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Gabriela Acher: la descarnada propuesta de Hollywood que rechazó, sus trabajos con Gasalla y el destino de hacer unipersonales
Gabriela Acher hacía stand up ya en los ’90, pero sin saber que lo hacía porque todavía no se llamaba de esa manera. Sin embargo, es lo que siempre soñó. De larga y prestigiosa trayectoria, empezó siendo todavía menor de edad en Telecataplúm, en su Uruguay natal. Pero, en realidad, apuntaba a Hollywood. Sin embargo, unas reuniones que tuvo con productores norteamericanos le dejaron un sabor amargo y decidió radicarse en Buenos Aires. Trabajó con Antonio Gasalla, con Tato Bores, con Alberto Olmedo y Jorge Porcel, y le dijo que no a Gerardo Sofovich cuando le propuso ser vedette, aunque sí hicieron comedias juntos. A los 82 años, Gabriela Acher se luce en ¿Qué hace una chica como yo en una edad como esta?, que se presenta en el Teatro Picadilly los días 13 de septiembre y 4, 11 y 25 de octubre. En tanto, el 4 de septiembre estará en Luján; el 26, en Escobar y el 10 de octubre, en San Miguel. Ella no para nunca y dice que justamente el hacer la mantiene joven. Y las risas. De todo eso conversó con LA NACION en la intimidad de su hogar de estilo colonial con paredes blancas, sillones y fotos de ella en sus comienzos. -Sos una de las pioneras del stand up, que ahora está tan de moda.-Totalmente. Cuando terminó Hagamos el humor, en el ‘91, ya había escrito mucho, me convocaban de todos lados, los médicos, los psicoanalistas, la gente más insólita, para que diera charlas sobre la mujer… Había hecho como una licenciatura con el programa que duró solo seis meses, porque no aguanté el ritmo, y mi hijo era chico y se quedaba en casa, yo no lo veía nunca, grabábamos todo el día. Cometí un error espantoso cuando me dieron el programa y fue llenarme de roles, porque no solamente escribía, actuaba, hasta editaba. Los espectáculos llegaron mucho después, lamentablemente… Porque yo quería hacer unipersonales desde que estaba con Gasalla en ‘75, y fue él quien me dijo “tenés que saber qué decirle a la gente para hacer un unipersonal”. Pasaron años hasta que escribí los libros y tuve la oportunidad. -¿Fue cuestión de decidirte?-Un día Mercedes Morán, que éramos muy amigas en esa época, me preguntó cuánta gente iba a mis charlas. Serían unas 400 personas. Me respondió que tenía que hacer un unipersonal. Me aterraba la idea. “Traes tu libro y te ayudo a armarlo”, me dijo. Y así fue. La verdad que Mercedes fue fundamental para dar ese paso. Empecé muy asustada y la primera función fue en una sinagoga. El rabino vino a buscarme y salí con el tapado puesto, de los nervios que tenía (risas). Y oír reír a la gente fue maravilloso. Mercedes y Oscar Martínez, que en ese momento estaban casados, me grabaron un cassette con las risas… Cuando la gente me pregunta cómo hacés para mantenerte joven a los 82, yo respondo que las risas de la gente me mantienen joven. -Y una vez que te animaste no paraste más.-No paré más porque era lo que siempre había querido hacer. Hubo un crítico que dijo: “Gabriela Acher encontró la horma en su zapato… Encontró el trabajo que tendría que haber hecho siempre”. Y tenía mucha razón. Ya para el segundo espectáculo no necesité ayuda de nadie. Armé sola El amor en tiempos del colesterol. El tercero fue Algo sobre mi madre, todo sería demasiado. Ahora estoy haciendo el cuarto unipersonal y todavía tengo un libro más que es Si soy tan inteligente, ¿por qué me enamoro como una idiota? Escribo de lo que conozco, de mi experiencia y las de mis cinco amigas. Si hablás de una mujer, en un punto hablás de todas. -Y hablás de la edad, que muchos esconden. -Quedás como una tonta mintiendo la edad. Por otro lado, no es que tenga un orgullo, pero siento que somos sobrevivientes porque atravesamos muchas guerras para llegar hasta acá. Entonces, ¿por qué ocultarlo? Son mis heridas de guerra y tienen un valor. Yo me hice el compromiso, sin que nadie me lo pidiera, de ir acompañando a las mujeres en cada etapa de la vida. El primer libro tuvo que ver con los hijos, el parto, los primeros años del nene. El segundo fue la menopausia, tema femenino por excelencia. Y prácticamente lo escribí hablando con mi amiga, caminando alrededor del lago de Palermo. Llegaba de cada salida con ella y escribía un capítulo. Después pensé en dejar descansar los hombres un poco (risas), y hablé de otras cosas que tengo para criticar, por ejemplo, mi madre. Hablo de mí como hija y hablo de mí como madre. Y ahora tengo que hablar de la edad. Todas pasamos por las mismas etapas y con la misma angustia.-¿Siempre fuiste graciosa?-En realidad, no siempre fui graciosa. A mí me gusta decir que necesité el humor como un salvoconducto porque mi madre era muy dramática. Y me gusta definirlo con un mensaje que me dejó mi madre en el contestador: “andá preocupándote, después te explico” (risas). Entonces, siempre tuve una necesidad de la risa. Siendo adolescente, leía a los autores humorísticos, entre ellos, Jorge y Daniel Scheck, que eran los libretistas y productores de Telecataplúm. Ellos escribían una revista que se llamaba Lunes y tenían unos personajes adorables que recuerdo hasta el día de hoy. Tuve la fortuna de entrar en Telecataplúm porque cuando los conocí, les recité su obra (risas). -¿Te propusiste hacer Telecataplúm?