¿Cómo hizo Brasil para sacarnos 12 cosechas de ventaja? Spoiler alert: No fueron sólo las “malditas” retenciones y el Estado tuvo mucho que ver

Para los años 2000, Argentina y Brasil producían la misma cantidad de granos. Pero bastó un cuarto de siglo para que el empate se convirtiera en goleada: en apenas 25 años, el país vecino llegó a igualar el total de todos nuestros complejos granarios únicamente con su soja y a sacarnos una ventaja de 12 cosechas récords argentinas, una brecha de más de 470 millones de dólares.
“Brasil es un espejo bastante incómodo”, había dicho el economista Iván Ordóñez -especializado en el agro del país vecino- a Bichos de Campo semanas atrás. Ahora, fue él quien presentó el completo estudio que elaboró el Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento (CIPPEC) sobre el tema.
Plagado de datos, de conclusiones y comparaciones interesantes, un repaso por ese trabajo para entender cuán grande y cuán particular es ese incómodo espejo en el que, cuando juntamos valentía, nos miramos seriamente.

El trabajo del CIPPEC lleva como título “El jardín de los senderos que se bifurcan”, una bifurcación que tiene una fecha bastante precisa de inicio: cuando -no casualmente- empezamos a mirar el número de la camiseta a toda la región.
“Desde los 2000, Uruguay multiplicó por 7 la producción de granos, Paraguay por 6, Brasil por 5 y nosotros sólo por 3. Obviamente crecimos, pero muchísimo menos que nuestros vecinos”, describió Ordóñez.
También hace casi 25 años que Argentina tiene retenciones. Y aunque es tentador echar mano de ese dato para explicar nuestro rezago, hay todo un conjunto de factores que merecen atención para elevar la vara de esta eterna discusión y llevarla a otro terreno.
“Brasil es un espejo bastante incómodo”: Ivo Ordóñez explica cómo pasó de cosechar lo mismo que Argentina a producir 2,5 veces más y agregar valor sobre sus granos

El dato es conocido, y de hecho se ha repetido hasta el hartazgo por cuánto nos sacó ventaja nuestro país vecino, casi como un mecanismo de autoflagelación. Pero. ¿por qué Brasil creció más que Argentina? Quizá, esa respuesta sí sea menos escuchada.
Ordóñez habla de cuatro grandes causas, y las explica en detalle: respeto por la propiedad privada; disponibilidad de tierras para crecer; financiamiento para el sector; e inversión pública y privada en tecnología. Para sorpresa de (casi) nadie, detrás de cada una de ellas hay un Estado muy fuerte. Y el economista insiste en que no es nada que no pueda hacerse en Argentina.
“Es un país vecino que alumbra un camino de lo que el agro argentino puede hacer. Pero los brasileros son igual de imperfectos que nosotros, y tienen los mismos problemas que nosotros. El suyo fue un proceso tan anárquico y tan sudamericano como puede ser el nuestro”, explicó.

El “respeto por la propiedad privada” suena bastante abstracto, y hasta parece más bien una consigna libertaria. Pero en el agro brasilero tiene un síntoma muy preciso. Y no está vinculado al liberalismo sino, justamente, al movimiento encabezado por Lula da Silva.
En la década de 1988 a 1998, las tomas de tierras en Brasil se habían incrementado a un ritmo promedio del 23% anual. Era un problema grande para el centro-oeste del país, que en ese entonces recién estaba posicionándose como nueva frontera agrícola pero que tenía que recibir flujo de inversión de la tradicional zona productiva, el sur. “¿Quién va a invertir a mil kilómetros de su casa si piensa que le van a ocupar el campo?”, se pregunta retóricamente Ordóñez.
Los números amparan la estrategia lulista, que fue “cooptar” a los dirigentes del Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST) y desactivar las mediaciones en favor de ellos. Así, entre 2002 y 2007 se derrumbaron las tomas y se abrió un panorama interesante para la segunda gran causa de expansión: precisamente, la disponibilidad de superficie a bajo costo.

