do Eijo, propietario el primero del “Rincón de López” y el segundo del de “Todos los Santos” en el pago de la Magdalena con una superficie de más de cien leguas cuadradas, que comprendían los que más tarde se llamaron de “Noario”, “Viedama” y “Villoldo”, dos establecimientos rurales emblemáticos iniciados en el siglo XVIII.Para dar una idea del valor que sentimental que tenía esta prenda para su dueño hemos encontrado en la cuenta de gastos del tercer virrey del Río de la Plata, don Nicolás del Campo, marqués de Loreto, que abonó dos pesos el 30 de abril de 1786 “por un poncho de un cautivo rescatado”. Un virrey pagando por ese poncho, habría sido tema de un cuento de la Misteriosa Buenos Aires, de haberlo sabido Mujica Láinez.Siguieron los hombres en la ciudad usándolo a través del tiempo y avanzado el siglo XIX; en una novela tan descriptiva como “Amalia” en el último capítulo Mármol presenta al padre de uno de los principales protagonistas -Daniel Bello- “cubierto con un poncho oscuro”. Urquiza entró a Buenos Aires después de Caseros y Antonio Zinny recuerda que “vestía poncho blanco corto sobre la casaca militar y pantalón con franja de oro y formando contraste, sombrero de copa alta“ y así lo pintó Leonie Matthis; alguien aseveró que esa prenda era una ofensa a los porteños, sin reconocer que su uso era una costumbre desde el tiempo de los virreyes en aquella sociedad.
Fuente: La Nación