-Yo me enamoré de la televisión, de toda la vida. Me presenté a una agencia de publicidad y estaba Pinky. Me acuerdo que les dije: “todas las locutoras que ustedes tienen son horribles, yo soy mejor”. Y me tomaron. Durante un mes estuve haciendo avisos publicitarios y tuve acceso a la farándula. En una reunión conocí a Eduardo D’Angelo, que me dijo que Telecataplúm estaba buscando una chica joven, que baile, que actúe. Y le dije: “ya la encontraron”. Entré en el segundo año, y fue cuando se vendió a la Argentina. El primer año yo iba al canal a verlos. -¿Fue entonces que te quedaste a vivir en Buenos Aires?-No, todavía faltaban unos años. Iba y venía, porque además era menor de edad y mis padres no me daban permiso para viajar.-¿Pero sí para ser artista o tampoco? -No, no les gustó nada. Intervino toda la familia, y hasta el médico. Todos a mi favor, diciéndole a mis padres que me tenían que dejar. Ensayábamos Telecataplúm a la noche porque la mayoría de los actores trabajaban en otras cosas. Entonces, terminábamos a las 2 o 3 de la mañana y mis padres estaban ahí sentados, esperándome. Fue la única forma que me dejaran, hasta que entendieron que esto era algo serio, responsable, y me dieron el permiso. Veníamos a Buenos Aires cada quince días y grabábamos dos programas. -¿Y cómo fue que decidiste quedarte y desarrollar tu carrera en la Argentina? -Yo quería ir a Hollywood (risas). Tenía amigos en México que me dijeron que fuera porque ahí se filmaban muchas películas americanas y me podían conectar. Ni una palabra más. Ni bien llegué empecé a trabajar en publicidad, en televisión, en telenovelas mexicanas. Y mis amigos me llevaron a ver a los productores americanos. Uno estaba en una oficina, y te daban 10 minutos para que dijeras quién sos y por qué te tenían que contratar. Cuando terminé de hablar me preguntó “¿estás dispuesta a tener sexo?”. “¡No! De ninguna manera”, dije. Y me respondió: “de diez chicas tan interesantes, tan lindas, tan talentosas como vos, nueve tendrían sexo. ¿Por qué te vamos a elegir a vos?” Así de descarnado. Mirá cuántos años pasaron hasta que apareció el Me Too. Eso es de toda la vida. Y me pasó otra vez cuando un productor me invitó a ver una filmación en Acapulco, y a dormir con él. Ahí entendí que el precio era ese y yo no estaba dispuesta a pagarlo. -¿Y le dijiste adiós a Hollywood?-Sí. El viaje a México me sirvió para independizarme de mi familia. Fue difícil en algunos casos, pero trabajé mucho. Me conocían por Telecataplúm. Cuando volví ya me mudé a Buenos Aires y me independicé. Enseguida empecé a trabajar en La tuerca. Mis padres ya entendieron que esto iba en serio y se quedaron más tranquilos. -¿Qué recuerdos tenés de tus trabajos con Antonio Gasalla y Tato Bores? -Tengo muchos recuerdos. Con Antonio hicimos dos temporadas extraordinarias en el Teatro Estrella. Una fue Abajo Gasalla, porque estábamos en la sala de abajo, y la otra Gasalla for Export. Aprendí muchísimo con Antonio. No solo de verlo, porque era un milagro. No existe en el mundo un actor cómico mejor que él. Aparte era culto. Y éramos bastante amigos. Todo lo que me dijo me sirvió mucho. Con Tato fue otro aprendizaje. A los actores nos escribían a Alejandro y Sebastián Borensztein, sus hijos. En un momento me propusieron interpretar a una encuestadora, un personaje que tenían escrito que la podía haber hecho yo como cualquiera. Molestaba mucho a Tato esta encuestadora y siempre terminaba echándola. En un momento se me ocurrió decirle: “¿sabe lo que es usted, Tato? Es un machista leninista”. ¡Les encantó! Y empezaron a virar el personaje a una feminista que terminó fabricando machos en una bañera, con un polvito, y hacía suelta de machos y tenía una agencia de taxi boys. Todavía ni se hablaba de feminismo. Era una cosa maravillosa, porque me hicieron lucir mucho. Con Tato aprendí cosas de la vida. Una de ellas, importantísima, es tomarse su tiempo para descansar y reciclar. No por nada Tato duró 30 años en la televisión. Él lo trabajaba todo el tiempo, como hizo Antonio, que terminó gastándose a sí mismo. También me dio muchos tips del monólogo. -¿Y cómo fue la época de Olmedo y Porcel?-Hice dos películas con Olmedo y Porcel, y también algún programa. Fue una época muy divertida. No me faltó hacer nada. Estuve con Darío Vittori. Todo fue aprendizaje y yo era como una esponja caminando hacia mi destino, que era hacer mi unipersonal. Qué pena que ahora no se hace humor en televisión. Justo cuando más necesitamos reírnos. -¿Por qué crees que no se hace humor en televisión?-En mi opinión, los realities mataron a la televisión. Porque les salen dos mangos con cincuenta, y les pagarán con sándwiches de mortadela. No es lo mismo invertir en actores, escritores y todo lo que hace falta para el programa humorístico. La gente lo añora y lo pide
Fuente: La Nación