Para los años ochenta, el centro-oeste brasilero concentraba apenas una décima parte de la producción. Hoy, de allí sale más del 40%, y sus ciudades se ubican entre las que mayor crecimiento económico y demográfico tuvieron en las últimas décadas. Eso significa que uno de los “mitos fundantes” del país, que fue siempre desarrollar al costado oeste y evitar que Brasil se “partiera en dos” se cumplió.
El desarrollo del Mato Grosso tuvo su incentivo, que llegó tanto desde el mercado como desde el Estado.
En primera instancia, reconoce Ordóñez, es que “jamás en este período el gobierno intervino en los ingresos del productor”. Y lo amparan las cifras del estudio del CIPPEC: a lo largo de 23 años el productor brasileño obtuvo por una hectárea de soja el doble de facturación que el argentino.
“23 años cobrando el doble genera un verdadero negocio, donde hay una lógica de inversión expansiva. Y estos 23 años, a su vez, moldearon el chip del productor argentino para que sea defensivo”, explicó el economista, quien lo ilustra con un concepto bastante claro: “Es la agricultura del croto, con menos insumos por hectárea y menos capital expuestos al riesgo, pero más presión a la tierra y caída de los rendimientos”.
En Brasil el mapa del mayor PBI per cápita se superpone con las áreas agrícolas ¿Por qué será?

Había tierra para crecer, había afán por invertir y expandirse, pero se necesitaba plata. Y es allí donde entra la tercera causa del “boom” brasileño.
Durante 20 años, el crédito creció a una velocidad superior que la cantidad de hectáreas sembradas. Y fue gracias a instrumentos privados, como su sistema de “warrants” -que permitía financiarse incluso con cultivos en pie-, y públicos, como el programa de subsidio de tasas de Crédito Rural.
Ese esquema le costo al gobierno brasileño unos 3.000 millones de dólares al año en promedio, subsidiando un estimado de 53 dólares por hectárea. Mientras tanto, en Argentina, se cobraron unos 5000 millones de dólares al año en materia de retenciones, algo así como más de 190 dólares por hectárea. Un Estado sacaba, el otro daba.
A todo ese entramado de seguridad jurídica, tierras disponibles y financiamiento se le terminó sumando el aporte de la investigación, también público-privada, pero iniciada por un fuerte impulso del sector estatal. Cuando hubo que colonizar una región tropical, y mudar la soja y maíz del sur al centro-oeste, organismos como Embrapa e instituciones de productores fueron los que abrieron paso, para que luego llegara el mercado.

Duplicaron el uso de fertilizantes por hectárea y sextuplicaron la inversión en agroquímicos. La producción de soja se multiplicó por 12 y la de maíz por 8,5.
Pero lo más importante aún, insisten desde CIPPEC, es el impacto que tuvo esa explosión en la producción de granos. “Cambió Brasil para siempre”, afirmó Ordóñez.
Acompañado por una fuerte inversión en rutas, ferrocarriles, hidrovías y puertos, necesarios para desplazar la producción, creció también todo un ecosistema alrededor del agro, con más de 300 ciudades nuevas, un “boom” demográfico en el interior, y mejora en los índices de educación y pobreza.

En definitiva, en Brasil no hubo un “milagro tropical”, sino varias condiciones que funcionaron juntas durante décadas. La tierra barata hubiera servido de poco sin tecnología, que difícilmente habría escalado sin crédito; y producir  lejos de los puertos hubiera sido imposible sin infraestructura.
“Hay que hacer un plan sensato y mantenerlo por mucho tiempo. Eso vimos en Brasil”, concluye Ordóñez, que desmiente que Argentina deba empezar de cero, porque sigue en carrera: tiene mayores posibilidad de extender su frontera agrícola, tiene conocimiento, tiene productores experimentados y tecnología. Son 12 cosechas las que nos saca el país vecino y, afirman desde CIPPEC, es justamente ese “el tamaño de la oportunidad”.
 

Fuente: Bichos de Campo