CIPPEC es la sigla del Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento, una organización sin fines de lucro que produce conocimiento y articula con instituciones de alcance federal para promover mejores políticas públicas.
Por primera vez, la organización organizó un espacio para compartir junto a periodistas los avances de uno de sus estudios más recientes: la expansión agroindustrial de Brasil.
Hace tiempo que se escucha en los grandes foros y congresos del agro a especialistas remontarse 25 años atrás, cuando ambos países producían, prácticamente, la misma cantidad de granos.
Así, no es algo nuevo decir que la cosecha brasileña creció muchísimo en comparación a la argentina y que el vecino de América del Sur produce 2,5 veces más.
BRASIL VS ARGENTINA, UN “PARTIDO” QUE DUELE
“Solo la cosecha de soja de Brasil es más grande que la cosecha de todos los granos de Argentina combinados”, compararon Iván Ordoñez y Paula Szenkman, que trabajan en el programa de Desarrollo Económico que aborda estas temáticas.
“En 25 años, Brasil hizo 12 cosechas récord argentinas más, es como si hubieran tenido 37 campañas cuando nosotros tuvimos 25”, graficaron.
Pero quien abrió el espacio fue Luciano Laspina, —ex miembro de la Cámara de Diputados— que dirige CIPPEC y advirtió: “Si Argentina no hace nada para 2030, nuestro principal socio comercial va a tener eliminados los impuestos intraproductivos”.
¿Por qué vale la pena jugar una carta por esta discusión? Porque, aparentemente, aprender de este modelo para impulsar el desarrollo federal argentino todavía es posible.
Esa es la misión holística del estudio, que propone entender cómo Brasil logró una expansión productiva sin precedentes con un “verdadero proyecto de vida”.
LOS CUATRO FRENTES QUE EXPLICAN LA BRECHA
Ordoñez ES investigador asociado de Desarrollo Económico del CIPPEC y tomó como punto de partida cuatro frentes para explicar el mejor desempeño en la producción agroindustrial brasileña. Temporalmente se ubicó a partir del año 2000, cuando ambos países producían casi la misma cantidad de toneladas.
El primer punto —que rescató como el más importante— es el respeto al derecho a la propiedad privada. Un hito fue tras la primera asunción de “Lula” Da Silva, cuando redujo la toma de tierras, tema que preocupaba en ese momento, especialmente, con el Movimiento Sin Tierra. Al incorporar al líder del movimiento al gobierno, logró terminar con la práctica de presionar para que las tierras tomadas pasaran a propiedad del movimiento.
Al hablar de cómo las instituciones explican la prosperidad o el fracaso de los países, Ordónez dijo que el productor argentino ha tenido intervención en sus ingresos y se ha visto afectado por las retenciones y la brecha cambiaria.
“A lo largo de 23 años, por cada hectárea de soja, el productor brasilero facturó el doble que el productor argentino”, mostró en un gráfico, con un cálculo propio.
“Y en los años de sequía, donde las retenciones tienen un carácter procíclico, el productor argentino factura menos aún”, agregó.
Liberadas las tierras, Brasil contaba con una frontera agrícola con tierras disponibles y baratas para expandir el negocio. En los ’80, la hectárea más barata del centro-oeste —la frontera agrícola— incentivó la migración de productores de la zona sur hacia esa región.
Como resultado, “el centro-oeste pasó de representar el 13% de las hectáreas sembradas al 45% en la actualidad”, concentrando casi todo el crecimiento de la producción brasileña.
Como tercer punto aparece el financiamento: “En Brasil aumentó el crédito por hectárea sembrada”. Y no menor, lo sucedió de manera sostenida durante 20 años.
Esto fue posible con la Cédula de Producto Rural (CPR) —cultivo implantado en pie como garantía hipotecaria y uno de los créditos privados más importante de la agroindustria en Brasil— y el “Crédito Rural”, un programa de gobierno que subsidia la tasa de interés para los productores.
En ese punto marcaron un contraste. En promedio, “este subsidio le costó al Estado brasileño unos 3.000 millones de dólares anuales”. En cambio, en el mismo período, el gobierno argentino cobró al campo un promedio de 5.000 millones de dólares anuales en concepto de retenciones (o sea, unos 190 dólares por hectárea extraídos al productor).
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¿Y qué pasó cuando quisieron trasladar la soja y el maíz a un entorno tropical y de suelos ácidos? Frente a los riesgos —económicos— que implicaba el traslado de estos cultivos templados, las multinacionales se mantuvieron reticentes a una inversión que veían poco prometedora. Ante esa “falla de mercado”, tanto los productores como el Estado como los privados invirtieron en tecnología, mucha.
“En el año 2000 el 67% de las hectáreas sembradas de soja eran con variedades que habían desarrollado estos organismos públicos o de asociaciones de productores”, dijo Ordóñez. Por ejemplo, Embrapa. Finalmente, cuando los privados asumieron el liderazgo en inversión y patentamiento tecnológico, “el consumo de agroquímicos por hectárea se multiplicó por seis y se duplicó la dosis de fertilizantes”.
Así, Brasil igualó los rendimientos de Argentina en zonas tradicionales y los superó en las zonas de frontera.
BRASIL VS- ARGENTINA: SER “OFENSIVOS” O “DEFENSIVOS”
Un mensaje fuerte que dejó el economista fue al principio, cuando habló de la gran sequía del 2023, que no sembró más que un panorama desalentador para la cosecha y retenciones que pesaban.
“Hay una lógica en la agricultura brasileña de inversión expansiva, mientras que estos 23 años moldearon el chip del productor argentino para ser un productor defensivo”, sostuvo.
Para elaborar el estudio, CIPPEC articuló con organizaciones como CREA, Aapresid, la Universidad del CEMA y representantes de los sectores industriales, logísticos, financieros, tecnológicos, entre otros.
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Esto fomenta una lógica de inversión expansiva y ofensiva en Brasil, frente a la inversión defensiva (menor uso de insumos) en Argentina. Bajo esta lógica, hay menos capital expuesto a riesgos. Entonces, “cuando haces agricultura con menos insumos, ponés mucha presión en el gran insumo de la agricultura, que es la tierra”.
Pero este análisis es la primera etapa de un trabajo más amplio. Ahora, se buscará pensar estas lecciones en clave argentina, con foco en lo que definieron como la “franja centro” del país: el corredor que va desde el norte de la Patagonia hasta Salta.
La idea es que ese desarrollo agroindustrial cumpla un rol equivalente al que hoy tienen la minería o Vaca Muerta como motores de la economía del interior, pero con un correlato directo en el arraigo de población y el crecimiento de ciudades intermedias, tal como ocurrió en el centro-oeste brasileño.
Para el centro, alcanza con sostener un rumbo razonable durante un período prolongado —como hizo Brasil durante casi cuatro décadas— para torcer una tendencia que hoy lleva más de veinte años.
Agro & Campo
“A lo largo de 23 años, un productor de Brasil facturó el doble que un argentino por hectárea de soja”
Fuente: InfoCampo