De Borges a los Beatniks y el Che Guevara: Leandro Katz revela sus múltiples facetas

“Sí señor, soy yo”, le respondió Freddy Alborta desde La Paz. Al colgar el teléfono en Nueva York, en 1992, Leandro Katz decidió tomar un avión para conocer al fotógrafo que un cuarto de siglo antes había registrado la célebre imagen del cadáver del Che Guevara. Comparada con La lección de anatomía del Dr. Nicolaes Tulp (1632), de Rembrandt, o con Lamentación sobre Cristo muerto (1475-78), de Andrea Mantegna, fue tomada por eso reportero boliviano que no conocía aquellas pinturas europeas, y que la había vendido por 75 dólares a una agencia internacional que nunca mencionó al autor. Tras sus severas críticas a la película, la traductora de la “Odisea” volverá sobre el poema de Homero de ceroEsa historia inspiró El día que me quieras (1997), una de las obras de este artista, escritor y cineasta que integrarán desde el martes en el Bellas Artes Leandro Katz. La noche y las palabras, su primera muestra antológica en un museo argentino, curada por Francisco Lemus y Mariana Marchesi. “Soy un investigador”, aclara a LA NACION a los 88 años el polifacético ermitaño que reniega de las etiquetas, y que convirtió cada ambiente de su departamento porteño –incluida la cocina- en un espacio de trabajo. Tras haber vivido durante décadas en varios países de América y en Estados Unidos, donde ganó becas como la Guggenheim y está representado en el MoMA, habla sobre su amistad con Allen Ginsberg y asegura que Borges, a quien cita en sus obras, “admiraba al Che Guevara”. -¿Por qué te fuiste de la Argentina?-Hice el servicio militar en la Marina, entre 1959 y 1961. Había estudiado literatura inglesa y había comenzado a hacer traducciones de los poetas Beat, de Dylan Thomas. La oficina donde trabajaba como traductor quedaba en Viamonte y Florida, a una cuadra de la facultad de Filosofía y Letras. Asistía a las clases de oyente, con uniforme. Sobre todo a las de Jaime Rest, el profesor adjunto de Borges. Ahí conocí al grupo de la revista Airón, y comencé a colaborar como poeta. Luego de terminar, dije: “¿Y ahora, qué hago con mi vida?” -¿A Borges también lo tuviste de profesor?-No, pero asistía a sus charlas sobre Chaucer. Yo tenía 19 años. Nunca egresé con un título, pero me educó. Porque luego comencé a dar clases de historia del arte precolombino en la School of Visual Arts, y de semiótica y cine, en la Universidad de Brown. A ellos les interesó el tipo de obra que yo estaba haciendo: había hecho una adaptación al cine de “Emma Zunz”, de Borges, y les encantó la manera en que encaré el tema. Cuando me hicieron la entrevista formal y se dieron cuenta de que tenía una Beca Guggenheim, me dijeron: “Para nosotros, eso es como un doctorado”. Y ahí comencé una carrera académica que mantuve durante varias décadas. -Wikipedia te presenta como “escritor, artista visual y cineasta”, en ese orden. ¿Con cuál de esas disciplinas te identificás más? -Soy un artista de muchos medios. No me gusta definirlo. Algunos me llaman “conceptualista” pero yo no soy un artista conceptual. Utilizo acercamientos conceptuales, pero considerarme un artista conceptual, en mi opinión, es no entender el arte conceptual. Mis acercamientos son un poco la antropología, la investigación, la mirada entre la lectura y la interpretación, el texto y la imagen. -¿Por qué la muestra se llama La noche y las palabras?-Porque hay trabajos sobre la Luna y sobre el lenguaje.-¿Por qué la Luna? -Porque es una imagen universal, sobre la cual se han posado los ojos de todos. Millones de seres humanos, animales e insectos han respondido al reflejo de la Luna.-¿Cómo surgió la idea de crear un alfabeto lunar?-Son esas magias que resultan de interiorizar las ideas. El resultado de pensar que nacemos sin lenguaje, sin ropa, y que somos criaturas culturales. Llegamos al mundo y todo lo aprendemos. Lo que más me interesa es la cultura. Y no me refiero solamente al lenguaje: para mí, todas las manifestaciones humanas aprendidas son parte de la cultura.-En 2019 donaste a la Biblioteca Nacional Alfabeto lunar, una instalación que habías hecho en la explanada, en el marco de Art Basel Cities: Buenos Aires. ¿Qué sentís sobre el hecho de que haya una obra de arte público tuya en ese lugar? -La elección del lugar la sugirió Cecilia Alemani, la curadora del programa. Y el hecho de fuera aceptada como donación, para mí fue un honor gigantesco. Durante varios días, en 2018, la biblioteca se convirtió en un centro de celebración y sobre las paredes se proyectaron mis películas de la luna. El hecho de que ahora los chicos jueguen con las lunitas me enternece tanto...-Hablando de tus películas: en El día que me quieras incluís al Che Guevara, a Gardel y a Borges. ¿Cómo llegaste a esa unión?-Era una época en la cual muchas instituciones culturales estaban interesadas en la idea de la identidad cultural. A fines de los 70, principios de los 80. En las grandes ciudades del mundo comienza a haber una fuerte inmigración de distintas culturas. En Nueva York había identidades de origen japonés, chino, latinoamericano, que comenzaban a clamar por su territorio cultural y político. Entonces yo me pregunté qué representaba mi identidad. Y enseguida surgió Borges, y luego Gardel y el Che Guevara.