En el campo cuando se habla de cabañas, la imagen más inmediata suele ser la de grandes reproductores bovinos, genética seleccionada durante años y campeones que compiten en las pistas de Palermo. Pero en el partido de Azul, Gerónimo Walter Muñiz lleva adelante una cabaña bastante diferente: allí no hay toros ni vacas, sino abejas reina.
Muñiz es apicultor de segunda generación y desde hace casi 25 años se especializa en la cría y selección de reinas. Su criadero, Reinas GW, produce alrededor de 2.000 por temporada y es, según explicó, el único de este tipo habilitado por el Senasa en el partido de Azul, en el centro de la provincia de Buenos Aires.
“La reina es la madre de la colonia y la que regula la población. No hay una nueva colmena sin una reina, porque es la que va a poner cría y generar la población”, explicó Muñiz a Bichos de Campo.
En una colonia, esa descendencia estará integrada por zánganos y obreras. Estas últimas son las que realizan prácticamente todas las tareas: producen miel, mantienen la cría y sostienen el funcionamiento cotidiano de la colmena. Por eso, cada vez que un apicultor quiere multiplicar su cantidad de colmenas necesita incorporar una nueva reina.
En la naturaleza, ese proceso ocurre a través de los conocidos enjambres. Pero en la producción apícola existe la posibilidad de intervenir sobre ese proceso, y allí aparece el trabajo de los criaderos.
La comparación con una cabaña ganadera no es tan exagerada como podría parecer. Así como un establecimiento dedicado a la genética bovina busca identificar y multiplicar sus mejores reproductores, los criadores de reinas seleccionan las colonias que muestran las características que quieren transmitir a las siguientes generaciones.
“Ese es el trabajo que venimos desarrollando nosotros: una selección de nuestras propias abejas”, explicó Gerónimo.
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El vínculo de Gerónimo con las abejas empezó hace mucho. Su padre lleva más de medio siglo como apicultor y él prácticamente creció acompañándolo. Hacia fines de los años 90 y comienzos de 2000, mientras terminaba el secundario, decidió meterse más seriamente en la actividad.
“Fue por una cuestión de necesidad y también de curiosidad. Empezaba a querer tener mi propio dinero y tenía esa posibilidad. Hice un curso de cría de reinas”, recordó.
En aquellos años, señaló, la actividad apícola era bastante diferente. “El clima era otra cosa, los campos eran otros. La sojización no había pasado. Cambiaron un montón de cosas”. Esa transformación también reforzó una idea que terminaría siendo central en su trabajo: no alcanza con conseguir una reina considerada genéticamente buena sino que, por sobre todo, esa abeja también debe funcionar correctamente en el ambiente donde se la va a utilizar.
“Argentina es muy grande y hay criadores de reinas por todos lados, pero cada uno tiene su adaptación o su línea genética. Viendo eso dije: necesitamos algo para nosotros, adaptado a esta zona”, contó.
El salto profesional llegaría después, cuando tuvo la posibilidad de viajar a Hawái para trabajar en un criadero que manejaba una escala completamente diferente a la suya: unas 60.000 reinas. Hasta entonces, Muñiz las producía principalmente para abastecer su propio apiario y ocasionalmente vendía algunas reinas a conocidos. Aquella experiencia le permitió conocer otra forma de organizar la producción.
“Ahí vi todo lo que es un trabajo a gran escala, ordenado paso a paso: cuáles son los trabajos que había que hacer por día y el orden necesario para poder llevar adelante la producción de esa cantidad de reinas”, recordó.
De regreso en Azul, aplicó parte de esos conocimientos a su propio criadero, aunque en una dimensión bastante más pequeña. Actualmente produce alrededor de 2.000 reinas por temporada. “No somos un criadero grande. Hay criaderos de mayor producción y otros un poco más chicos”, explicó.
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La propia ubicación impone límites. Azul, señaló el apicultor, no tiene las mejores condiciones climáticas para producir reinas en gran escala. En otras regiones, como Mendoza, las características del clima permiten adelantar la temporada y llegar con las colmenas mejor preparadas.
Pero el objetivo de GW no pasa únicamente por producir más. Una parte fundamental del trabajo está en decidir cuáles serán las madres de las futuras generaciones. Como en una cabaña.
