Brasil y la Argentina: del conflicto al acuerdo, hoy bajo amenaza

Pese a su común pertenencia al mundo político y cultural de la península ibérica, punto de referencia inicial para ambas experiencias nacionales, y pese a que desde la independencia compartieron la condición periférica que todavía signa la historia de América Latina, a lo largo de la mayor parte de sus dos siglos de vida la Argentina y Brasil se orientaron en direcciones muy distintas. Los dos Estados no solo fueron rivales durante un lapso muy prolongado de su trayectoria histórica. También se organizaron alrededor de tradiciones y sistemas políticos en gran medida opuestos, asentados a su vez sobre estructuras sociales de naturaleza contrastante.Brasil fue hasta fines del siglo XIX una monarquía esclavista y la Argentina nació como una república con trabajo libre y amplia participación popular. La Argentina fue el país de la inmigración europea, Brasil el de la población negra arrancada de África. Así, raza y formas del trabajo, organización del poder e ideales políticos marcaron hasta muy entrado el siglo XX un contrapunto aún más acusado que el de la geografía, que contrapuso el país de la selva tropical y la costa atlántica con el de la llanura templada y los ríos color de león. La oposición entre entorno y sociedad, política y valores hizo que cada nación construyese su propia identidad mirando hacia Europa pero también con un ojo puesto en qué sucedía del otro lado del Uruguay y el Plata, en un tenso diálogo con ese vecino tan distinto que era también el principal rival por la supremacía en América del Sur. De hecho, fue necesario que transcurriera un siglo y medio para que Brasil y Argentina pudieran dar vuelta esa historia hecha de desavenencias y recelos y comenzaran a construir un vínculo bilateral sostenido sobre intereses y valores compartidos. Una relación que hoy, por motivos algo mezquinos, está amenazada.En el comienzo, la divergencia no podía haber sido mayor. Brasil se independizó de Portugal en 1822 pero conservó la monarquía. El Imperio de Brasil, ese país de medio continente, fue el único estado monárquico en un Nuevo Mundo profundamente republicano. Salvo experiencias breves y fallidas en México y Haití, el orden aristocrático nunca logró arraigar en América. El imperio tropical de la rama americana de la casa de Braganza fue la excepción. Y fue singular también porque se asentó sobre un régimen esclavista sólido y vital, que se mantuvo en pie hasta 1888. Brasil fue el último país de Occidente en abolir la esclavitud, 23 años después de que la Guerra de Secesión estadounidense (1861-1865) pusiera fin a esta forma extrema de servidumbre en el otro gran país esclavista del Nuevo Mundo, Estados Unidos.República y desordenEn la Argentina, en cambio, la independencia vino acompañada de una revolución política. Desde el comienzo el país abrazó la república, y su vida cívica siempre estuvo guiada por el ideal de la igualdad. La esclavitud, aunque no insignificante durante la era colonial, fue desapareciendo tras la revolución, que abrió paso a una economía apoyada en el trabajo libre. Por más de medio siglo, sin embargo, la Argentina vivió bajo el signo de la inestabilidad política y la guerra civil. Así, pues, monarquía y estabilidad de un lado; república y desorden del otro. Y dos regímenes laborales y dos sociedades muy diferentes.Imperio y república se enfrentaron durante gran parte del siglo XIX por el dominio de la cuenca del Paraná y el Plata, recreando una y otra vez las viejas disputas del período colonial. Chocaron en la Guerra del Brasil (1825-1828), conocida por los brasileños como Guerra da Cisplatina, y volvieron a combatir un cuarto de siglo más tarde, cuando el imperio formó parte de la coalición que derrotó a Rosas en la batalla de Caseros.Desde fines del siglo XIX, la rivalidad adquirió una dimensión más amplia, típica de la era del imperialismo y de la construcción de los estados nacionales. En esa etapa, gracias al empuje de su dinámica economía exportadora y al fortalecimiento de su Estado, la Argentina acortó las distancias con un Brasil que hasta entonces la había superado ampliamente en tamaño, recursos y poder. La competencia se manifestó en el terreno diplomático y, a comienzos del siglo XX, en tiempos de los grandes acorazados, en la carrera por la supremacía en el mar. Más tarde, la extensa frontera terrestre que separa a ambos países, de más de 1200 kilómetros de extensión, se convertiría en el principal foco de una tensión que duró hasta fines de la década de 1970.Mientras tanto, y en paralelo a las maquinaciones de la jerarquía militar, los caminos de Brasil y Argentina comenzaron a acercarse. La proclamación de la república en 1889 eliminó la principal diferencia política entre ambos países, y abrió más oportunidades para el diálogo. Julio Roca fue el primer mandatario argentino en pisar Río de Janeiro, en 1899. La visita fue devuelta por Campos Salles al año siguiente. Pero la tensión persistió, así como las diferencias entre los sistemas