-Pero ideológicamente, Borges y el Che estaban muy distantes…-¿Sabés que María Kodama me dijo que Borges admiraba al Che?-¿En qué sentido?-Por su heroísmo. Tal vez no políticamente, pero como un personaje heroico. Dentro de la narrativa, el Che es un personaje casi mitológico. No sólo por su postura política, sino por su por su osadía, su valentía, su coraje, su locura. Porque enfrentar a un ejército militar con 17 hombres era una idea absolutamente descabellada.-¿Qué texto de Borges elegiste para esa obra sobre la muerte del Che Guevara?-Estaba tratando de darle sentido a esta trilogía que invoco en la película. Encontré una parábola muy hermosa de Borges que se llama “El testigo”. Lo que me llamó la atención fue que el fotógrafo Freddy Alborta es testigo de un evento que dura veinte minutos, durante los cuales exhiben el cadáver del Che. También, el texto dice: “En un establo que está casi a la sombra de la nueva iglesia de piedra, un hombre de ojos grises y barba gris, tendido entre el olor de los animales, humildemente busca la muerte como quien busca el sueño”. Me pareció apropiado y recito esa parábola durante el ensayo documental.-¿En tu obra buscás unir poesía e imagen?-No necesariamente como una regla, pero me interesa la relación de mirar y leer. Lo que me interesó en El día que me quieras es salir de la cabeza parlante. Entonces, en lugar de hacer un documental de una cabeza parlante, hago transiciones hacia el paisaje y hacia la parábola de Borges.-También usás textos de Borges en textos en tu primer largometraje, El espejo sobre la luna.-Sí, El espejo sobre la luna es una reflexión sobre “El Aleph”. Esa película tiene una historia: los negativos originales se perdieron durante la época de los 90, cuando los laboratorios analógicos comenzaron a cerrar. Encontramos una copia en buen estado y logramos hacer una digitalización en alta resolución. Esa versión restaurada se va a mostrar en Arthaus, el 19 y el 27 de agosto. Estoy muy contento porque es volver a ver una película que terminé de hacer en el 91.-Tradujiste obras de Allen Ginsberg y lo conociste. ¿Cómo fue esa relación?-Éramos amigos y vecinos, en Nueva York. Vivíamos a un par de cuadras, nos juntábamos a tomar algo. Antes lo conocía epistolarmente, y fue magnífico. Era muy campechano, amoroso. Muy confrontativo. En un momento parece que dijo que le gustaría conocer íntimamente al Che Guevara, y lo echaron de Cuba. Enseguida vinieron oficiales de seguridad y se lo llevaron al aeropuerto. Me llamó desconsolado.-¿Te considerabas un Beatnik?-No, en absoluto. Siempre quise arrancarme las etiquetas. Pero sí tenía el pelo largo [ríe] y fui miembro de esa comunidad neoyorquina de artistas. Vivíamos alrededor de la iglesia de San Marcos, que era un barrio de poetas. Me fui de la Argentina con tres amigos y yo era una especie de bizcochito, todos inocentes… -¿Por qué elegiste radicarte en Estados Unidos?-Fue un destino amoroso. Tenía una novia argentina, Evi Berge, que estaba estudiando en Estados Unidos y con quien eventualmente me casé. Es la madre de mi hija y la abuela de mis nietos. Me fui acercando a regañadientes a Estados Unidos. Durante cinco años viví primero en Perú, Ecuador, Colombia, Costa Rica… Llegué a San Francisco en 1964 y al año siguiente a Nueva York, donde me sentí muy bienvenido.-¿Conociste a [Jack] Kerouac también?-No, conocí a [Lawrence] Ferlinghetti, en San Francisco. Ya estaba en contacto con él porque en Airón tuvimos que pedir permiso para hacer la traducción de Aullido. -Decís que no te gustan las etiquetas ni que te definan como conceptual. Pero si tuvieras que decir una línea que atraviesa toda tu obra, ¿cuál sería?-La línea tiene que ver con el texto y la imagen. Con la relación subjetiva que tengo con el lenguaje. Que para mí comienza a abrirse cuando veo esa relación tan íntima entre el texto y la imagen el los libros mayas, los códices. Eso fue en Guatemala, en 1964. regresé en el 71 para hacer trabajos, luego de haber visitado las ruinas de Palenque y Yucatán. Cuando me establezco en Nueva York, comienzo a desarrollar una actividad que yo llamaba “salir a respirar aire”. Cada vez que había una pausa en la enseñanza, la utilizaba para irme a un país latinoamericano cercano. Viví en Estados Unidos hasta el 2006.-¿Por qué volviste a la Argentina?-Para estar cerca de mi madre, en sus últimos años.-Alguna vez te definiste como un “agricultor de imágenes”. ¿Qué significa eso?-La idea viene de la antropología. La diferencia que yo hacía, como fotógrafo, era que yo no era un cazador de imágenes como la mayoría de gente, que sale a sacar fotos y que encuentra oportunidades a la manera de [Henri] Cartier-Bresson. Me cansé de llevar cámaras en el hombro, y dije: “Me voy a concentrar en proyectos específicos”. De ahí salen la discipli

Fuente: La Nación