Para formar una colmena, “la selección se hace previamente. Seleccionamos la madre de donde vamos a sacar las hijas de esa reina. Y no es un trabajo de una temporada, sino de mínimo dos”, indicó.
¿Y qué hace que una abeja sea candidata a convertirse en esa madre seleccionada? Uno de los primeros criterios es la mansedumbre, que evita sofocones a los propios apicultores. “Te van a picar porque son abejas, pero buscamos que uno pueda trabajar cómodo con ellas”, explicó Muñiz.
También se evalúa la producción de miel, que según el apicultor tiene un componente genético importante, además de la capacidad de la colonia para atravesar el invierno y su velocidad de desarrollo cuando comienza la primavera.
Otro atributo buscado por este tipo de cabañeros es una baja tendencia a enjambrar. Para un apicultor, que parte de una colonia decida marcharse implica perder población y debilitar su colmena. Por ese motivo, a lo largo de mucho trabajo de selección, se lograron abejas más sedentarias. “Hay fenotipos de abejas que son más enjambradores que otros. Es una cuestión natural, como pasa en otros animales”, señaló.
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A eso se suma un aspecto menos evidente para quien no conoce el mundo apícola: el comportamiento higiénico.
Parece increíble, pero para medirlo, los criadores realizan una prueba en la que se sacrifican larvas dentro de una porción del panal y luego observan cuánto tarda la colonia en detectar y retirar esa cría muerta. Una abeja con buen comportamiento higiénico limpia rápidamente esas celdas. Ese atributo tiene incluso un peso importante en los concursos nacionales de criadores de reinas.
Porque sí, las abejas también tienen algo parecido a su propio Palermo. Todos los años, criadores de diferentes lugares del país se reúnen en un encuentro organizado por la Cabaña Apícola Pedro J. Bover, de General Belgrano, perteneciente al Ministerio de Desarrollo Agrario bonaerense. Allí cada participante presenta sus madres y un jurado evalúa tanto sus características físicas como diferentes parámetros productivos y sanitarios.
Muñiz viene obteniendo buenos resultados: logró el primer premio en 2024, una mención en 2025 y el segundo puesto en 2026.
“Para nosotros es un orgullo. Es más o menos como Palermo cuando llevan sus ejemplares. Hay competencia, pero dentro de un ámbito de camaradería, donde cada uno cuenta su historia, qué pasó durante la temporada y cómo le fue”, relató.
Además de ampliar un apiario, las reinas producidas por estos criaderos sirven para renovar las colonias existentes. Según explicó Muñiz, una reina conserva su mayor potencial durante unas dos o tres temporadas. Después, su rendimiento empieza a disminuir. En ocasiones son las propias abejas las que detectan esa caída: eliminan a la vieja reina y producen otra. Pero los apicultores que quieren ejercer mayor control pueden anticiparse y reemplazarla por una reina seleccionada.
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Los criaderos habilitados ofrecen tanto reinas ya nacidas y fecundadas como celdas reales, es decir, la futura reina antes de nacer.
En su caso, además, el establecimiento recibe tres inspecciones anuales del Senasa. “Eso le garantiza al apicultor que hay una selección genética, un mejoramiento y que los trabajos se hacen como corresponde”, afirmó.
Muñiz incluso realizó algunas exportaciones de reinas, aunque insiste en que transportar una genética de un lugar a otro no garantiza que los resultados sean idénticos. “Mis reinas sacaron el primer premio y las puedo mandar al norte, pero quizás no funcionen de la misma forma porque no terminan de adaptarse al clima. Lo mismo pasa al inverso. Muchos apicultores de Azul compran reinas en otros lugares y llegan acá y no funcionan al 100%”, explicó.
Esa idea de la adaptación territorial se convirtió en uno de los ejes de su trabajo y de las charlas técnicas que ofrece en encuentros apícolas. También presentó trabajos en congresos internacionales y tiene previsto volver a hacerlo en encuentros del sector.
Después de casi 25 años de selección, unas 2.000 reinas por temporada y una experiencia en Hawái donde pudo ver cómo se producía a una escala treinta veces mayor, Muñiz sigue concentrado en la misma búsqueda que comenzó cuando apenas terminaba el secundario: encontrar las abejas que mejor funcionan en su lugar.
Porque, después de todo, una cabaña no necesariamente tiene que tener toros y vacas.
Agro & Campo
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Fuente: Bichos de Campo