políticos. Al igual que la independencia, el fin de la monarquía fue el producto de una negociación entre élites, que la que la población brasileña observó de manera pasiva. La república cargó sobre sus espaldas con la pesada herencia del pasado esclavista que, sumada al carácter jerárquico del mundo rural donde vivía el grueso de la población, dio lugar a una vida política muy elitista y muy descentralizada, marcada por esa peculiar forma de poder rural que fue el coronelismo. La Argentina, en cambio, gracias a su condición de sociedad de inmigración, a su elevado grado de urbanización y a su alta movilidad social, desarrolló una activa vida pública, sobre todo después de la reforma electoral de 1912, que tenía por teatro principal a la ciudad de Buenos Aires. Tiempos distintosDesde el período de entreguerras, la industrialización, el crecimiento de las ciudades y la formación de importantes núcleos de trabajadores urbanos hicieron que ambos países enfrentaran dilemas y desafíos cada vez más parecidos. Los dos debieron lidiar con demandas obreras, que se volvieron más acuciantes en la década de 1940. Las asincronías, sin embargo, no desaparecieron. Se observan, por ejemplo, en la enorme distancia temporal entre los momentos en que el movimiento obrero se convirtió en protagonista de la historia grande de ambas naciones. En la Argentina, esto sucedió cuando, de la mano de Perón, el país ingresó de lleno en la era de los derechos laborales. En Brasil, en cambio, el sindicalismo de los años de Getúlio Vargas fue una creación desde arriba, desprovisto de vitalidad, al punto de que las organizaciones obreras debieron esperar hasta fines de la década de 1970 para comenzar a caminar, bajo la guía de jefes sindicales como Luiz Inácio Lula da Silva, con sus propios pies.En la etapa desarrollista, ideas y objetivos similares dieron lugar a resultados muy distintos. El desarrollismo brasileño opacó al argentino tanto en ambición como en logros. El principal emblema de este programa fue Brasilia, ciudad del futuro y encarnación de los sueños de modernización de una nación lanzada a un ambicioso proyecto de integración de su vasto territorio. Por esos mismos años, los grupos dirigentes argentinos tuvieron mucho menos que celebrar, ya que las obras más representativas de nuestro proyecto desarrollista, como las grandes centrales hidroeléctricas de El Chocón o Salto Grande, fueron una pálida sombra de lo que sucedía del otro lado de la frontera.La brecha entre los dos desarrollismos revela la cohesión y el poder de las élites brasileñas –de sus fracciones militar, política, diplomática y económica–, que no encontró mayor resistencia en una sociedad todavía muy jerárquica y deferente. Esto marca un claro contraste con la debilidad y el faccionalismo de los grupos dirigentes argentinos, cuyo protagonismo siempre se vio acotado por desacuerdos internos y, sobre todo, por el carácter más polifónico y más conflictivo de la sociedad ubicada al sur del Uruguay y el Plata.Los formidables logros del desarrollismo brasileño fueron posibles gracias al empuje de su proyecto industrialista. Desde que el mercado mundial les dio la espalda a los países exportadores de productos primarios en la década de 1930, las dos naciones apostaron por la sustitución de importaciones y el crecimiento del mercado interno. Pero Brasil pudo llevar este programa mucho más lejos gracias a que contaba no solo con una élite más cohesionada, sino también con un mercado más grande, una fuerza laboral más disciplinada y más barata y mayores recursos naturales, así como con una relación más armoniosa con la potencia dominante, Estados Unidos.En la era exportadora la balanza se había inclinado en favor de la Argentina, país estrella de la primera globalización. Entre 1880 y 1930, la Argentina creció aproximadamente al doble de velocidad que Brasil y pasó de ser una economía de segundo rango a convertirse en la primera de América Latina. Para 1930, el ingreso por habitante argentino más que triplicaba el brasileño. Y la brecha en la esperanza de vida –53 años en Argentina, 34 en Brasil– nos habla del abismo que todavía existía entre ambos países en términos de bienestar y acceso a bienes públicos.En el medio siglo posterior, todo fue de Brasil. Entre 1930 y 1980, Brasil disfrutó de una tasa de crecimiento anual de casi el 6%, que le permitió multiplicar su producto unas 18 veces. La Argentina, en cambio, con un modesto aumento del 3,2% anual, vio crecer su economía unas 5 veces. En ese medio siglo, pues, la distancia en el ingreso por habitante se redujo de más del 200% a 60%. El abismo en la esperanza de vida se contrajo: la Argentina 70, Brasil 62. De allí en adelante, la distancia sigue reduciéndose, aunque a un ritmo mucho más pausado. En 2025, el ingreso argentino es aproximadamente un 35-40% superior al brasileño, y la brecha en la esperanza de vida se ha reducido a 1,5 años.El extraordinario crecimiento de Brasil en la etapa de la sustitución de importaciones, superior al d

Fuente: La Nación