El poncho, una raíz visible que nos conecta con el suelo

Hay prendas que simplemente cubren la piel para protegerla de los rigores del clima. Son objetos funcionales, descartables, sujetos a los vaivenes caprichosos de la moda. Y hay otras que resguardan la memoria colectiva de un pueblo. El poncho pertenece, con una dignidad indiscutible, a estas últimas. No es una prenda de vestir; es un territorio que se lleva sobre los hombros.“Los campos se vacían”: estalló un fuerte cruce entre el campo y el gobierno de Chubut, que prepara un censo de guanacosEl poncho no nació en las vitrinas iluminadas de las metrópolis ni en las pasarelas efímeras de la alta costura. Su origen se rastrea en el telar paciente de manos anónimas, en el rumor del viento seco de las montañas y en la necesidad concreta de quien vive a la intemperie. Es hijo legítimo del frío de la madrugada andina y del sol que castiga sin piedad al mediodía; es fruto de la distancia, del camino largo y del silencio del hombre de la pampa.Desde las culturas precolombinas, el tejido fue una forma de escritura. En los Andes, el poncho ya era una pieza central antes de que los mapas revelaran las fronteras actuales. Los pueblos originarios entendieron que el cruce de la urdimbre y la trama no solo creaba una tela, sino un relato. El poncho nace de la tierra: de la lana de la alpaca, la vicuña, la llama o la oveja, teñida con raíces, frutos y barros que le dan los colores de su geografía. Es como un pedazo de paisaje convertido en abrigo.El gaucho, más que vestir el poncho, lo habita. Para el hombre de las llanuras, esta pieza es mucho más que una manta con una hendidura en el centro. Sobre los hombros, el poncho es sombra generosa en el verano y fuego protector en el invierno. Es refugio improvisado cuando la noche lo sorprende lejos de su rancho, es almohada sobre el recado, es resguardo bajo la lluvia.Y también es otra cosa: una forma de identidad. Un gaucho sin poncho parece estar desnudo, despojado de su historia. Cada región, cada provincia, ha impreso en el tejido su propio sello. El poncho salteño, con su rojo vibrante y sus franjas negras que lloran la muerte de Güemes; el poncho pampa, con sus guardas geométricas que guardan secretos de las tribus del sur; el poncho rojo punzó del Chacho Peñaloza, que flamea entre el polvo de los llanos riojanos; y qué decir del poncho de vicuña, tan fino que puede pasar por un anillo de bodas. Cada pieza cuenta de dónde viene su dueño, quiénes fueron sus antepasados y qué tipo de suelo pisan sus botas.Los colores en un poncho nunca son casuales. Las guardas, esos dibujos que recorren los bordes o el centro, hablan en un idioma antiguo: geometrías heredadas, símbolos solares, representaciones del rayo o de la flor de la vida que cruzaron generaciones sin necesidad de la palabra escrita. Hay ponchos sobrios, de tonos terrosos y crudos, que parecen fundirse con el polvo del camino. Otros, más vibrantes, laten como una declaración de pertenencia y de estatus. En todos subyace una misma dignidad.El gaucho, hombre de pocas palabras y gestos medidos, encuentra en su poncho una forma de decirse. Lo envuelve sobre el pecho cuando calla. Lo ajusta con firmeza cuando se prepara para la tarea o el viaje. Lo despliega con parsimonia cuando necesita afirmar su presencia en un fogón o pulpería.La historia del poncho también tiene cicatrices. En los duelos criollos de antaño, cuando el facón brillaba bajo la luna, el poncho enrollado en el brazo izquierdo se transformaba en el escudo del pobre. Era la defensa contra el acero enemigo; detenía el filo, confundía al adversario, ocultaba los movimientos de la mano que atacaba. Era estrategia pura y símbolo de coraje. El mismo abrigo que protegía del frío de la noche se interponía valientemente ante la muerte. Esta dualidad define la vida rural. Como si la vida en el campo enseñara que incluso la prenda más noble debe estar lista para la batalla si el honor lo requiere.Y, sin embargo, a pesar de su pasado de duelos y fronteras, el poncho no es violencia: es permanencia. Ha atravesado los siglos sin perder su esencia. Mientras las ciudades avanzan con su cemento y sus modas descartables, mientras la tecnología lo invade todo, el poncho sigue ahí, como una raíz visible que nos conecta con el suelo.En las fiestas patrias, los desfiles de caballería y los encuentros criollos, el poncho vuelve a desplegarse con la misma naturalidad con que antes lo hacía sobre la inmensidad de la llanura. No es un acto de nostalgia vana ni un disfraz para el turista. Es continuidad histórica. En el poncho hay algo que resiste tercamente al olvido, una memoria que se niega a ser borrada por la vorágine de la globalización. Tal vez su vigencia radica en que no nació como un ornamento para lucirse, sino como una necesidad para sobrevivir. No busca el aplauso, busca el servicio. Guarda en su hechura la historia de aquellos que no escribieron libros de historia, pero dejaron marcas profundas en la conformación de una nación. Es el testamento de los humildes.El poncho no solo abriga del frío del viento. Abriga del vacío de la identidad.Es una manera de sostener el silencio en un mundo que grita demasiado. Una dignidad sin alardes que prefiere la calidad de la lana noble al brillo del plástico.Como si, en ese rectángulo de lana con un tajo en el corazón, el país encontrara una de sus voces más puras.El poncho es el abrazo de la tierra que se niega a soltarnos.

Fuente: La Nación