La negociación reconstruye con ecos actuales un tenso caso policial de los años 70

La negociación (Dead’s Man Wire, Estados Unidos-Alemania-Israel/2025). Dirección: Gus Van Sant. Guion: Austin Kolodney. Fotografía: Arnaud Potier. Música: Danny Elfman. Edición: Saar Klein. Elenco: Bill Skarsgård, Dacre Montgomery, Colman Domingo, Myha’la, Cary Elwes, Al Pacino. Duración: 104 minutos. Distribuidora: Moving Pics. Calificación: restringida para menores de 13 años. Nuestra opinión: buena.3 starsEn febrero de 1977, un ciudadano de Indianápolis llamado Tony Kiritsis protagonizó un hecho que anticipó en varias décadas las prácticas hoy habituales de la “televisión verdad” y la reacción indignada de la opinión pública frente a un hecho que a primera vista aparece como una flagrante injusticia cargada de impunidad. Pronto sabremos que Kiritsis se siente estafado por una compañía inmobiliaria llamada Meridian Mortgage, que le reclama una deuda hipotecaria de 130 mil dólares por la compra de un terreno en el que pensaba levantar un centro comercial. El hombre se resiste al embargo de esa propiedad. Dice que Meridian sabía del valor que tenía y por eso se dedicó a impedir sistemáticamente cualquier operación para quedarse con ella. Kiritisis entró a las oficinas de Meridian, tomó como rehén al hijo del dueño y apuntó el cañón de una escopeta a su nuca atándolo con un cable. Unió un extremo de ese cable al gatillo y enrolló el otro alrededor del cuello de la víctima. De tal manera, si el rehén trataba de escapar o alguien procuraba liberarlo atacando a Kiritsis, el arma inmediatamente se dispararía. La vida del rehén estaba sujeta al “hilo de los condenados”, título original mucho más atrayente que la expresión plana y anodina elegida para el estreno local. Lejos de sus tiempos de apogeo como gran figura del cine independiente de Estados Unidos y en su regreso al largometraje después de ocho años (su obra anterior, No te preocupes, no irá lejos, pasó inadvertida por completo) Gus Van Sant recupera el espíritu casi documental del Elephant y su pericia como narrador y observador de la realidad para hablar de algunos males del mundo actual desde su prehistoria. La impotencia del individuo común frente al poder de las corporaciones, la desidia de las instituciones frente a conflictos tan desiguales y el papel de los medios (entre la inescrupulosidad de las cadenas y el idealismo de quienes sueñan por ganarse un lugar en ese mundo) sobrevuelan un relato que nos lleva inmediatamente al recuerdo de Tarde de perros (1975). Un par de fugaces y divertidas apariciones de Al Pacino, protagonista de aquella película, hacen todavía más visible esa conexión. En la reconstrucción del caso Kiritskis, Van Sant parece más interesado en los detalles circunstanciales del caso que en la búsqueda de razones estructurales o de contexto. Ese distanciamiento deja todavía más desvaído el comportamiento de las autoridades y transforma a personajes potencialmente tan interesantes como el DJ, presentador de radio y ocasional mediador encarnado por Colman Domingo en figuras que pierden peso rápidamente, después de insinuar mucho más de lo que en realidad ocurre. Van Sant pone todo el peso de la acción sobre las espaldas de Kiritsis, cuyos movimientos y estrategias resultan cada vez más desconcertantes. Bill Skarsgård asume por momentos el feroz espíritu de venganza que anima a Kiritsis, pero inmediatamente después parece un patético buscador de fama repentina (disfrazada de empatía) a través de la televisión. Detrás de estos desniveles hay cosas para destacar: una gran recreación visual y estética de la época, la magnífica banda de sonido (otro viaje a esos tiempos de la mano de Donna Summer, Barry White, Roberta Flack, Deodato y Gil Scott Heron) y la reconstrucción del momento en que John Wayne recibe el premio People’s Choice y su discurso de agradecimiento se interrumpe para mostrar en vivo a Kiritsis, explicando qué quiere para liberar a su rehén del arma que permanece a centímetros de su nuca.

Fuente: La Nación